Llegó Cabrera y Córdoba se hizo una fiesta de emociones.

Llegó Cabrera y Córdoba se hizo una fiesta de emociones.
Pese al intenso calor, el campeón del Masters no se quitó nunca el saco verde que ganó el domingo.
Un imponente cielo celeste y la presencia de unas 1.000 personas en el aeropuerto de Córdoba confeccionaron la mejor escenografía para recibir a Angel Cabrera, el nuevo héroe del deporte argentino.

Desde temprano nomás una gran fila de autos y colectivos aguardó la llegada del Pato. "¿Aparecerá con el saco verde?", se preguntaban muchos de sus seguidores. Pasaban los minutos y el vuelo 940 de LAN que traía al golfista no aterrizaba. La ansiedad crecía entre la gente y los gritos se hacían sentir aún más.

Sobre la avenida Monseñor Pablo Cabrera los bocinazos y los cánticos se multiplicaban. El "dale campeón" inundaba las gargantas de los cordobeses. Esas mismas gargantas que, dos días atrás, habían quedado mudas de tanto festejo.

A un costado y con una bandera que decía "Gracias Angel por otra alegría", alrededor de 40 caddies esperaban ansiosos a su ídolo y compañero de aventuras en el Córdoba Golf Club. "Es un orgullo lo que logró el Pato. Estas cosas nos dan fuerzas y pilas para no aflojar y seguir intentando todos los días. Si él pudo. ¿por qué nosotros no?", le expresó a Clarín con sus ojos impregnados de esperanza Patricio Ordoñez, un caddie de 28 años, mientras hacía flamear con su brazo derecho una bandera argentina.

A las 14.20 una fue era el presagio de que Cabrera había pisado suelo cordobés el mismo día en el que una leyenda del golf como Roberto de Vicenzo cumplió 86 años. Una vez desembarcado se dirigió a la sala VIP del aeropuerto donde recibió los abrazos de su esposa Silvia y sus hijos Angel y Federico. Sus ojos brillaron de alegría y algunas lágrimas humedecieron el flamante saco que identifica al campeón del Masters. Hizo calor en el mediodía cordobés, pero Cabrera no se desprendió ni un segundo de él.

La caravana hacia su Villa Allende natal arrancó a las 14.33 con una autobomba a la cabeza y Cabrera detrás sentado en el asiento del acompañante de la camioneta que manejaba su hijo Federico y que además llevó a su mujer y algunos de sus amigos más cercanos.

"Estoy muy contento. Tengo una alegría inmensa," dijo Cabrera rodeado de muchísimos micrófonos, grabadores y anotadores. Más atrás, un centenar de autos le pusieron música y color a la caravana.

A los costados de la ruta Padre Lucchese los chicos de los colegios Torreón del Río y San Isidro lo saludaron y corearon su nombre. Cabrera les devolvió a cambio una sonrisa y saludos con su brazo derecho.

Ni bien pisó Villa Allende, el auto que lo trasladaba recorrió algunas de las calles principales de la ciudad. En las veredas y en los negocios los brazos en alto y los gritos se repitieron. Cabrera dio una vuelta simbólica alrededor del polideportivo local donde unas 500 personas aguardaban su presencia.

A las 15.35 se subió a un escenario y la primera gran ovación del día se hizo sentir: el héroe estaba en su casa y rodeado de su gente. "Estoy muy emocionado, no puedo describir lo que siento en este momento. Es uno de los días más felices de toda mi vida," dijo con su voz entrecortada.

A un costado su amigo Eduardo Romero y el ex basquetbolista Marcelo Milanesio aplaudieron a rabiar. Luego llegaron los agasajos por parte de las autoridades de Villa Allende y Mendiolaza cuando el sol aún pegaba con más fuerza.

Visiblemente agotado por el trajín del viaje, Cabrera se subió a la camioneta y se fue a descansar a su casa. Por la noche el festejo fue continuado y la parrilla no tuvo descanso. Fue el propio campeón de Augusta quien preparó un suculento asado para su círculo más íntimo donde no faltó el típico Fernet con cola, la bebida símbolo de los cordobeses. Después se fue a dormir. Y a soñar sus sueños de gloria que son una realidad.

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