El lujoso vacío que deja María Julia

Muchos curiosos y pocos posibles compradores recorrieron ayer la propiedad de la ex funcionaria, que será subastada para pagar una multa de 3,5 millones por enriquecimiento ilícito. Quedan algunos vestigios de la antigua opulencia, pero sacaron hasta los enchufes.
–Para mí que ella ya no vive acá –dijo en voz baja una rubia.

–Se mudó hace rato, se nota –asintió otra rubia, mientras cruzaba el salón vacío y se metía en uno de los baños–. Mirá las canillas: ¿Viste?

–No, ¿qué tienen?

–No son de oro como habían publicado –la rubia tocó uno de los grifos, después lo abrió para comprobar que corría el agua–. Pero funcionan.

La amiga se había quedado contemplando el enorme jacuzzi:

–Mary July... ¡qué casita!

Recorrieron el petit hotel de arriba a abajo, mirándolo todo y divirtiéndose a su modo. Dijeron ser de una inmobiliaria, pero era evidente que no estaban en la propiedad con intenciones de comprarla. ¿Cuántos de los que ayer visitaron el palacete de Junín 1461, residencia de María Julia Alsogaray, llegaron movidos por un real interés inversor? Curiosos, vecinos de la cuadra, rematadores de oficio –y también, por supuesto, algunos potenciales compradores– hicieron cola para ver por dentro la casa de la ex secretaria de Medio Ambiente menemista. El edificio de estilo neoclásico, de cuatro pisos, subsuelo y terraza será rematado el próximo 29 de octubre y la Justicia lo está abriendo al público con vistas a la subasta. Hoy podrá ser nuevamente visitado.

Como era de esperar, la ingeniera no estaba en la residencia, aunque dejó en su representación a un abogado y dos mucamas vestidas de uniforme, con el encargo de controlar que nadie robara nada.

Desde las 15 a las 18 pasaron por el petit hotel cincuenta personas. Al llegar a la puerta, el recién llegado encontraba una custodia policial. Una vez registrados sus datos –con cédula o DNI– recibía un impreso con los detalles de la propiedad: "Excepcional residencia - Zona Recoleta". Así podía enterarse de que el precio base de la subasta será de 3.584.000 pesos, casi un millón de dólares.

Todas las recorridas se hicieron con el acompañamiento de una martillera –o sus asistentes– y todos los grupos tuvieron, a su vez, la silenciosa escolta del abogado y las mucamas.

Los salones del palacete ya están vacíos. Más aún: María Julia se llevó de allí hasta los enchufes; donde antes había interruptores, ahora asoman cables pelados. En las cocinas –casi todos los pisos tienen una– ya no se ven tampoco los extractores de aire y en las habitaciones largas hileras de huecos extrañan sus luces dicroicas.

Los pocos muebles que todavía no fueron sacados de la casa estaban cubiertos por telas para protegerlos de la mirada ajena y en los pasillos quedaban libros embalados, listos para la próxima mudanza. Pero todavía podían verse señales de la antigua opulencia, sobre todo en los baños –con sus paredes recubiertas de mármol, del piso al techo–. En el último piso hay un gimnasio. La casa tiene terraza, un área de servicio y un amplio patio con mesitas de mármol donde María Julia solía comer con sus amigas.

Los 3,5 millones de pesos corresponden a la multa que la ex funcionaria debe pagar, como parte de la condena que recibió por enriquecimiento ilícito, cinco años atrás. La cifra es el equivalente a la suma que María Julia no pudo justificar como ganada con el trabajo propio. Como el valor de mercado del edificio se estima en más de 5 millones, lo que sobre de la multa podría ser donado al Hospital Garrahan. La subasta se realizará el jueves 29, a las 11, en el Banco de la Ciudad de Buenos Aires.

¿Vale un millón de dólares?, preguntó Página/12 en la puerta del petit hotel. "Vale mucho más", aseguró una de las visitantes. Misteriosa, la mujer no quiso revelar su nombre, pero aseguró haber ido "en representación de un grupo inversor de capitales franceses y norteamericanos". A su criterio, el edificio tiene "buena infraestructura: ascensor, una sala de máquinas, calderas. Se va a vender seguro y a mayor precio", vaticinó.

Pero no todos se mostraron tan entusiasmados. "Es una casa sin mantenimiento, tiene mucho para hacerle. Hay suciedad por todos lados", dijo con una mueca de desagrado un visitante que se presentó como Alex Low, argentino y residente en Los Angeles, dedicado al negocio de la construcción.

Las rubias criticaron sin ninguna piedad la decoración, especialmente las telas que recubren las paredes de muchas de las habitaciones con motivos florales, símil jungla. "¿Será porque el marido estaba en Greenpeace?", apuntó una. La otra consideró que "en realidad, ella tenía poca gracia"; bastaba ver cómo se vestía.

Poco antes de las 17, una morocha opulenta y su marido bajaron de una cuatro x cuatro con chofer y pidieron ver la casa. ¿Estos sí son compradores? "Estos sí", contestó sin dudar un asistente de la martillera. ¿Y los demás? "De la familia Miranda, todos Miroglio, salvo tres o cuatro de todos los que entraron."

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