Ni Macri ni Kirchner.

Por Aníbal Ibarra.

Desde hace varios años nosotros hemos anclado nuestra prédica en donde siempre creímos mejor aportar: la Ciudad de Buenos Aires. Hoy gobernada por la derecha, a casi dos años de su triunfo electoral, las medidas de gobierno están dirigidas claramente al desguace estatal y al beneficio económico del sector privado que mejor representa el ingeniero Macri.

Desde hace varios años nosotros hemos anclado nuestra prédica en donde siempre creímos mejor aportar: la Ciudad de Buenos Aires. Hoy gobernada por la derecha, a casi dos años de su triunfo electoral, las medidas de gobierno están dirigidas claramente al desguace estatal y al beneficio económico del sector privado que mejor representa el ingeniero Macri.

En cada defensa de lo público, a través de estos dos últimos años, lo hemos intentado evitar, porque lo sabemos muy bien, nosotros, los que tuvimos la responsabilidad de gobernar esta Ciudad en la peor crisis y decadencia económica que recuerde la memoria reciente. Lo hicimos cada vez que nos pronunciamos para denunciar las licitaciones millonarias digitadas; los sobresueldos a funcionarios; los aumentos de impuestos; las irregulares y truchas votaciones en la Legislatura; la demolición del ex cine El Plata en Mataderos; la reducción de becas estudiantiles; la mentira de los kilómetros de subterráneo o la política patronal salvaje para encarar el conflicto docente.

¿Que no hemos sido representativos de todo el amplio espectro democrático de la izquierda progresista o social, o como mejor se la bautice? Seguramente que no.

Pero hay una raya que nos separa del Heller devenido en kirchnerista. Es la que nos diferencia, más allá del discurso, de quien sostiene con su candidatura a quienes votaron casi todas las leyes del macrismo, incluso las del endeudamiento. Hace poco, mientras él ya era candidato silenció que sus legisladores votaron la venta de los terrenos públicos de Catalinas, uno de los negocios más escandalosos de estos tiempos.

La misma línea que nos separa de Solanas, que ante cada amague de unidad se esconde detrás del discurso de "lo nuevo", terminando en una peligrosa funcionalidad a la derecha urbana.

En la dimensión nacional las elecciones están significadas desde diferentes lecturas, pero sin dudas la agenda del poder y los medios las está ubicando en un plebiscito al Gobierno nacional.

Nos han empujado, una y otra vez, a tomar partido como si esta instancia electoral fuera un camino recto y definitivo a enterrar viejas recetas liberales o terminar con los defectos del sistema presidencialista. Ni tanto ni tan poco.

La campaña debe servir para discutir la solución de los problemas de la sociedad. Toda elección tiene ganadores y perdedores, pero no toda elección trae soluciones. Hoy, tanto a Macri como a Kirchner sólo les interesa ganar y, para lograrlo, se disfrazan de lo que no son. Kirchner hablando sedado es tan creíble como Macri defendiendo apasionadamente lo público.

Si no discutimos los problemas de esta crisis, en lugar de salir con más y mejor democracia y con más igualdad saldremos con más convulsiones, más desigualdades y más sacrificios. La discusión que se evite hoy explotará mañana como ajustazo de Macri y Kirchner.

No se trata de discutir las nacionalizaciones de Venezuela sino de ver cómo se garantiza el empleo y evitamos que se profundice la recesión. Resulta inmoral discutir a Chávez cuando aquí se perdieron más de cien mil puestos de trabajo desde que empezó la crisis y tenemos estadísticas sociales tan malas o peores que a la salida del menemismo.

Tampoco pueden hacernos creer que volver al FMI, anular las retenciones o pedir más devaluaciones salvajes sean posiciones éticas o progresistas. Una coalición que coqueteó con Michetti, que tenía a López Murphy como sponsor y que lleva a un representante del sistema financiero como candidato se parece más a una alianza conservadora que a otra cosa.

El 29 de junio pueden despuntar varios proyectos: la continuidad kirchnerista o su sucesión con los barones del Conurbano y Scioli a la cabeza, la pejotización con Reutemann, la derecha con Macri o una democracia de bienestar construida desde referencias progresistas locales y provinciales. Ahí, para aportar, me anoto.

Nadie es por sí solo el pueblo, la justicia, la igualdad o el progreso. Nadie es el todo. Hace falta humildad para reconocernos como parte del diálogo profundo para abordar los problemas. Los monólogos y la soberbia ahuyentan y entorpecen.

Necesitamos convocar y alcanzar consensos. Es el espíritu con el que asumimos el desafío local y nacional en estas elecciones. Para eso queremos llevar nuestra voz a los parlamentos.

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