Lucha improbable entre las peras y las manzanas.

Por: Mariano Grondona.

En su reciente discurso ante la Asamblea General de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que se realizó en Ginebra, la Presidenta insistió en una tesis que también defiende su marido en la campaña electoral: que en la presunta lucha entre el Estado y el mercado, el gobierno argentino apuesta al Estado.

A juzgar por los aplausos que Cristina Kirchner recibió (según las crónicas que vinieron de Ginebra), fueron muchos los delegados de los países del Tercer Mundo que coincidieron con su posición. En el orden interno, los Kirchner aprovecharon el reciente pronunciamiento de Mauricio Macri contra el modo como se realizó la reestatización de Aerolíneas Argentinas para reafirmar su vocación estatista mientras acusaban a Macri de privatista.

Pero creer que hay que optar entre ellos deriva de una idea errónea acerca del Estado y el mercado, como si fueran dos entidades de igual naturaleza que compiten por el mismo espacio. Es como si el Estado y el mercado procurasen vencerse mutuamente porque practican el mismo deporte y juegan en la misma cancha. Pero ¿es posible comparar la eficacia relativa de dos equipos si uno juega al fútbol y el otro al baloncesto? Al insistir en esta errónea nivelación del Estado y el mercado, los Kirchner pretenden meter en una misma cuenta peras y manzanas.

Lo que les falta a los Kirchner, entonces, no es un argumento eficaz a favor del intervencionismo y contra la libertad económica sino algo previo: un concepto preciso sobre qué cosa sea el Estado y que cosa sea el mercado. Para recoger la famosa definición de Max Weber, el Estado "es la agencia que reclama con éxito el monopolio de la coacción legal en un territorio determinado". Y, tomando la igualmente famosa definición de Joseph Schumpeter, el mercado es el espacio donde ocurre la "destrucción creativa de las empresas menos eficientes a manos de las empresas más eficientes a través de la competencia". Como se ve, la definición weberiana del Estado es esencialmente política, en tanto que la definición schumpeteriana del mercado es esencialmente económica. Peras y manzanas. Lo que les falta a los Kirchner cuando describen su imaginario combate entre una entidad esencialmente política y otra esencialmente económica es una idea clara acerca de estas dos entidades cuya confrontación explicaría, según ellos, la trama de la crisis del mundo contemporáneo. Pero si falta una idea clara sobre las dos entidades supuestamente en conflicto, es imposible que de la confusión de los conceptos pueda surgir una acción coherente de política económica.

Ganar o perder

Al carecer de una idea clara sobre la naturaleza del Estado y del mercado, la pareja presidencial plantea entre éstos un juego de suma cero en virtud del cual lo que uno gana el otro lo pierde. Esto no es lo que están haciendo los países de avanzada ante la crisis mundial porque, si bien están aumentando la intervención de los gobiernos en la economía, no lo hacen para "sustituir" a las empresas privadas como lo hizo nuestro gobierno con los fondos de las AFJP, sino para reforzarlas, proyectando un juego de suma positiva mediante el cual tanto el Estado como el mercado puedan ganar.

Los resultados contrapuestos de estas dos estrategias están a la vista. Entre nosotros, los capitales privados cuando pueden hacerlo se van. Entre ellos, a punto ya de pasar lo peor de la crisis, los capitales vuelven. Para comprobarlo basta comparar lo que está pasando en Brasil y en la Argentina. Mientras inversiones por decenas de miles de millones de dólares se agolpan en Brasil, al que ya se considera uno de los países emergentes "BRIC" (Brasil, la India, China y Rusia), que, aunque sean todavía subdesarrollados, ya compiten con los países desarrollados en la atracción de los capitales privados, las inversiones que aún quedan entre nosotros buscan desesperadamente huir de aquí. Pero esta fuga tiene su precio. Y es así como, en tanto que los países desarrollados y los BRIC se aprestan a pegar un nuevo salto no bien pase la crisis, entre nosotros hasta el Indec empieza a suministrar cifras cada vez más desalentadoras de pobreza y estancamiento.

Lo peor es que, animado por esta idea errónea de que lo que es bueno para el Estado ha de ser malo para el mercado, y viceversa, el gobierno de los Kirchner está alcanzando cifras que, si son económicamente negativas, ellos esperan que puedan salvarlos de un desastre electoral de aquí a siete días. Según cifras del experto Ernesto Kritz, los índices de pobreza son sólo del 13 por ciento en la Capital Federal, donde gana Macri; de alrededor del 36 por ciento en los primeros cordones del Gran Buenos Aires y nada menos que del 49 por ciento en el cordón más alejado, donde gana Kirchner. Uno de cada dos argentinos de este "lejano" Gran Buenos Aires vive en la pobreza. No resulta sorprendente entonces que sea precisamente en él donde los Kirchner esperan recolectar más votos. Es allí donde impera la penuria social de los más pobres que el Gobierno espera "hacerse rico" electoralmente. La política, otra vez, contra la economía. De esta manera se confirma el avance de una estrategia mal encaminada a costa del desarrollo económico y social, porque es en el seno de la pobreza más escandalosa que debiéramos tener la prioridad de superar y no en el seno de las clases medias adonde todos los argentinos debieran llegar que están cifradas las esperanzas del Gobierno. Para él, empecinado como está en el juego de suma cero, la política es la que debe comerse a la economía.

La sinergia

La estrategia empresaria del kirchnerismo está logrando, a través de un rodeo, resultados similares a la "acción directa" de Hugo Chávez. Mediante el hostigamiento de las empresas privadas a través del intervencionismo, lo primero que ha logrado es depreciar el capital de las empresas. Luego, cuando ellas han sido puestas en "situación de fuga", en ese momento aparecen empresarios relacionados con el Gobierno que ofrecen comprarlas a bajo precio mediante un "nuevo capital" que consiste en el favoritismo del Gobierno. Así es como se ha desarrollado entre nosotros lo que hoy se llama "el capitalismo de amigos".

Partiendo en cambio de la idea del juego de suma positiva, los BRIC y los países desarrollados están tratando de que los esfuerzos del Estado y de los capitales privados converjan. A esto se lo llama habitualmente sinergia , esto es, según el diccionario, "la acción de dos o más causas cuyo efecto es superior a la suma de los efectos individuales".

Es que los países "sinérgicos" que siguen esta otra estrategia no definen de igual modo al Estado que al mercado porque éste, allí donde existe de veras, es obra del Estado. Es el Estado el que ha creado al mercado garantizando la propiedad privada, pero rodeándola además de un sistema legal que, impidiendo el monopolio tanto estatal como privado, obliga a las empresas a competir arduamente entre ellas. Esta es la fórmula del progreso económico y social. Pero a partir de la suposición de que el Estado y el mercado no son "sinérgicos" sino rivales, lo que ha conseguido el kirchnerismo entre nosotros, en resumidas cuentas, es aniquilar el mercado para sustituirlo por un Estado empresario y sus favoritos, cuyas muestras de ineficacia y de corrupción han sido sobreabundantes a lo largo de los años. Es así como la Argentina ha pasado en las últimas décadas de figurar entre las diez naciones más desarrolladas del planeta al lugar número 68 en el concierto de las naciones, un lugar que, si los gobernantes no cambian sus ideas, ni siquiera podrá conservar en el futuro inmediato.

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