La lucha callejera por el poder, ¿en qué terminará?

Por Mariano Grondona

La política es una actividad bidimensional . De un lado, aspira a construir una realidad deseada. Esta es su dimensión arquitectónica . Del otro lado, quien busca realizar este ideal arquitectónico necesita vencer a sus rivales porque sin poder no habría construcción. Esta es la dimensión agonal de la política, del griego agon, que significa "lucha".

La arquitectura es el plano del edificio que se quiere construir. La arquitectura es el fin. Para llegar a él, sin embargo, es necesario obtener y retener el poder que otros también reclaman. La lucha por el poder es el "medio" que lleva al "fin". Toda vida política, si es plena, incluye una mezcla variable de estas dos dimensiones. Cuando De Gaulle dijo que tenía "cierta idea de Francia" manifestaba una vocación arquitectónica, pero no por ello dejó de luchar denodadamente por el poder, justamente para realizarla. Hasta el cruel César Borgia, un político "agonal" por excelencia, tenía como fin, según su admirador Maquiavelo, la unidad de la fragmentada Italia.

¿Dónde ubicaremos a Néstor Kirchner en esta clasificación política, para descifrar de ahí en más las claves de su enigmático comportamiento? En una posición tan extraña como extrema. Todo indica, en efecto, que Kirchner es un político "exclusivamente agonal". Por lo que hemos visto hasta ahora, nada indica en él "cierta idea de la Argentina" que lo atraiga más allá de él. Por eso llamó a su movimiento Frente para la Victoria, porque lo único que le importa es vencer a quienes percibe como sus enemigos. La victoria no es en él un "medio" en dirección de un proyecto arquitectónico, sino un fin en sí mismo.

¿Pero quiénes son sus enemigos? Todos aquellos que aspiren a algo ajeno o contrario a su poder. Todos aquellos que luchen fuera de él o en contra de él: sus antagonistas , esto es, los que estén "en contra de su agon ". El paisaje político tiene según Kirchner sólo dos componentes: el de aquellos que se le oponen y el de aquellos que se le subordinan. Por eso dijo, en un instante de sinceridad, que al campo lo quería "ver de rodillas". Por eso acaba de desechar a través de su esposa el presunto liderazgo de Hugo Moyano cuando éste pretendió promover por cuenta propia un acto público para el 20 de este mes, aunque este acto fuera kirchnerista, porque ninguno de sus subordinados está autorizado a convocar a los fieles al margen de él. Kirchner es, en suma, un hemipléjico agonal.

En estado de "agonía"

La agonía, que también proviene de "agon", es una palabra que se usa cuando aquel que lucha lo hace en circunstancias dramáticas porque peligra su vida. Las luchas sucesivas de Kirchner tienen también este aire dramático, terminal, ya sea para él o para el campo, para los opositores que lo vencieron el 28 de junio, para Clarín y los medios periodísticos que quieren salvaguardar, pese a él, su independencia. ¿Recuerda el lector cuando un vocero de los empresarios españoles que venían de tener su primer choque con el flamante presidente Kirchner, le dijo: "Usted nos ha puesto a parir"? Un político agonal como Kirchner es también un político "agónico" porque crea en torno de él la sensación de que la lucha es a todo o nada. Si dos contendientes libran una lucha "agónica", es que alguno de ellos va a morir.

El ideal arquitectónico supone, al contrario, que aquél que lo concibe tiene, equivocada o no, cierta idea del bien común . Como dice el Martín Fierro de Hernández en las líneas finales del poema, sus versos no se han escrito "para mal de ninguno sino para el bien de todos". He aquí la versión criolla del viejo ideal aristotélico del "bien común". Pero este ideal es inalcanzable para un político exclusivamente agonal porque él no busca "el bien de todos" sino, al contrario, "el mal de algunos", precisamente de sus enemigos. Lo que ocurre es que, desde una perspectiva exclusivamente agonal, esos "algunos" terminan por ser casi todos. De ahí que los argentinos, o al menos un 75 por ciento de ellos, se expresaron el 28 de junio contra Kirchner mediante un porcentaje que, según la generalidad de los encuestadores, sigue creciendo en nuestros días. Es que los argentinos no quieren vivir ya más en estado de agonía. Por eso aquellos líderes como Cobos, Reutemann, Macri o Narváez que siguen creciendo en las encuestas son aquellos que han izado, a la inversa de Kirchner, la bandera del diálogo y la moderación.

Dicho esto, queda una duda. Si la opinión pública de nuestra democracia se ha pronunciado y se sigue pronunciado contra la "hemiplejia agonal", si no quiere sufrir más la crispación de una agenda política que se expresa día tras día en la agitación de nuestras calles, ¿se deduce de ahí que, en su lucha incesante e insaciable por el poder, Kirchner está perdiendo? Y si está perdiendo la "guerra" por el poder que él mismo ha declarado, ¿cómo se conjuga esta hipótesis con el hecho de que haya ganado tantas "batallas" en los meses que siguieron al 28 de junio en torno de temas como los superpoderes que todavía retiene, la ley de emergencia que sus partidarios vienen de ratificar, la ley de medios mediante la cual sueña con doblegar a la prensa, la "reforma política" que apunta a borrar del mapa a los nuevos partidos o su reciente confirmación en la presidencia del Partido Justicialista pese a haber renunciado "indeclinablemente" a ella al día siguiente de su derrota electoral? Este negador de la dimensión arquitectónica de la política, este adorador del ídolo agonal, en definitiva, ¿está perdiendo o está ganando?

Creso y Solón

Si un observador venido de Marte viera de golpe lo que pasa entre nosotros, ¿no diría que Kirchner está ganando? Si sólo mirásemos la "foto" y no la "película" de lo que está pasando, ¿no coincidiríamos con él? Cuentan que allá por el siglo VI a.C. Creso, el rey de Lidia, se sentía tan poderoso que se animó a preguntarle al sabio Solón, el redactor de las leyes de Atenas, si no debería consagrarlo, en definitiva, como un "hombre feliz". Es que lo tenía todo: una inmensa riqueza, un enorme poder y hasta, agregó, todos los amigos y todas las mujeres quisiera tener. Solón, sin embargo, se negó a acreditarle lo que pedía. "¿Por qué"?, le preguntó Creso. "Porque -contestó Solón- tu historia aún no ha terminado." El hecho es que, poco después de haber desafiado a Solón en busca de la respuesta afirmativa que pretendía y que no consiguió, Creso perdió el poder, la fama y la riqueza de los que se ufanaba a manos de Ciro, la ascendente estrella del imperio persa.

¿Será el destino de Kirchner, finalmente, similar al de rey de Lidia? Para poder responder desde ahora a esta pregunta, nos falta integrar en nuestro diagnóstico dos elementos. En 2009, Kirchner sigue ganando poder pero, al mismo tiempo, pierde consenso. En 2010, cuando haya otro Congreso, y en 2011, cuando los argentinos que ya lo han repudiado elijan un nuevo presidente, ¿se producirá al fin el desenlace que un nuevo Solón, hoy, quizás anunciaría? Si nos atenemos a la opinión de la mayoría de los argentinos que ya no quieren agonía sino consenso y que no confunden lo que Kirchner quiere hacer creer que es el consenso de muchos cuando no es más que la complicidad de unos pocos, de los temerosos y los codiciosos que aún beben en la copa de su poder, quizás haya otro Ciro a la espera de Kirchner en el mediano plazo. Pero la oposición cometería un grave error si se alegrara desde ahora ante este final presuntamente anunciando, porque en su seno todavía no ha aparecido el Ciro que sea capaz de castigar al nuevo Creso por la osadía de haber ignorado de cuajo la dimensión arquitectónica de la política. Mientras este Ciro eventual no aparezca, ya sea bajo la forma de un nuevo lideragzo o mejor aún de una armoniosa conjunción de varios, la pregunta sobre el futuro de Kirchner, y también de los argentinos, nos seguirá angustiando.

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