Lorenzetti, la Corte y la tempestad que los K no esperaban

Julio Blanck.

El refrán anónimo, perdido en el tiempo y transmitido entre generaciones, dice: "Del agua mansa líbreme Dios, que de la brava me libro yo".

En su obra cumbre, El Príncipe, Maquiavelo escribió: "Es defecto común de los hombres no tener en cuenta la tempestad cuando el mar está en calma".

Ricardo Luis Lorenzetti es un hombre manso. Quizás por eso, desconociendo refranes y consejos, el gobierno Kirchner no lo puso en su amplio campo de prevenciones y paranoias. En verdad, no había razones sólidas para incluirlo en esas listas ligeramente indiscriminadas. Pero, para gente acostumbrada a dividir el mundo con pasmosa simplificación entre adictos y enemigos, resultó un grueso error de cálculo esperar del presidente de la Corte Suprema de Justicia un acompañamiento blando y concesivo.

Lorenzetti, digámoslo rápido, es el jefe del Tribunal que acaba de meterle una bomba de tiempo al edificio del poder sindical en la Argentina. Pero será muy difícil achacarle deslealtad: fue él, en persona, quien le avisó a la Presidenta, durante el conflicto con el campo, que si las retenciones no pasaban por el Congreso la Corte iba a terminar declarándolas inconstitucionales. Después, en el Congreso, sucedió la historia conocida.

Sin comprar los argumentos tremendistas que se construyeron alrededor de este fallo de la Corte, lo concreto es que, ni en forma automática ni inmediata, pero sí con un soporte jurídico consistente, asoman posibles nuevas formas de organización gremial, capaces de reescribir la historia que redactó Perón de puño y letra, hace más de sesenta años.

Ese fallo de la Corte es lo que menos esperaba y deseaba el Gobierno, que necesita mantener siempre aceitada su alianza con Hugo Moyano y la CGT, y más frente a un horizonte con pronóstico cierto de dificultades para la economía, el empleo y el consumo. Y en las puertas de un año electoral donde va a jugarse una porción grande del destino político kirchnerista.

Pues bien: a contramano de las conveniencias políticas, la Corte estampó su decisión. Y los jueces fueron noticia al viejo estilo: hablando por sus fallos.

Distinto había sido pocos días antes, cuando una declaración pública le costó a Lorenzetti un ligero entuerto en la siempre sensible corporación judicial. Fue cuando alertó sobre la necesidad de diferenciar entre la defensa de los derechos de los ciudadanos, y el riesgo de transformar a los juzgados en puertas giratorias por las que los acusados entren y salgan con la misma facilidad. Hubo un rumiar espeso en los tribunales y Lorenzetti entendió que, habiendo dicho lo que quería decir, convenía meter violín en bolsa y no abundar más en el tema. Porque si algo sabe hacer el presidente de la Corte es cuidar su nombre y su pellejo.

Elegido para integrar el tribunal en 2004, cuando arreció la ola renovadora post-menemista, Lorenzetti llegó portando un currículum de 60 carillas en las que resalta su condición muy poco habitual: no tiene carrera judicial. No fue secretario, ni fiscal, ni juez, ni camarista. Saltó de la academia a la Corte, sostenido por antecedentes impecables, autoridad profesional y, dicen, un sólido contacto político de esos que siempre vienen bien. Los más audaces aseguran que fue la propia Cristina Kirchner, por entonces Primerísima Dama, la que empujó su llegada vertiginosa a la Corte.

Con su estilo afable, componedor y un tanto grandilocuente, Lorenzetti escaló de manera discreta pero implacable hacia la presidencia del Tribunal. Asumió en enero de 2007, concluido el mandato reparador de Enrique Petracchi. Y de entrada se dedicó a impulsar una "nueva política judicial", según la cual la Corte se dedicó a "la resolución de casos de alto impacto social, económico e institucional". Las comillas corresponden a palabras del propio Lorenzetti en aquellos días, ante funcionarios judiciales, abogados y docentes.

Desde entonces, la Corte metió mano en las torpezas, impericias y demoras del Gobierno para sanear el Riachuelo; anuló los indultos a Videla, Massera y compañía; restauró la movilidad jubilatoria; cerró los últimos reclamos sobre el corralito y ahora metió este fallo que, según los propios jueces, "rompe el monopolio sindical".

Santafesino, 53 años, casado, tres hijos, doctor en Derecho, docente, académico, vecino de Puerto Madero cuando pasa sus días en la Capital, con 29 libros publicados y más de 300 conferencias dictadas, Lorenzetti hizo una brevísima incursión en la política tradicional: en 1983 trató de postularse como candidato a intendente de Rafaela por el Partido Justicialista, pero no pasó la barrera de la interna. Quizás entonces decidió que su ambición se canalizaría por otros caminos. Mal no le fue.

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