El "Lole" busca hacer pie en Mendoza

Hay ministros que amagan con renunciar y un dirigente que dice que otros quieren intervenir la provincia. Todos creen ver conspiraciones. En ese clima, Carlos Reutemann prepara el terreno para hacer pie en Mendoza.
La principal preocupación de la clase dirigente por estos días es la de la falta de rumbo y liderazgo del gobierno provincial. Tras los sacudones producidos por los amagues de juicio político y la supuesta crisis institucional, tanto el gobierno como la oposición empezaron a reflexionar sobre porqué las cosas están de esta manera.

Básicamente, el problema central de Celso Jaque es de credibilidad. Un gobernador que no es creíble no puede conducir ni liderar ningún proceso político. De allí su debilidad manifiesta que ya preocupa en demasía a cualquier observador de la política local. Y en especial a aquellos que desde el propio Partido Justicialista ven con asombro cómo transcurren los días ante la profundización de una conducción sin reflejos.

El que ganó, no conduce; el que perdió, no acompaña. Desde el propio oficialismo, algunos ministros estiman que es hora de tomar el toro por las astas, pero saben que todos sus intentos tropiezan con la tozudez de Jaque que se niega a cambiar estilos y personajes. Tan obcecada es su concepción del poder que ha generado una maraña de desconfianza a su alrededor que no hace más que paralizar a todo aquel que se le acerque.

Desde la oposición, desconfían de cualquier acuerdo o intento de concertación con el gobierno. Estiman que aún seriamente golpeado, es capaz de intentar sacar el mínimo provecho, como quedó claro en la previa del anuncio de la intervención de Obras Sanitarias. Por su parte, los opositores también creen que tener un rol más preponderante sería –en estas circunstancias- avanzar sobre las atribuciones del gobernador, y pese a que comparten el diagnóstico, nadie quiere que ser parte de esa embestida para que le cuelguen el sayo destituyente.

En las últimas semanas, el oficialismo conciente de su fragilidad parece haber descubierto que la oposición también está imbricada en la tan meneada "gobernabilidad". Una posibilidad que no pasaba por ninguna cabeza al inicio de la gestión, en medio de la euforia K. Pero lo cierto es que quien primero debe asegurarla no es otro que el mismo gobierno, y con él, el partido oficialista, es decir el PJ. A él le cabe esa responsabilidad primaria, que hoy no parece poder garantizar.

Y allí está el nudo gordiano del asunto. Por estos días, la disputadísima interna partidaria del peronismo es la principal responsable de poner en riesgo la gobernabilidad. Sus legisladores se amotinan, los intendentes cuestionan casi hasta la conspiración y los ministros –según sea el santo y seña que los depositó en el gabinete- traman por lo bajo zancadillas que en público se encargan de negar.

A ello se le suma la acción de dirigentes y no tantos, que no saben cómo hacer para que las cosas cambien de rumbo y hasta piden instrucciones en Buenos Aires, más precisamente en las oficinas donde el poder K anida y decide. Eso fue lo que denunció el vicepresidente partidario Roberto Picco, quien incluso arriesgó que sectores del peronismo habían pedido la intervención federal de la provincia.

Evidentemente, en ese clima de tremenda ebullición y cuestionamiento hacia el gobierno desde sus propias filas, es imposible generar ningún análisis ni autocrítica seria, pues más que un "retiro espiritual" la lógica que asomaba primar este fin de semana era la del matadero. Ah, de gobernar, ni hablemos.

El cielo (y el infierno) puede esperar. Así, la cumbre peronista prevista para el sábado fue desactivada antes de haberse conformado. En el gobierno creían que una convocatoria de estas características, para analizar el resultado electoral dos meses después de haberse producido, no tenía más que una alta dosis de onanismo.

Asimismo, nadie en el Ejecutivo quería ir a poner la cara a Uspallata en una reunión donde cualquier militante sin historia ni responsabilidad podría cuestionar de manera virulenta lo hecho durante este tiempo. Entonces, Jaque y los ministros se bajaron del convite con lo que el encuentro quedó en la nada.

Obviamente, esto lejos de calmar los ánimos, los enardeció. Y eso se refleja en la inestabilidad que por una u otra razón sienten (y tienen) los ministros. Esta semana fue el turno de Mario Adaro y Carlos Ciurca. Ambos estuvieron a un tris de su renuncia.

Adaro, porque parece haber elevado el tono de sus críticas hacia dentro y redoblado la apuesta en su pelea con el secretario general de la Gobernación Alejandro Cazabán. Pese a sus desmentidas, Adaro se siente aislado y sin poder. Tal vez lo peor que le puede pasar a un ministro político al que sólo le queda armar por su cuenta, pero que ya no está convencido para qué proyecto.

Y encima, cuando así lo hace, recibe muchos más palos que si se quedara quieto, como sucedió tras su asistencia a un acto gremial en el Sindicato de la Madera donde las críticas al gobierno parecían las de un cónclave radical.

Ciurca, por su parte, sigue cansado de bailar con la más fea, poner la cara, recibir los cachetazos y que encima, ahora pretendan recortarle la partida presupuestaria. El déficit provincial ha puesto en apuro al ministro de Hacienda, Adrián Cerroni, cuyas ideas sobre cómo llegar a fin de año no tiene demasiado consenso entre sus colegas y hasta en el propio gobernador, lo que también podría derivar a futuro en otra deserción ministerial.

Pero lo cierto es que el enojo de Ciurca es fundado, básicamente en consonancia con la prioridad social determinada, la emergencia que oportunamente el gobernador estableciera y la ley que la Legislatura le votó, justamente, para volcar fondos a este ministerio. Esa contradicción, puso los pelos de punta al ministro y alentó nuevas críticas de la oposición.

Éramos pocos, y desembarca el Lole. En este panorama, la convulsionada interna partidaria no da respiro. Al extremo que el grado de desorientación del peronismo vernáculo está atento a cualquier movimiento que pueda sacarlo de este delicado momento. Incluso si eso significara meterse de lleno en el de los grandes tironeos de los bloques en pugna que marcan el ritmo de la pelea nacional.

Como distrito apetecible que es, Mendoza resulta siempre atractiva para los armados políticos nacionales. Esos que garantizan una plataforma de despegue para cualquier sueño presidencial, como el que por ejemplo pretende liderar el senador santafesino Carlos Reutemann.

Un dirigente que ha hecho del desconcierto su estilo, y que tras dejar en claro su antikirchnerismo, vencer en las elecciones de su provincia y dejar abierto su camino a la presidencia como nuevo líder del PJ, sorprendió esta semana al decir que en realidad, el mejor candidato era el ex presidente Eduardo Duhalde.

Lo cierto es que gente del riñón de Reutemann anduvo por Mendoza. Busca formar un núcleo básico que funcione como soporte local para armar su futura estructura. Incluso, habrían evaluado un par de fechas para una visita del ex corredor: sería el 5 o el 12 de setiembre, según se pudo conocer.

La noticia circuló rápido y generó disposición en el medio de un clima de ahogamiento kirchnerista y jaquista como el que hoy domina en el PJ. Es más, un conocedor de la interna aseguró que de concretarse el desembarco, habría más de 10 legisladores provinciales, cerca de 5 intendentes y un puñado de ministros dispuestos a darle la bienvenida con bombos y platillos al nuevo referente del justicialismo nacional.

Un replanteo urgente. Nada parece fácil en estos días para el PJ. El nivel de atomización que exhibe la gestión merece, ciertamente un replanteo de sus principales figuras. Cada cual deberá pensar y repensar si se da por vencido (esa parece ser la tónica de casi todos los descontentos) o si acepta las reglas del juego de lo que significa esta gestión. Uno de los principales reparos que tienen las quejas partidarias.

Claro está, ante la falta de conducción de ese proceso político de puertas adentro del gobierno, y de puertas afuera para el partido y la misma sociedad, Alejandro Cazabán parece haber tomado un rol excluyente que no todos parecen dispuestos a acatar. Aquí también es necesario un replanteo que sea capaz de minimizar las internas y concentrar los esfuerzos en las falencias que los mendocinos padecen.

Por su parte, desde el resto de los sectores del partido de gobierno, urge un reencauzamiento de su rol, como usina y sostén del gobierno, no como un núcleo de constantes ataques y recriminaciones. El PJ también se debe una gran discusión tras la derrota del 28 de junio, pues es evidente que tal fenomenal agrupación política excede las acciones u omisiones del gobernador.

La institucionalidad no sólo implica el funcionamiento pleno de los tres poderes y la garantía de las libertades constitucionales. Es, fundamentalmente, la posibilidad de que cada uno cumpla con sus obligaciones en el marco de la ley, principalmente aquel que tiene la posibilidad de marcar el rumbo, el que gobierna.

Si el gobierno en particular, el oficialismo en general y el PJ como paraguas cobertor de ambos, no resuelve este intríngulis político, puede que la provincia viva horas muy difíciles. Si desde los mismos sectores afines al gobierno se busca su salida o se intenta potenciar sus debilidades para agudizar sus conflictos, los 30 años de enseñanza democrática pueden ser de gran utilidad para sostener a un gobierno equivocado, al que hay que ayudar a corregir, pero al que de ninguna manera es necesario bombardear.

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