La mala vida

La delincuencia juvenil es el tema del momento. No hay medidas en puerta que parezcan eficientes contra este flagelo, y los jueces insisten con la prisión domiciliaria. Encima prefieren que no se sepa, así los vecinos no se enojan. Según este informe, la pobreza no es la razón excluyente.
En un fin de semana trágico, la ciudad se vio enlutada por otro hecho violento: un taxista de 44 años fue asesinado en un barrio periférico de la ciudad de un balazo en la nuca. La sociedad se escandalizó una vez más por la pasividad con que sus autoridades se refieren a la inseguridad ciudadana. Los compañeros de trabajo hicieron paro de actividades, acompañaron el luto, y convocaron a una marcha en dos vías diferentes de reclamo. Los más, e inútilmente, fueron a la municipalidad de General Pueyrredon. Los menos, hacia el palacio de Tribunales, donde acaloradamente reclamaron a quienes deben resolver las medidas del caso: los fiscales de la ciudad, que fueron objeto de las más diversas manifestaciones verbales.

El caso vino a revolver una vez más el tema de más candente actualidad: la delincuencia juvenil, la existencia de menores armados en las calles, la posición que la sociedad adoptará frente a tales delincuentes, y la tibieza con que ciertos funcionarios actúan bajo el concepto totalmente empírico de que judicializar menores sería una medida contraproducente. Quienes adoptan esta posición en general se limitan a extender un manto de paciencia que siempre pagan las personas comunes, esas mismas que son asesinadas y asaltadas a diario.

Se ha discutido extensamente acerca de la posibilidad de bajar las edades de imputabilidad de los delitos sin que resulte aún claro quién puede ponerle el cascabel al gato. La delincuencia juvenil es una papa caliente de la cual nadie desea hacerse cargo.

Recientemente se dio a conocer un dato que estaba destinado a permanecer en secreto. La jueza de menores Patricia Alejandra Gutiérrez, del Tribunal número 3, resolvió beneficiar con el arresto domiciliario con salidas al joven Jonathan David Décima, de 17 años, quien fuera autor de un asalto con armas de fuego en la pesquera ubicada en San Salvador y José Hernández de esta ciudad. En tales circunstancias, el menor fue herido de bala por la misma víctima que se resistía al asalto, y derivado al Hospital Interzonal. Luego se lo derivó al Centro de Contención de Menores de Batán, donde solamente estuvo preso unos días.

La jueza tenía a mano sus antecedentes, y sabía por ejemplo que el menor, el 23 de septiembre de 2004 - cuando tenía 13-, ya había sido detenido por un intento de robo. Desde entonces, hay doce detenciones sucesivas en delitos que aumentan en importancia, e incluyen el uso de armas de fuego y las lesiones consecuentes.

Pero esto no es todo: la jueza especificó que no se diera información a la prensa sobre su decisión, porque resulta evidente que la reprobación social se haría sentir sobre la figura del magistrado y toda la institución judicial.

El Informe Cosacov

La mayoría de la información que se repite tanto en los medios como en boca de muchos letrados es resultado de alguna experiencia, cuando no de intuiciones personales, ya que son pocos los estudios documentados que pueden poner datos fehacientes acerca del tema, que sirvan para tomar determinadas decisiones.

Existe una investigación realizada sobre la población de jóvenes que ingresaron en los tribunales correccionales de Córdoba en 2005, con edades comprendidas entre los 10 y los 19. El lugar de su realización fue el Centro de Perfeccionamiento Ricardo Núñez, y estuvo a cargo de los doctores Norberto Eduardo Cosacov y Armando Andruet. Lo datos que arroja no son absolutos, pero sí de una claridad meridiana.

Para comenzar, se establece que en la actualidad, los delitos que ponen en riesgo la ciudadanía están indisolublemente asociados a las personas jóvenes, sobre lo cual se establecen una cantidad de explicaciones cómodas, con escaso apoyo científico. Algunos consideran que la causa de esta situación es la pobreza, pero el estudio prueba que la mayoría de los menores detenidos buscaba dinero para pagar elementos de lujo que considera fuente de poder dentro de su grupo, como la ropa de marca, las salidas y las comidas en restaurantes. Muy pocos delinquían para dar dinero a sus familias.

Simultáneamente, el factor de mayor incidencia en las causales del delito parece ser el aburrimiento, la falta de perspectivas personales y de cualquier manera de entretenimiento alternativo.

El mito popular según el cual los jóvenes delinquen para pagar las drogas no se comprueba en el estudio. Según lo que se indica, los estupefacientes son su gasto más barato, y no necesitan ayuda para sostenerlo. No consumen drogas costosas ni son adictos. Utilizan alcohol como natural desinhibidor cortical, y para potenciar el efecto de los hipnóticos en pastillas, como el Primum y el Rohipnol. De allí resulta una bomba explosiva que despersonaliza al joven, y le permite asistir al delito como un ser ausente. Se dice también que esta mezcla generaría en ellos una forma de amnesia posterior, que minimizaría los efectos del estrés postraumático que sufren los delincuentes juveniles.

Todo influye, incluso la manera en que los más jóvenes experimentan el tiempo y las urgencias, y el capricho que se opone al deseo. No pueden esperar para obtener, y un arrebato callejero permite conseguir las ganancias que representarían un año de ahorro trabajando. Además, la publicidad colabora en considerar el consumo de productos caros como identificatorios de un poder y un estatus dentro de los grupos sociales.

Pero la influencia familiar no es menos importante. El informe cita las observaciones de Winnicot diciendo que “no existe mayor incentivo para un comportamiento antisocial que ser un hijo no deseado”. Y cuando existió maltrato, sigue el informe, en general la responsabilidad es de las madres o mujeres que han estado a cargo de esos menores.

La mayoría de los delincuentes son hijos últimos, han sido influidos más por hermanos mayores delincuentes que por sus propios padres, tienen personalidad extrovertida, y no presentan trastornos de la personalidad. El 84% de ellos había abandonado los estudios, mostraban una disminución en el área lingüística, aunque podían leer y escribir de manera aceptable.

Tablas de salvación

Nadie sabe a ciencia cierta cuál es el modo de intervención adecuada a un Estado eficiente: “es responsabilidad de Estado la implementación de una reingeniería social que revierta la peligrosidad del sujeto para vivir en la sociedad abierta”, dice. Pero ¿cómo?

Detalla el informe que el pensamiento llamado progresista no acepta los tratamientos intramuros, porque considera que aumenta la exclusión social, y es estigmatizador. Pero tampoco ofrece una solución alternativa.

Cosacov concluye que los sectores de bajos recursos son quienes solicitan medidas más extremas contra los jóvenes delincuentes, porque la seguridad es muy costosa, y los pobres son quienes están más desamparados a expensas de los ataques. Pero si bien acepta que el tener amigos en el delito es un factor de aumento en la incidencia, no está probado en absoluto –según esta investigación- que el encierro del delincuente sea decisivo para la reincidencia en el delito.

Para Cosacov, no hace falta bajar la edad de imputabilidad, ya que considera que los juzgados de menores tienen en sus manos la suficiente flexibilidad normativa como para adecuar sus decisiones al caso que les ocupe. Y que lo interesante sería que evaluaran todos los elementos que influyen en el delito cometido para tomar tal decisión, imponiendo diferentes tiempos de detención.

Es un principio. Que alguien deje de hablar de los menores en el delito como si fueran chicos que se han escapado del colegio o que han roto a pedradas el foco de la esquina. No es una mala palabra hablar de lo que no está bien. Entregar a los menores a la custodia de la familia, que es la misma que los apoyó en el delito, no está funcionando. Liberar a los menores por teléfono, que es lo que hacen algunos jueces que son sorprendidos en la comodidad de su descanso, cuando se les avisa de una detención, no está funcionando. Salir a trabajar jugándose a suerte o verdad para encontrarse con un pibe lo suficientemente aburrido como para pegarle a alguien un tiro en la nuca, no está funcionando. Y no funcionará jamás.

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