Luces y Sombras

Por Pablo Alabarces.

No puedo entender el verano: o mejor dicho, no soporto lo que puedo entender del verano. En el mismo momento en que todos parecen adentrarse en la adoración del sol y el calor, yo me sumerjo en la nostalgia del invierno.

No puedo entender el verano: o mejor dicho, no soporto lo que puedo entender del verano. La temporada estival es una buena muestra de qué poco universales son algunos gustos: en el mismo momento en que todos parecen adentrarse en la adoración del sol y el calor, yo me sumerjo en la nostalgia del invierno. Por supuesto que el “todos” es bastante parcial: sé positivamente que es demasiado alto el porcentaje de la población argentina (para no hablar de comarcas más lejanas) para el que el verano significa pura continuidad de las aflicciones primaverales –o invernales u otoñales–.

Nunca viene mal recordar que en el mismo momento en que disfrutamos de nuestros privilegios de clase, otros y otras experimentan sus inequidades; pero mi argumento no quiere ser tan populista. No soporto el verano por razones más personales y que no creo que sean de interés sociológico y mucho menos político; lo único que me interesa de las vacaciones es justamente su condición de descanso, de corte con las mil y una obligaciones cotidianas: es el momento de la pila de libros acumulados en el año, de las visitas a los amigos, del cine, de perder el tiempo lastimosamente –el secreto de unas vacaciones exitosas: perder el tiempo–. Como se verá, no hay nada en todo ello en que el calor tenga algo que ver: a veces, incluso, lo obstaculiza (desventajas del veranito porteño: el calor tropical húmedo sin Copacabana). Mis vacaciones, entonces, son un esfuerzo a contramano de la costumbre, de la cultura y de la temperatura.

Pero lo que menos soporto del verano es que es una de las temporadas más insoportables del calendario anual de la cultura de masas argentina: la de las publicidades veraniegas. La infaltable cervecera, las consiguientes de celulares, y detrás de ellas todas las demás. La pretendida creatividad de algunos publicistas argentinos se pone al servicio de la insoportabilidad aguda, chillona y previsible de los cortos, restallantes de colores veraniegos –una paleta en la que predomina el naranja soleado, para que a nadie se le escape de qué se trata– y de músicas bochincheras que intentan instalar un hit: que te clavo la sombrilla, por ejemplo.

“Te clavo la sombrilla”: posiblemente muchos recordarán que ése fue el hit del verano pasado. YouTube nos permite asistir al despliegue de todas las publicidades veraniegas de los últimos años: y eso significa que podemos comparar a ver si entre todas encontramos una idea. Y es cierto, hay una idea: una sola, claro. La publicidad del verano instala, junto a la recomendación particular de consumo, el predominio de un estilo que se vuelve imperativo: diviértete en manada, pase lo que pase y le pese a quien le pese. Incluso cierto tono paródico –ver “Gloria al verano”, de Quilmes, del verano 2008– abjura de la crítica y privilegia la autocelebración: esto es lo que somos los argentinos en verano, y así somos felices. Por supuesto: no vamos a pedirle crítica cultural a un publicista. Por el contrario, lo que las publicidades hacen es leer los climas culturales hegemónicos y ponerlos en escena, reproducirlos, amplificarlos, exprimirlos, no sea cosa de pensar en contra. Entonces, las publicidades veraniegas –y las coberturas veraniegas de las revistas de actualidad, y los programas veraniegos, y los movileros veraniegos, y los recitales veraniegos– son repeticiones exasperadas de lo mismo: el clima cultural tinelliano, esa combinación infalible de culos, tetas, chistes groseros, metáforas sencillas e inevitablemente eróticas (“te clavo la sombrilla”) y miradas masculinas que lo organizan todo.

Hay mucho más para decir sobre esto, y trataremos de hacerlo. Pero permítanme cerrar con mis preferencias veraniegas: si el sol me irrita, eso significa que prefiero el refugio de la nocturnidad. El viernes estuve en el recital de dos bandas de rock nuevas: Rómulo, Remo y la loba, un nombre posiblemente coyuntural dependiente de que la vocalista invitada permanezca junto a ellos, y Meharis, homenaje anacrónico a un vehículo que estos chicos sólo conocen por foto. El primero es un power trío ajustado y polentoso, que gana intensidad con una voz femenina; el segundo es un cuarteto clásico de dos guitarras, bajo y batería lleno de energía rockera. El recital lo armaron en un mercado ocupado por una asamblea barrial de Mataderos, montando el escenario en el comedor popular, delante de los afiches de Evo Morales. La cerveza no se usaba como bronceador, sino recuperando el valor ritual del alcohol como expansión de los sentidos. Y la música no era el tachín-tachín del jingle, sino la inveterada capacidad del rock para estimular la adrenalina –aunque a veces el exceso poguero privilegie sólo las hormonas–. El rock de las bandas nuevas, que siguen reproduciéndose a pesar de todo, intenta compensar tanto conservadurismo tinelliano y acalorado. Allí van mis preferencias –y mis apuestas–.

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