Malabarismos para editar la realidad

Por Néstor O. Scibona

La "guerra" por la ley de medios tiene hasta ahora un impensado ganador, parcial y provisional: el ministro Amado Boudou. Mientras el matrimonio Kirchner se ha concentrado en otra innecesaria gesta a todo, el ministro de Economía se hizo de un margen de maniobra del que no dispusieron por lo menos cuatro de sus antecesores inmediatos.

Boudou se dedicó a hacer malabarismos con sus declaraciones públicas y hasta el momento pudo mantener el beneficio de la duda. No tanto por sus palabras, sino porque la realidad es más fuerte, aunque el kirchnerismo se empeñe en acomodarla a gusto y conveniencia.

En los mercados financieros, le creen cuando dice que el Gobierno evitará un default este año y el próximo; pero, porque, a falta de mejor opción, ha pasado y seguirá pasando la gorra por todos los organismos con excedentes financieros (Anses, Banco Central, Banco Nación y hasta el PAMI), para atender o canjear vencimientos de la deuda pública. Otro tanto ocurre cuando afirma que negociará con los bonistas que quedaron fuera del canje, con el Club de París y con el FMI. Pero se basan en algo más que sus declaraciones: más bien en la imperiosa necesidad oficial de conseguir financiamiento extra, para evitar que 2010 sea un año de ajuste fiscal. Pocos creen que el gasto público crecerá el 12% el año próximo como figura en el proyecto de presupuesto, cuando en lo que va de 2009, y a pesar de la recesión, lo hizo por encima del 30%, al igual que en años anteriores. A mayor financiamiento voluntario, menor necesidad habrá de desacelerar el gasto o reducir subsidios estatales. Sobre todo cuando el rojo fiscal de las provincias adquieran proporciones alarmantes y algunos paquetes impositivos para achicarlo (como el bonaerense) conspiran contra un repunte de la actividad.

Boudou ha recibido últimamente algunas ayudas externas que quizá no esperaba. El clima financiero internacional mejoró súbitamente en los últimos seis meses y esto se tradujo en una fuerte caída del riesgo para las economías emergentes, que incluye a la Argentina. Ya no sería una ficción colocar deuda, aunque el problema sigue siendo el costo. Según el Estudio Broda, el gobierno argentino no podría hacerlo actualmente a menos del 15-16% anual, cuando Brasil, México o Perú han colocado bonos a largo plazo con spreads del 1,8% al 3,4%. También la depreciación del dólar frente a otras monedas le alivia trabajo al BCRA para sostener el tipo de cambio real. Esto reduce la expectativa de devaluación del peso (de hecho en las últimas semanas el BCRA dejó planchada la cotización del dólar) y también la salida de capitales que, de 2600 millones de dólares en junio, cayó a 800 millones en agosto y a unos 300 millones en septiembre. La incógnita sobre la política cambiaria se traslada a 2010 y se relaciona más que nada con la política fiscal: nadie sabe si se necesitará un dólar más alto para licuar el gasto o mejorar los ingresos por retenciones pese a la mayor cosecha esperada de soja, si el financiamiento voluntario no llega a tiempo.

Para los vencimientos en lo que resta de este año, en cambio, la Tesorería ya tiene depositados en una cuenta especial del BCRA los casi 2400 millones de dólares que ingresaron automáticamente -y como una bendición por única vez- debido a la ampliación del capital del FMI, aunque nadie del Gobierno se encargó de anunciarlo públicamente. Por ahora, el discurso oficial prefiere poner distancia con el Fondo y sólo aceptar un monitoreo de las estadísticas y cuentas públicas como si se tratara de las escasas conferencias de prensa en la Casa Rosada: pocas preguntas y nada de cuestionamientos. Con estas condiciones no será fácil conseguir un aval del FMI, por más que no se le pida un dólar.

Otra vez el Indec

A pesar del mejor clima financiero internacional y local, aquí es donde se le complican los malabares dialécticos al ministro. Su pragmático propósito de aportarle más transparencia al Indec hace agua cada vez que el organismo difunde estadísticas, que editan la realidad socioeconómica y aumentan la desconfianza en el Gobierno.

En su último informe semanal, el Banco Ciudad calificó de "escandalosa" la última estimación oficial sobre la pobreza. Ciertamente, ni el más acérrimo defensor del "modelo K" podría justificar cómo en un año descendió casi cuatro puntos el número de pobres en la Argentina, cuando en ese período se combinaron recesión, aumento del desempleo e inflación de dos dígitos. El consultor Ernesto Kritz acaba de aportar una pista adicional a la consabida falsificación de precios en las inverosímiles canastas básicas que determinan los niveles de pobreza e indigencia: el Indec calculó un aumento de 30% anual en los ingresos de los trabajadores en negro. O sea, más del doble que las estimaciones privadas de inflación, en un año recesivo.

¿Podría el Gobierno acertar con políticas sociales adecuadas, cuando existe una brecha abismal entre los 5,5 millones de pobres que calcula el Indec y los 12 millones que surgen de las mediciones privadas? ¿Es creíble que el gasto público crecerá "sólo" el 12% como prevé el presupuesto 2010, si realmente la pobreza en la Argentina se ubica por encima del 30%?

No son los únicos interrogantes que alimentan la desconfianza. Y menos si el Gobierno cree en los datos que manipula, como si hiciera trampas jugando al solitario. La Presidenta acaba de repetir en Nueva York que el PBI crecería el 0,5% este año, lo cual significa que sería uno de los pocos países (junto a China e India), que no entró en la recesión global. Unicamente podría avalar este diagnóstico el Indec, que sólo admite un retroceso productivo en el segundo trimestre; justo el que la mayoría de los economistas independientes identifica como el período en el que el PBI habría dejado de caer. El discurso oficial retrotrae el debate acerca de si hubo o no recesión, en lugar de plantear qué marco y alcances podría tener una recuperación de la actividad, ahora que el mundo vuelve a ayudar y los principales clientes de la Argentina (Brasil y China) encabezan el pelotón de países que más han vuelto a crecer.

La reactivación dependerá del aumento de la inversión y ésta, de que empresas y consumidores crean que el futuro será mejor que el presente. La política de confrontación permanente es un contrapeso y va más allá del transitorio margen de maniobra que ha obtenido Boudou hasta que Néstor Kirchner vuelva a ocuparse de la economía. A menos que el Gobierno crea que, con más medios de difusión repitiendo el discurso oficial, será posible que más argentinos dejen de lado la realidad y el sentido común.

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