La madrastra

Por Martín Caparrós.

Soy español. Tengo documento español, mi padre fue español, viví en España muchos años, publico mis libros en editoriales españolas. Soy español y soy más argentino, y nunca entendí bien la relación entre nosotros.

Soy español. Tengo documento español, mi padre fue español, viví en España muchos años, publico mis libros en editoriales españolas. Soy español y soy más argentino –para los españoles soy claramente un argentino–, y nunca entendí bien la relación entre nosotros y el día en que por fin me pareció que entendía algo estaba muy cansado. Corría el año inverosímil 2002, yo había llegado a Madrid dos o tres horas antes y mi primera reacción cuando vi aquel cartel fue una que me conozco bien: ufa, otra vez sopa. El cartel estaba pegado en la vidriera de una farmacia de la Puerta del Sol: en el cartel se veía la foto de un chico famélico oscurito con la barriga hinchada y yo pensé claro, el clásico mangazo para Haití, Burundi o Bangla Desh. Es lo que siempre hacen en estos países ricos: lavarse la conciencia tirando alguna miga a lo peor del Tercer Mundo. Yo ya sabía y no necesitaba saber más, hasta que –casi sin darme cuenta– lo leí: “Millones de niños argentinos sufren hambre”, decía el cartel. “Ayúdenos.” Fue un golpe: una confirmación. Esas cosas que uno sabe sin querer saberlas. Los españoles habían encontrado, por fin, después de tanto tiempo, el cajón donde ponernos.

Fuimos difíciles. Durante casi dos siglos fuimos tan difíciles. Después de la famosa independencia a nadie se le ocurrió deshacerse de los españoles con tanta furia hispánica como a nosotros, hijos réprobos. Mientras mexicanos, peruanos, colombianos se peleaban por ver quién hablaba mejor el castellano y corría con más valor los toros bravos, Sarmiento construía una idea de la Argentina basada en que había que rechazar a esos “bárbaros” culpables de todos nuestros males. “He venido a España con el santo propósito de levantarle el proceso verbal, para fundar una acusación, que, como fiscal reconocido ya, tengo de hacerla ante el tribunal de la opinión en América”, escribió don Domingo cuando llegó en su Viaje, 1846. Y, después: “Allá no leemos libros españoles: como ustedes no tienen autores, ni escritores, ni sabios, ni economistas, ni políticos, ni historiadores, ni cosa que lo valga. (…) En la imaginación española no entra el progreso rápido, súbito, que transforma en los Estados Unidos un bosque en una capital. Lo que antes fue, será siempre: el rey y la república, la libertad y el despotismo, todos pueden pasar sobre los pueblos españoles, sin cambiarles la fisonomía árabe, berberisca, estereotipada indeleblemente”.

Aceptamos el mandato sarmientino: lo hispano era lo arcaico, la Inquisición, la violencia caudilla, y dejarlo atrás nos permitiría ser un país próspero y moderno. Para el primer centenario, el país rebosaba de dineros ingleses, tilinguerías francesas, tanos chantas y gallegos brutos. La Infanta que llegó a visitarnos decepcionó, como es fama, a la buena sociedad porteña, socarrona de escucharla hablar “con el mismo acento que un portero”. Pero vinieron, aún, tiempos peores; a mediados del siglo pasado España se convirtió, Franco y su dios mediante, en ese lugar oscurantista y desolado donde Juan Perón tenía que mandar a su señora con carradas de trigo para paliar el hambre, donde coger no era pecado sino milagro, donde se prohibían los libros que nosotros sí podíamos leer, donde profesionales e intelectuales como mi abuelo Antonio tenían que escaparse. Y así fue, todavía en ese espíritu, atemperado por un poco de Saura y de Serrat y Goytisolo y Paco Ibáñez, que muchos llegamos a Madrid y Barcelona cuando nos corrió la dictadura. Fuimos, otra vez, difíciles.

–Cuando yo tenía veinte años erais terribles. Insoportables.

Me dijo muchos años después un madrileño de cuarenta y tantos, productor de tevé, hablando de esos tiempos:

–Te metías en cualquier discoteca y siempre había un argentino acodado en la barra con la cabeza gacha, cara de tango medio rubia que ponía voz profunda y le contaba a la mejor chica que había tenido que dejar su país por la represión y que estaba solo y extrañaba tanto… Y así se las llevaban todas. ¿Yo qué les iba a contar? ¿Que mi madre no me dejaba llegar tarde a casa?

Es un ejemplo y era, entonces, la envidia. Llegamos asustados, reactivos, y nos dedicamos a mostrarles lo vivísimos que éramos. En esos días los españoles no sabían qué hacer con nosotros: nos querían un poco, nos envidiaban algo, nos odiaron. Empezaban a ser ricos, se las pelaban por volverse uropeos y modernos, y les pateaba el hígado esa manga de psicólogos periodistas publicistas y otros farabutes entrenados que llegaban a decirles que les faltaba mucho –pero les pedían, al mismo tiempo, comprensión y ayuda. Fue tormentoso: de esos años quedó la palabra “sudacas”. Después, con el tiempo, llegaron otros argentinos, sin conflictos de libertad sino de plata. España ya había terminado de volverse rica y supercool y se llenó de todo tipo de inmigrantes y la inmigración se convirtió en una de las preocupaciones principales de la gente de bien.

–Pero no es con vosotros, no me malinterpretes. No, con los argentinos no va la cosa.

Me tranquilizó otro amigo madrileño hace muy poco:

–El problema son los africanos. Vosotros sois como nosotros, podéis adaptaros perfectamente a nuestras costumbres. Yo respeto a los musulmanes, claro que los respeto, pero lo cierto es que aquí no pintan nada, no hay modo de integrarlos, no quieren.

Fuimos, entre tanto migrante, un mal menor –que ahora, con la crisis, puede agrandarse mucho. Pero, sobre todo, el cambio en las relaciones llegó porque pasó lo que pasó: se nos notó cada vez más el fracaso espantoso.

–Lo que yo nunca he entendido es cómo a un sitio con tantas riquezas le puede ir tan mal.

Te dicen en España todos todo el tiempo, y decidieron que ya no tenían que darnos un trato demasiado especial: que podían sacudirse los complejos, que éramos, al fin y al cabo, los ciudadanos de un país pobre que a veces pedían socorro para no pasar hambre y habían entregado la mitad de sus bienes a empresas españolas porque nunca aprendieron a arreglárselas solos.

Lo cual se hace más que evidente cuando nuestra presidenta va a en visita de Estado y se viste de estado para comer con sus reyes y jefes y nadie cuenta que se hayan discutido las exportaciones de dulce de batata ni los derechos de los productores de soja argentinos en Segovia ni los accionistas chaqueños del Banco de Bilbao. Los gobiernos argentinos hablan con los españoles para rendir cuentas sobre nuestros aviones, teléfonos, petróleos, gases, bancos, autopistas que están acá pero son de allá: los mecanismos que hacen que España tenga poder y dinero en la Argentina y que, sobre todo, haya encontrado la forma de tratarnos: como al hijo fracasado del marido, con el amor de la madrastra que temió la competencia y descubrió por fin que no la había, que alcanza con tolerarle algunos desarreglos. Ahora saben qué hacer con nosotros, no nos envidian, no nos odian: somos pobres, perdimos, jugamos en tercera. La compasión –la forma civilizada del desprecio– es garantía de amores muy feraces, facilitos. Ya la hemos conseguido: no era fácil. Y ellos, encima, la gozan, la bordan, la hacen plata.

Atención: dice uropeos, sic.

Comentá la nota