La mala hora de dos presidenciables

Por: Joaquín Morales Solá.

Mauricio Macri y Daniel Scioli están en el ojo de huracanes diferentes, pero huracanes al fin. Los dos tienen proyectos presidenciales para 2011, aunque la representación a la que aspiran es muy distinta una de la otra.

La única condición que une a Macri y a Scioli es que, al revés de los otros candidatos presidenciales, ellos tienen ahora la responsabilidad de gobernar distritos difíciles, complejos y excesivamente expuestos. Las comparaciones terminan ahí.

Todo lo demás es muy diferente. Macri tiene ideas abiertamente opuestas a Kirchner; quiere ser la alternativa a las corrientes y los estilos liderados por el ex presidente, y decidió enfrentarlo con decibeles cada vez más altos. Scioli piensa distinto de Kirchner, pero dice las mismas cosas que dice Kirchner; anhela convertirse en una especie de heredero consentido de la dinastía gobernante y jamás se rebeló ni se rebelará contra el kirchnerismo. Por esta subordinación al ex presidente perdió hasta la solidaridad de su propio hermano, José Scioli, que no estará más a su lado.

Macri se enfurece a veces porque los porteños son los únicos argentinos que lo valoran menos que el resto de sus compatriotas. Su gestión como presidente de Boca lo ha hecho un hombre muy popular en el interior del país. Es un notable capital para cualquier político. Los sofisticados porteños, en cambio, lo sopesan como gobernante con implacable rigor.

Un conflicto que ningún porteño ha provocado es el de la vocación de Macri para crear escándalos donde no los hay. Hechizado por las figuras famosas (y esta atracción la comparte con Scioli), terminó haciendo de cada designación reciente una batahola de enormes proporciones. Eligió no innovar en cuestiones fundamentales ni explorar entre las generaciones jóvenes; se volcó, en cambio, hacia figuras que arrastran viejos combates.

El comisario Jorge "Fino" Palacios trasladó con él la antigua pelea interna de la Policía Federal y la de ésta con los omnipresentes servicios de inteligencia oficiales. Palacios fue una designación personal de Macri, en la que ni siquiera intervino mucho su ministro de Seguridad. También fue su obstinación, hasta que terminó despidiéndolo cuando ya era demasiado tarde.

Abel Posse es un intelectual al que, como tal, lo entretienen las palabras y los conceptos. Tiene ideas rotundas sobre temas complejos, que son resistidas hasta por la clase media porteña con veleidades progresistas. Su pertenencia a la ortodoxia del peronismo lo enfrentó duramente con el peronismo revolucionario que los Kirchner dicen expresar. Siempre lo mismo: el pasado como presente perpetuo.

De todos modos, el compromiso de fondo de los funcionarios es con sus actos más que con sus palabras; Posse sigue provocando como un intelectual. Designado ministro de Educación, sólo puede exhibir como antecedente en ese terreno su devoción por la mística educativa de Sarmiento. Mucho más no sabe cuando debe adentrarse en las complicadas técnicas de la educación.

Pero Macri no buscó especialistas en educación (como sí lo es el ministro renunciado Mariano Narodowski). Hurgó siempre entre personas conocidas y respetadas, como el prestigioso filósofo Santiago Kovadloff o el popular rabino Sergio Bergman. Estos rechazaron funciones para las que no están suficientemente preparados. Posse, combativo y frontal como es, aceptó el desafío en el acto.

La decisión se tomó en una reunión de Macri con tres personas (Horacio Rodríguez Larreta, Marcos Peña y Jaime Durán Barba), sin consultar con nadie más. Fue una decisión express , contaron en el gobierno porteño. Posse dijo que sí no bien lo llamaron por teléfono. La consecuencia, que nadie pudo advertirle al jefe del gobierno porteño, consiste en un enfrentamiento monumental con todos los partidos opositores y con los gremios docentes, que amenazan con hacerle la vida imposible al nuevo ministro. El influyente consultor Durán Barba le aconsejó a Macri que ni siquiera pensara en dar marcha atrás.

Soy como un imán para el griterío , trataba de atemperar Macri el viernes. Dos conclusiones son, no obstante, inevitables. Una: hay un sistema de toma de decisiones en el macrismo que está en crisis y que se refiere a cierto encierro del líder porteño. Nadie quiere decirle que no a Macri , confesó un alto funcionario capitalino.

La otra conclusión: Duhalde se enteró de la designación de su amigo Posse cuando éste ya había aceptado el cargo. No hubo acuerdo previo del ex presidente ni pudo haberlo: el flamante ministro aceptó de inmediato y sin condiciones. Luego, Posse habló con Duhalde, que estaba en el exterior, para contarle la novedad. La tensa relación entre Duhalde y Macri (más por decisión de Duhalde que de Macri) está igual que antes.

Sólo Aníbal Fernández corrió en ayuda de Macri, como suele hacerlo siempre: es suficiente que el jefe de Gabinete critique una decisión del jefe capitalino para que gran parte de la sociedad se vaya con éste. El ministro y su jefe, Kirchner, socorren cuando intentan hundir y provocan la compasión cuando buscan el repudio del enemigo. El kirchnerismo es así y nunca aprendió otra lección.

Scioli tiene problemas mucho más graves que Macri; debe vérselas con conflictos mayores que los que engendran un espía descarriado o un intelectual distraído. Imposibilitado de distanciarse de Kirchner, como se lo aconsejan todos los políticos a los que consulta, el gobernador decidió buscar un consuelo en la esperanza de que el ex presidente termine ungiéndolo como candidato propio en las presidenciales de 2011. Es una ficción más que un proyecto: Kirchner no podrá ser candidato ni podrá convertirse en hacedor de presidentes. Las encuestas le son cada vez más hostiles.

La inseguridad le muerde los talones al gobernador. Anduvo ofreciendo el cargo de ministro de Seguridad y lo único que consiguió hasta ahora es debilitarlo a Carlos Stornelli, actual ministro. Testimonios inmejorables aseguran que de algunos ofrecimientos participó, como hombre de consulta de Scioli, Mario Montoto, un ex dirigente montonero y actual empresario próspero vinculado al negocio de la venta de armas, entre otras cosas. El plan de Scioli y de su asesor ad honórem se respaldaría en un acuerdo con la policía bonaerense para establecer qué delitos deberán combatirse. Algunos viejos y conocidos comisarios de la bonaerense ayudaron a escribir ese plan.

El caso de la familia Pomar es patético. La peor de las hipótesis es que las cosas hayan sido como dicen que fueron. La policía no pudo encontrar durante 25 días los cuerpos muertos de cuatro personas víctimas de un accidente. ¿Qué podría esperarse de la policía en casos de víctimas del delito? Gran parte de las confabulaciones que la gente común construye sobre el caso de los Pomar se debe también a la necesidad de que exista una conspiración, porque la verdad, pura y dura, significa una insoportable sensación de indefensión.

Otro caso dramático es el de los desarmaderos de autos, donde van a parar los automóviles robados. Es el delito más frecuente y que más muertes provoca. Los robos son perpetrados por jóvenes que consumen alguna droga. Los desarmaderos pagan 2000 pesos por los autos pequeños y 4000 por los grandes. Nada; ese dinero sólo sirve para el consumo compulsivo de estupefacientes.

La agencia tributaria bonaerense se mueve con fotografías satelitales para descubrir hasta piletas de natación que no fueron declaradas. ¿Por qué no puede servir ese sistema para detectar los desarmaderos? ¿Hay o no hay vocación para cortar con un negocio que está dejando demasiadas muertes, tan injustas como innecesarias?

La presidencia es siempre el tramo final de un proyecto político y de una gestión competente. La excluyente obsesión presidencial es, por el contrario, un camino hacia ninguna parte.

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