LOCOS POR EL FÚTBOL

Por: Ignacio Zuleta

«Se durmieron, pero acá las negras también juegan». Con esta frase pícara ilustró, anoche, uno de los gerentes del Gobierno para la estatización del fútbol el anuncio que hará Cristina de Kirchner, a su regreso de Venezuela, de que el Sistema Nacional de Medios negociará con la AFA un nuevo contrato para la comercialización de las transmisiones del fútbol por la TV abierta.

La intención del Gobierno se anota en la necesidad de recuperar popularidad con un recurso simple: que el público pase a tener gratis lo que antes pagaba. Además, el Estado se hace con un negocio que factura más de $ 7.000 millones al año si se suman los colaterales de las transmisiones (publicidad, venta de señales en el país y en el extranjero, programación de espacios temáticos y de promoción). En volumen, representa poco menos de un 10% de lo que facturaban las AFJP estatizadas el año pasado, pero el efecto que espera el Gobierno con esta medida populista (es decir, aplicar dinero público a hacer demagogia) cree le reportará más adhesiones.

Aquella apropiación de los fondos de los jubilados fue, en el análisis del propio Gobierno, una de las causas de la derrota electoral del 28 de junio en los distritos más grandes de la Argentina.

Esta medida de liberar el fútbol en la pantalla abierta está dirigida a ese 35% del público de clase media baja y baja (C1, C2 y D1 en la clásica segmentación del público) que no está abonada al cable y que es donde el peronismo cree debe mantener adhesiones para seguir gobernando.

Hasta anoche, el Gobierno no pensaba en la firma de un decreto sobre el asunto porque bastaría una instrucción de Cristina de Kirchner a Tristán Bauer (titular del Sistema de Medios) o a la Secretaría de Medios (Enrique Albistur) para iniciar conversaciones luego de que la AFA anunciase la rescisión del contrato por el actual licenciatario del fútbol, el grupo Clarín, a través de una red de empresas que controla de manera directa e indirecta.

Manejar esa facturación y el imán fascinante del fútbol ha desatado como siempre una puja entre funcionarios para decidir quiénes se harán cargo de las nuevas empresas que tendrá que formar el Estado para articular esta estatización. Admiten que Canal 7 no tiene capacidad técnica para asumir el negocio; por eso lo manejará el Sistema de Medios Público mediante la concesión de la transmisión a los otros canales abiertos de la Capital Federal y del resto del país. Anoche analizaban en Gobierno si hacer una licitación, como ocurre en el sistema colombiano, o mediante la formación de un pool de canales para asumir el negocio.

Descuentan que los canales abiertos, incluso los del grupo Clarín, ven en este sistema un buen negocio y que se sumarán a él, pese a los corcoveos que naturalmente hacen ante lo que consideran una traición de Julio Grondona y una intromisión del Gobierno que busca mortificar, a través del bolsillo, al grupo que ha sido el dueño de las transmisiones.

Es, en realidad, la primera medida de agresión real, no discursiva, que ha tomado el Gobierno que comparte la sociedad con Clarín en Papel Prensa y al cual le autorizó Néstor Kirchner, antes de dejar el Gobierno, el fabuloso negocio de administrar de manera conjunta las cadenas de cable Multicanal y CableVisión, que dominan en el mercado argentino.

Ante las críticas que reciben en el Gobierno de que se aplican dineros públicos a esta estatización, dirán que el fútbol, a diferencia de administrar pensiones y jubilaciones, es un negocio fabuloso y que el nuevo contrato se paga con el flujo del negocio.

De los $ 600 millones que dice la AFA recibirá por el nuevo contrato, por lo menos $ 300 serán condonaciones de deudas impositivas (aportes previsionales y liquidación de IVA que le adeudan los clubes a la AFIP). La intimación de pago de esa deuda con el Estado ha sido la pistola en la cabeza para que Grondona -que insiste en que nunca se entrevistó con Kirchner- acepte cambiar de socios.

La demagogia es una forma de desmesura, como lo es la promesa del oficialismo de que, por una vez, éste administrará bien un negocio. Con un Estado que hace chocar calesitas y convierte en ruinosos a los mejores negocios (como el del campo), no hay mucho argumento para creerles. Los agoreros creen que el nuevo sistema fracasará; si los santacruceños del Gobierno eran expertos en energía y petróleo, y han convertido esa actividad en una operación a pérdida, ¿cómo harán para manejar este espectáculo tan sofisticado en su operación que es una de las usinas de la actividad en el mundo?

El Estado no tiene expertos en TV ni en fútbol, si no, no hubiera hecho fracasar a los canales estatales, que tienen publicidad y áreas de monopolio, pero que viven eternamente del subsidio. Aunque conociendo al empresariado criollo, tan afecto a hacerse empresas con fondos sin fin como las que permite el Estado, no faltarán los gerentes que quieran asumir la gestión.

También ha sido una desmesura la del grupo que administró las transmisiones del fútbol, que ahora confiesa, por boca del presidente de la empresa TyC, que se ven traicionados en su buena fe. Nunca pensaron, se ríe ahora el Gobierno, en que alguien los iba a enfrentar y quebraría el techo de los $ 280 millones de la última negociación con la AFA. El negocio suponen que vale los $ 600 millones que se les ofertan a los clubes y de cuyos beneficios terminó anoche Grondona de convencer a sus directivos que acepten pese a la amenaza de juicios que agita TyC por lucro cesante e incumplimiento de contratos (seguramente los terminará pagando, como siempre, el Estado). Otra desmesura es el trato que ese sistema le ha dado al público, con esa vergüenza de que no se pueden mirar los goles de la jornada hasta que no los haya transmitido «Fútbol de primera» por Canal 13 a las 22 de cada domingo. Eso produce el colmo de que quien pagó una transmisión codificada no puede ver la repetición del partido ni de los goles. Tiene que esperar para hacerlo que lo emita antes un canal abierto y gratuito; el caso justifica que se libere la señal y no ofender más a los que pagan.

La otra desmesura es la de los clubes de un sistema que ha generado al jugador más caro de la historia, pero en cuyo estadio enseña no puede jugar la Selección porque no crece más el césped y ni agua caliente hay.

Los críticos de esta reforma pueden llegar a tener razón cuando dicen que, apenas reciban el dinero del nuevo contrato, volverán a comprar jugadores, anotándose para las ganancias, pero pasándoles a los clubes las pérdidas y que en cinco años la situación será peor que ahora. O que para salvar al sistema de nuevas crisis el Gobierno meta mano en los torneos y hasta en los resultados, algo de lo que se ha acusado a la AFA muchas veces. Los gobiernos creen que el fútbol es un termómetro de la sociedad y que pueden meterse con ese espectáculo cuando el humor colectivo está fiero.

Lo hizo antes Juan Perón con Racing Club; después Raúl Alfonsín cuando intentó echar a Carlos Bilardo de la Selección antes de que ganase la Copa del Mundo en México (explica que Diego Maradona no saludase a Conrado Storani al recibir la copa en el estadio Azteca). También tiene que cuidarse el oficialismo de un nuevo fracaso, no sea que el Gobierno que terminó con las relaciones con el mercado financiero, con el Uruguay, con el campo, termine también con el fútbol sólo para despachar un choque de desmesuras.

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