Llegó la hora de que se haga algo en serio para combatir el paco

Por Fernando Laborda

Durante demasiado tiempo, los argentinos ?tanto los simples ciudadanos como los dirigentes y los gobernantes? le dimos la espalda al problema del consumo de drogas.

Nos consolamos con el hecho de que se trataba de un fenómeno mundial y no exclusivo de la Argentina. Ha llegado el momento de unir esfuerzos para circunscribir este infierno que no distingue ni edades ni clases sociales.

Muy lejos han quedado los tiempos en que había quienes se jactaban de que la Argentina era un país de tránsito para las drogas. Hoy no quedan dudas: nuestro territorio se ha convertido en un enorme centro de comercialización y consumo. Y nuestro mercado es doblemente atractivo para los narcotraficantes, porque el número de consumidores aumenta año tras año y por las facilidades para traficar estupefacientes.

La lucha contra la droga nunca se ha transformado en una política de Estado. Los discursos políticos han estado repletos de promesas, de inconsistentes golpes de efecto, de frases al estilo de "caiga quien caiga" o de "investigar hasta las últimas consecuencias", que todos sabemos ya en qué terminan.

Mientras esto sucedía, mientras los actuales funcionarios a cargo del Ministerio de Justicia y Seguridad y de la Sedronar parecían competir entre ellos por espacios de poder, y mientras el clientelismo usaba a los más pobres como carne de cañón electoral, el paco fue sentando sus reales en las zonas más sumergidas del Gran Buenos Aires y de la propia Capital, expandiendo sin límites su cultura de la muerte, con toda la trama de violencia y delincuencia que ella implica.

El consumo de drogas, especialmente entre los segmentos más empobrecidos de la población, no sólo se expandió, sino que la edad de los consumidores comenzó a bajar.

La dolorosa realidad del presente es que los encargados de vender droga en las calles son cada vez más chicos. En la cadena de distribución de la droga el último eslabón suele ser casi siempre un menor de edad.

No es casual: al igual que frente a otros delitos comunes, los grandes proveedores buscan a los menores para esas tareas porque pueden salir rápidamente de la comisaría y así volver a la venta callejera de droga.

Afortunadamente, cada tanto aparecen héroes, como los sacerdotes José María Di Paola, Sergio Serrese y Gustavo Carrara, quienes denunciaron la impunidad con que el narcotráfico se mueve en villas de emergencia del área metropolitana en las que ellos realizan su misión pastoral y social, convertidas en verdaderas "zonas liberadas" donde el consumo de droga "está despenalizado de hecho".

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Esos héroes de carne y hueso podrán estar dotados del elemento esencial para encarar la lucha contra la droga, el amor al prójimo, pero se necesitan otras armas para enfrentar a un enemigo tan poderoso.

Armas que sólo pueden proveer un Estado que parece ausente por completo en la vida de los habitantes de los asentamientos más precarios y una sociedad que, durante años, contempló esta problemática como algo que le era ajeno.

Con más de 50.000 adictos al paco en todo el país, de acuerdo con precarias estimaciones oficiales, muchos de los cuales recurren a prostituirse, a robar o a matar para solventar las dosis diarias de ese veneno, podemos decir que estamos en medio de un lento genocidio, aunque las estadísticas no lo puedan mostrar aún.

Claro que hay otros datos que sí exhiben las estadísticas y que son igualmente preocupantes. La propia Sedronar pudo estimar, a través de una encuesta entre 56.000 personas de entre 12 y 65 años realizada en 2006, que unas 440.000 personas eran consumidoras habituales de cocaína y que 1,2 millones recurrían a la marihuana, al tiempo que algo más de 80.000 personas consumían paco o éxtasis. Es muy probable que esos números sean hoy mayores.

Quienes frecuentan bares y locales bailables de la ciudad de Buenos Aires y del conurbano advierten que nunca se percibió el nivel de consumo de drogas que se ve hoy.

Y no debería sorprendernos: según el último estudio nacional sobre consumo de sustancias psicoactivas en población escolar de la Argentina, que relevó a 62.700 alumnos de colegios públicos y privados de todo el país, el 70 por ciento de los adolescentes no juzga peligroso el consumo ocasional de marihuana ni de cocaína, al tiempo que el 2,6 por ciento admitió haber consumido paco alguna vez en su vida.

Sin dudas, ha llegado el momento de hacer algo contra las drogas. Ha llegado la hora de una política de Estado, al margen de cualquier diferencia partidaria y de padres que más de una vez han mirado para otro lado.

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