La madre de todas las batallas es ideológica

Por Mariano Grondona

La principal noticia política de la semana no ocurrió el martes, cuando la ministra Débora Giorgi y otros funcionarios recibieron a la Comisión de Enlace, sino el miércoles, cuando los miembros de la Comisión se reunieron con casi todo el arco opositor en el Senado. Sin embargo, las expectativas de los observadores habían corrido en sentido contrario. La noticia de que el Gobierno recibiría a los dirigentes del campo después de meses de silencio ganó por novedosa los titulares periodísticos, pero algo después, cuando se supo lo poco que se había conversado, volvió el pesimismo que los interlocutores tendrán que remontar como una cuesta empinada en su segunda reunión, prevista en un principio para el martes próximo.

Después de un leve respiro, el pesimismo ha vuelto con tal fuerza que ya no se sabe incluso si la segunda reunión, finalmente, se celebrará. Una razón que alimenta el pesimismo es que tanto el campo como el Gobierno han estado jugando otra partida simultánea en un segundo tablero. Del lado del Gobierno, ahora se sabe que, al mismo tiempo que se gestionaban las reuniones con el campo, el ex presidente Kirchner había dado instrucciones a uno de sus más entusiastas soldados, Ricardo Echegaray, para que sigilosamente proyectara la estatización del comercio exterior de granos. Pero fue en el segundo tablero del campo donde estalló otra novedad cuya importancia no podría subestimarse: el acercamiento decisivo entre la Comisión de Enlace y casi todo el arco opositor, que se manifestó en la reunión del último miércoles en el Senado. La importancia de esta reunión no podría subestimarse porque en ella se alumbraron dos acontecimientos políticamente trascendentes. El primero, el paso puro y simple del campo a la oposición. El segundo, el renovado protagonismo del Congreso.

Hacía tiempo que algunos dirigentes políticos como Elisa Carrió habían aconsejado a los miembros de la Comisión de Enlace que, en lugar de seguir intentando dialogar con el Poder Ejecutivo, cuya mala voluntad para con el sector rural ya está fuera de toda discusión, se encaminaran al Congreso porque fue en él, después de todo, donde el campo logró su primera victoria contra Néstor Kirchner mediante el famoso desempate del vicepresidente Cobos. Pero no hace falta ser memorioso para recordar que ese histórico desempate no habría sido posible sin el empate que lo precedió, al cual concurrieron precisamente los mismos legisladores que ahora están abandonando las menguadas huestes del ex presidente.

¿Antes de octubre?

Antes de la semana que hoy termina, las mayores esperanzas de la oposición apuntaban a octubre porque recién entonces, se suponía, el kirchnerismo podría perder el control del Congreso si era derrotado en las elecciones legislativas. La última semana, sin embargo, acaba de iluminar otro posible escenario: que si la diáspora del kirchnerismo y la asociación entre el campo y los opositores se acentúan y, por lo tanto, si la votación que desempató Cobos pudiera repetirse de ahora en adelante, la declinación política del matrimonio presidencial no llegaría después sino antes de octubre. He aquí un escenario que parecía impensable pocos días atrás: el giro copernicano del Congreso.

Quizá pocos describieron la situación tan brevemente como lo hizo nuestro lector Oscar Bravo en la edición del viernes de LA NACION: "Mientras los funcionarios del actual gobierno y, especialmente, el ex presidente consultan encuestas, modifican índices de la economía y se quejan por el comienzo de la estampida entre sus tropas? si Bill Clinton fuera candidato diría "Es el campo, estúpido". Es difícil desconocer en este sentido que la batalla entre Kirchner y el campo se ha convertido en la madre de todas las batallas.

El costo para el campo ha sido, por lo pronto, la caída vertical de sus exportaciones, sus inversiones y su producción, pero esta caída, que afecta además la demanda del campo sobre los bienes industriales -por ejemplo, sobre las maquinarias agrícolas- y deteriora la vida de los pueblos del interior, se ha convertido en un retroceso general de la economía. La contraofensiva de Kirchner por su derrota frente al campo en 2008, por ello, ahora se traduce en un daño que va mucho más allá del campo. Pero este retroceso económico también está afectando políticamente al propio Kirchner. ¿Cómo explicar en efecto la caída del kirchnerismo en las encuestas y la diáspora de sus antiguos asociados, sin vincularlas con "la madre de todas las batallas"?

Se supone, sin embargo, que Kirchner es astuto. ¿Cómo comprender, si no, el éxito político sin precedente que obtuvo desde 2003, cuando ascendió al poder sin capital político propio, de la mano del ex presidente Duhalde, hasta marzo de 2008, justo en vísperas de su derrota frente al campo? Pero, si Kirchner es astuto, ¿qué razón lo llevó a librar el único combate que perdería y a insistir un año en seguir librándolo pese a la evidencia de que ha ingresado en un camino nefasto no sólo para la economía sino también para él? ¿Cómo no ha comprendido que, si recurriera al campo en vez de agredirlo, aún podría encontrar en él la salvación que encontró su arrepentido mentor a comienzos de 2002, cuando la Argentina se encontraba en una situación todavía más grave que hoy? ¿Cómo entender entonces no ya al campo o a la economía, sino al propio ex presidente?

El búnker

Cuando Marx propuso su versión de la palabra ideología , la definió como un esquema mental que, ofreciendo una explicación aparentemente científica de la realidad, apunta a convencer a propios y extraños de la razón que asistiría a quien la emite. Más que una verdadera descripción neutral de los hechos, pues, la ideología según Marx sería un sofisticado intento de manipulación al servicio de sus promotores.

El peligro de las ideologías es que al fin atrapan a sus propios autores. Sin pretender que han alcanzado la sofisticación de Marx, ¿podría sugerirse entonces que los Kirchner estarían sufriendo ahora los efectos de su propia aventura ideológica? Porque tanto las decisiones de él como las explicaciones de él que ofrece ella provienen de una misma fuente ideológica: lo que ellos llaman el modelo, una concepción del país y del Estado en virtud de la cual el gobierno tiende a quedarse con el sobrante o plusvalía de lo que producen los argentinos para acumular su propia riqueza y su propio poder detrás de una explicación tan incierta como repetida: que lo hacen para beneficiar a los pobres y para disciplinar a los ricos. Más allá de las mentiras estadísticas, esto es doblemente cuestionable porque en su gestión hay cada vez más pobres y sólo se disciplina a los ricos que no son sus amigos.

El populismo que ellos comparten con Chávez, Morales y Correa procura crear un esquema económico y social que, perjudicando a los neutrales, sean ricos o pobres, sólo privilegia a los favoritos del régimen si son ricos y apenas alivia, entre los pobres, a aquellos que acepten someterse a la humillante red del clientelismo.

Lo peor de este sistema, sin embargo, no es tanto que sea falso sino que, una vez que se lo ha enunciado imperiosamente desde el poder, encierra a sus autores en el hermetismo, y crea como consecuencia un verdadero búnker político al que no pueden llegar ni siquiera los más subalternos. Y ésta es quizá la verdadera razón por la que tantos kirchneristas se están alejando cada día más de la pareja presidencial: que el aire del "búnker" de Olivos, donde ella habita cada vez más aislada de la realidad, se les está volviendo irrespirable.

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