Madoff, el multimillonario benefactor que estafaba en los cinco continentes

Comenzó en los '60 como agente de bolsa. Con la crisis, dilapidó US$ 50.000 millones de inversionistas.
Al principio, atrajo dinero local conseguido en countries y cenas benéficas, en las que los inversores lo buscaban para rogarle que administrara sus ahorros y poder cosechar así las mismas ganancias que sus envidiados amigos. Más tarde, Bernie Madoff y sus promotores pusieron los ojos en Europa, donde también presentaron las inversiones como el ingreso a un selecto club. Luego, sus agentes comenzaron a recolectar fondos en el Golfo Pérsico y el sudeste asiático. Por último, se abalanzaron sobre China, con invitaciones a invertir que eran más desesperadas y menos exclusivas. La maquinaria empezó a chisporrotear en noviembre cuando los inversores, alarmados por la crisis financiera y en busca de efectivo, comenzaron a retirar dinero más rápido de lo que Madoff podía reponerlo. Fue detenido el 11 de diciembre en su departamento de Manhattan y acusado de fraude con valores bursátiles, entregado a la policía por sus hijos tras revelarles que toda su empresa era un "gigantesco esquema de Ponzi".

De lo que no hay dudas es de que el juego de Madoff era el primer esquema de Ponzi de alcance mundial, un fraude que duró más tiempo, llegó más lejos y caló más hondo que cualquier otro de la historia, eclipsando por completo las insignificantes ambiciones regionales de Charles Ponzi, estafador de Boston que le dio nombre a esta pirámide financiera hace casi un siglo.

Si bien muchas de las víctimas conocidas de Bernard L. Madoff Investment Securities son destacados ejecutivos y organizaciones judíos - el productor de cine Jeffrey Katzenberg, el gobernador Eliot Spitzer, la Universidad Yeshiva, la Fundación Elie Wiesel y el director de cine Steven Spielberg, entre otros-, ahora parecería que todo aquel que tuviera dinero era un posible blanco. Los reguladores dicen que Madoff calculó que se han perdido 50.000 millones de dólares en fondos personales e institucionales de todo el mundo. Antes de evaporarse, ese dinero sirvió para financiar el fastuoso estilo de vida de Madoff, dueño de un departamento en Manhattan, una mansión frente a la playa en los Hamptons, una casa con vista a Cap d'Antibes en la Riviera francesa, una oficina en la calle Mayfair de Londres y yates en Nueva York, Florida y el Mediterráneo. Conforme la pirámide atravesaba las fronteras nacionales, sus mentiras se traducían a media docena de idiomas. Su botín se cotizaba en media docena de monedas. Y sus víctimas ahora se extienden desde Hollywood hasta Zurich y Abu Dabi. Si bien los daños más visibles son locales -una importante organización benéfica debió cerrar sus puertas, una renombrada universidad se vio en una incómoda posición-, la lección más clara es universal: cuando el dinero se vuelve global, el fraude también.

En 1960, Bernie Madoff fundó su pequeña agencia de bolsa. Su plan era operar con valores menos conocidos en los márgenes del mercado accionario tradicional. Tenía sólo 22 años. Para 1989, su firma manejaba más del 5 por ciento del volumen de operaciones de la venerable Bolsa de Valores de Nueva York, y la revista Financial World lo incluyó entre las personas mejor pagas de Wall Street. Y en 1990, Madoff fue nombrado presidente no ejecutivo del Nasdaq. Su ascenso en Wall Street se basó en su fe en una idea visionaria: que las acciones podían ser vendidas y compradas por personas que no se veían sino que estaban conectadas por la electrónica.

A diferencia de algunas figuras de Wall Street que edificaron su fortuna durante los 80 y 90, Madoff nunca fue un nombre conocido entre los inversores estadounidenses. Pero en el mundo selectivo de la filantropía judía de la zona de Nueva York, su riqueza y fama entre los actores del mercado dio nuevo lustre a su prestigio. Se convirtió en un donante generoso, luego en un solicitado miembro del directorio y finalmente en el administrador del dinero de muchas sociedades benéficas regionales.

Un mensaje pronunciado en voz baja se hizo conocido en sectores similares de riqueza judía: "Conozco a Bernie. Te puedo hacer entrar". Para mediados de los 90 y a medida que ascendía económica y socialmente, Madoff había dejado muy atrás los días en que sus amigos del club de golf le hacían llegar inversiones a través de sus abogados y contadores. Algunas de las figuras judías más conocidas de las altas finanzas y la industria comenzaron a cortejarlo, y a través de ellas accedió a una nueva órbita de riqueza. Lo que comenzó como una discreta y codiciada oportunidad de inversión para unos pocos afortunados de los countries judíos de Long Island se convirtió en un producto financiero mundial cuyas raíces quedaban ocultas tras legiones de agentes de venta bien vestidos y políglotas en las capitales financieras de Europa.

A menudo con la ayuda de los fondos de fondos, Madoff ahora estaba en condiciones de ir tras el dinero de los inversores árabes. La Abu Dabi Investment Authority, uno de los fondos soberanos de riqueza más grandes del mundo, con activos calculados en 700.000 millones de dólares, terminó a bordo del mismo barco que las organizaciones de beneficencia judías de Nueva York: atrapada en la caída de Madoff. Pero todo el dinero que entraba no fue suficiente en un año en que los mercados financieros cayeron a pique. De pronto, la gente quería efectivo, incluso aquellos que habían confiado su dinero a Madoff durante tanto tiempo. A comienzos de diciembre les dijo a sus dos hijos que tenía dificultades para reunir los 7.000 millones necesarios para cubrir los retiros de inversiones. Y el 10 de diciembre les contó a sus hijos que su empresa era "una gran mentira" y "básicamente, un gigantesco esquema de Ponzi". No quedaba nada, les dijo, y era seguro que iba a terminar preso.

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