Uno de los lugares más peligrosos del planeta

El baño de sangre que ocurrió ayer en Bagdad demuestra cuán lejos se está de acabar con la violencia en Irak.
El primer ministro Nouri al Maliki, con sus declaraciones de que la seguridad, de a poco, mejora, sólo empeora las cosas. Irak podrá ser un poco más seguro que hace tres años, pero es uno de los lugares más peligrosos del planeta.

Los ataques suicidas con coches bomba son muy difíciles de evitar. ¿Quién está detrás de ellos? Casi con seguridad alguna célula vinculada con la red terrorista Al Qaida, probablemente con la ayuda de agentes del antiguo régimen. Es imposible para los policías que custodian las calles de Bagdad detener y revisar a cada vehículo que ingresa a la ciudad. Además, en caso de detectar algo sospechoso, es altamente improbable que el agente se arriesgue a revisar el vehículo. Los homenajes y los premios póstumos no entusiasman mucho a los policías iraquíes.

Pero los atentados con coches bomba están lejos de ser el único indicador de la inestabilidad del país. El problema principal de Irak es que no existe un consenso de base entre las tres mayores comunidades del país: los chiítas, los sunnitas y los kurdos. Cada grupo aún se empeña en descubrir el flanco débil del otro y restarle puntos en lo que se supone beneficio propio.

Los chiítas constituyen las tres quintas partes de la población. Principales beneficiarios tras la caída del régimen de Saddam Hussein, salieron victoriosos de la guerra sectaria por el control de Bagdad entre el 2005 y el 2007. Sin embargo, ello no quiere decir que los sunnitas, un quinto de la población, no mantengan la fuerza suficiente para desestabilizar al gobierno si consideran que no están recibiendo la cuota de poder que reclaman.

En cuanto a los propios iraquíes, es muy común que muchos de ellos interpreten el clima de violencia reinante en su país como parte de los esfuerzos de sus vecinos por impedir que resurja un Irak poderoso.

A Irán le gustaría otro Estado chiíta en el Golfo, pero no un gobierno fuerte en Bagdad. La monarquía de Arabia Saudita, por su parte, nunca ocultó su rechazo a ver surgir a Irak como el primer Estado chiíta en el mundo árabe desde que Saladino derrocó a los Fatimistas hace algo menos de mil años. Y en lo que hace a Kuwait, el pequeño emirato todavía cobra millones del pobre presupuesto iraquí en concepto de compensaciones por los daños sufridos en la primera Guerra del Golfo.

Un problema adicional para Irak es el desgaste al que es sometido el proceso de reconstrucción política y económica. El país viene de 30 años de guerras, rebeliones y sanciones económicas. El Estado central es disfuncional. El barril de crudo, es cierto, está recuperando lentamente sus cotizaciones y ya alcanza los 80 dólares el barril. Pero aún en ciudades relativamente calmas como Bassora hay miles de personas que no cobran sus sueldos. El gobierno no logra cerrar las profundas heridas del pasado. Los atentados de ayer, los más sangrientos de los últimos dos años, muestran cuán lejos está Irak de resolver sus problemas.

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