De Lombardi a Posse, pasando por la señora Nelly

Por Sergio Olguín.

Los últimos nombramientos del Gobierno porteño ponen de manifiesto la reivindicación de la cultura de la dictadura que está llevando adelante la gestión del PRO. Además, opacan la digna tarea del ministro Hernán Lombardi.

Si algo había conseguido el macrismo en estos dos años de gobierno es no tener que soportar grandes críticas en el campo de la cultura. Gran mérito de Hernán Lombardi, que sin llegar a ser Pacho O’Donnell ni Jorge Telerman (por nombrar dos de los más activos responsables de cultura que tuvo la ciudad de Buenos Aires), consiguió conciliar una cultura del espectáculo (mucha gente en muchas actividades) con medidas reivindicativas (la pensión del escritor, por ejemplo). Se rodeó del Sindicato de Escritores (SEA), de gente apreciada en el ambiente cultural –como la librera Natu Poblet– y preparó una muy digna presentación de la ciudad para Fráncfort 2010.

Es cierto que hubo críticas por el cierre de algunos centros culturales o por esa idea reduccionista de equiparar la cultura sólo con el turismo. Pero viendo otras áreas del gobierno de la Ciudad, lo de Lombardi es digno de encomio.

A él tampoco le deben resultar muy cómodos los últimos nombramientos que hizo Macri y que salpican su área, aunque sea indirectamente. Al fin y al cabo, el nuevo ministro de Educación de la Ciudad es un escritor, Abel Posse. Es cierto, un novelista mediocre y un ensayista farragoso, pero escritor al fin. Y para más sufrimiento del ministro de Cultura, el miércoles último el gobierno porteño nombró embajadora cultural de la ciudad a Nelly Arrieta de Blaquier, presidenta de la Asociación de Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes, cargo que ocupa desde 1977. La hija y ex esposa de los responsables del ingenio Ledesma (donde desaparecieron más de treinta trabajadores en los años de plomo) es, sin duda, una de las personas que más directamente simboliza la relación entre la cultura y la dictadura militar.

Nada ha dicho Lombardi de estos nombramientos pero, como se acostumbra en la Argentina, seguramente no se va a mostrar crítico ante las medidas de su jefe político. Sin embargo, lo que resulta más alarmante es el silencio de los escritores y editores. Porque el nuevo ministro de Educación, Abel Posse, no lo olvidemos, es un escritor. Aburrido cuando narra y simplista cuando piensa, pero escritor al fin. Mejor seamos optimistas: tal vez el hecho de que muchos escritores no hayan suspendido su participación el próximo sábado en la Noche de las Librerías (actividad organizada por el Gobierno de la Ciudad) es porque piensan utilizar esa tribuna para repudiar la reivindicación de la cultura de la dictadura que está llevando adelante el gobierno del PRO. Un poco del viejo y maltratado compromiso de los intelectuales no vendría para nada mal en estos tiempos.

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