Llegando.

Por J. M. Pasquini Durán.

Comienzan las semanas finales de la campaña, cuando los ciudadanos obligados a votar empiezan a elegir su favorito o el menos malo, de unas boletas que parecen presidenciales –el que importa es el primero– pero después en el recinto tienen todos más voz que voto, no sólo las cabezas de lista. La actual dispersión política demuestra el grado de división a que llegó el sistema de representación que, alguna vez, estaba compuesto por un abanico de no más de una docena de partidos.

Hasta que llegó el peronismo, radicales y conservadores disputaban la parcela más grande, mientras que por izquierda competían socialistas, comunistas y ácratas y por extrema derecha algunos grupos violentos que produjeron los primeros pogroms en Buenos Aires. No fue el peronismo, aparecido a mitad del siglo pasado, el factor divisorio, pero pronto su nuevo electorado masivo derretía de ganas por tenerlo a los amigos, adversarios y enemigos, civiles y militares. La historia de la política nacional de las últimas seis décadas podría ser contada como una serie de folletines acerca de los reales y ficticios quiebres del peronismo y de los supuestos (y múltiples) herederos. Hasta hoy continúa esa caza del tesoro, pero el peronismo suele defraudar a los aspirantes porque después de las rencillas de campaña vuelve a reunirse y a medida que pasa el tiempo el metabolismo partidario comienza a evacuar a los que hasta ayer ocupaban posiciones privilegiadas, dando lugar a una renovación de cuadros aun en los más altos niveles.

La alianza Macri-De Narváez, que suele presentarse como el segundo peronismo, tiene mucho de segundo pero es difícil que logre penetrar la dura caparazón del número uno. Por el momento está recibiendo, tal vez, el malestar de las clases con mayor influencia peronista pero que no están conformes con la evolución de la gestión gubernamental, seducidos a veces por una maciza y sostenida publicidad de ataque contra la Casa Rosada, al desgaste natural de seis años de uso intensivo del material y a los desaciertos cometidos por la obra y la palabra del Poder Ejecutivo. Existe buena obra para mostrar, como lo hacen sin fatiga los discursos oficiales, no hay duda; por un lado buena parte de las medidas se refieren al período Néstor, con lo cual confirman que ésta es una reelección disimulada, como negaron los primeros meses, y por otro las del período Cristina pura no han alcanzado la envergadura y el impacto de su antecesor.

Puede ser, también, que no hayan sido vendidas, para usar la jerga publicitaria, con el lenguaje y el énfasis indispensables. En ese sentido, los modos de la presidenta Cristina, propios de la tribuna parlamentaria, han sido usados para desacreditar su capacidad de gobernante. En ese mismo rango fueron chusmeados todos los elementos de su vestuario, sin descuidar ni uno solo, hasta el punto que de publicaciones noticiosas destinaron páginas enteras para ese tipo de recuentos. Esa fue materia prima para las manufacturas de desprestigio entre capas altas y altas medias, de esas que se visten de campo en alguna filial de una tienda especializada para asistir a los mítines de "la mesa de enlace" o a las fiestas de la rural. El peso propio de esas napas sociales filtró parte de sus temores y prejuicios a capas más bajas, influenciadas también por las atronadoras campañas de TV sobre la inseguridad y el crimen. El AMBA (Area Metropolitana) fue convertida en la versión moderna de la Chicago de Al Capone.

Pese a las estadísticas que de tanto en tanto exhiben, los funcionarios dedicados a combatir el delito no han logrado atenuar la sensación extendida del crimen, en sus múltiples rostros, debido a que los delitos existen, cada vez con mayor violencia, y en muchos de ellos participan miembros policiales. Pese a las "purgas" de la gestión de Arslanian en la Policía Bonaerense y a ciertos actos represivos en los últimos tiempos, no se recupera confianza pública porque, como sucede en muchos otros países, a lo sumo la sociedad confía en fiscales y jefes de oficiales electos por el voto directo y no por el dedo del caudillo de ocasión. Este tipo de hombres de ley no tendrían más remedio que vigilar a los jueces porque Su Señoría hoy tiene la última palabra y nadie la cuestiona en nombre del derecho. La designación por el voto, lo que permite el premio y el castigo pero sobre todo obliga a pensar en una tarea que hoy parece lejana, y la sindicalización de la tropa, como en Italia, donde han peleado contra el terrorismo armado y hoy en día contra el narcotráfico sin violar la ley y contra mafias organizadas a un nivel que aquí no se conoce. No hubo ninguna huelga policial que haya dejado zona liberada de la manera que suele ocurrir con tanta frecuencia por estos pagos, donde no hay sindicato policial ni fiscal elegido por voto libre.

Son experiencias a realizar pero indicarían al menos el deseo de innovar para que mejore la calidad de vida de los ciudadanos, hoy llamados a votar bajo la presión del último delito que sucedió en la cuadra o en el barrio. El famoso voto volátil que se atribuye a las clases medias este año amenaza repetirse, bajo el chicote de la campaña del campo, aunque nadie volvió a reflexionar, pasado el tiempo, sobre quién tenía más razón en sus argumentos sobre las retenciones y los beneficios para pequeños y medianos productores, porque esa batalla no se dio por el campo sino para desgastar al Gobierno y éste no tuvo la sensibilidad necesaria para advertirla y se dejó arrastrar a una división ridícula que llegó a las ciudades montada en el temor al desabastecimiento y al final del campo como fuente de empleo, con éxodos de familias hacia los suburbios de las grandes ciudades, mientras los políticos del oficialismo regresaban a sus años juveniles al grito de "abajo la puta oligarquía". Tampoco la seguridad urbana preocupa tanto como dicen los propagandistas del miedo, pero es una campaña efectiva a lo largo y a lo ancho de la sociedad para dividir las sensaciones de miedo y de indignación entre pobres y ricos, mientras los políticos discuten sobre la futilidad o no de las candidaturas testimoniales o cómo van a reformar de nuevo al Consejo de la Magistratura.

El Gobierno sostiene que hay dos modelos en opción para los comicios del 28 de junio: el propio, de trabajo y producción, y el de los otros, que regresaría a la nefasta década del ’90, con su oleada de privatizaciones y desempleo. Como suele pasar en la política, ninguna afirmación es absoluta, en especial cuando cada país está sometido a la desazón de la hecatombe financiera y económica internacionales. De cualquier modo, la propuesta gubernamental no carece de sentido porque sin esas condiciones básicas saldrá peor que Alfonsín antes del velorio. Y todavía le faltan dos años muy largos para cumplir el mandato.

La oposición tiene la oportunidad de posicionarse para las presidenciales del 2011, pero también para ello falta mucho tiempo hasta llegar a esa meta. Las encuestas, por el momento, tampoco les ayudan, porque la declaración del voto volátil tiene la fragilidad de un compromiso que se hace recién en las últimas horas previas al acto. De acuerdo con los resultados, así será el destino de las alianzas y frentes que por ahora se prometen amor para siempre. Desde luego, todas estas reflexiones comienzan a asomar en las tertulias familiares, más preocupadas todavía por los problemas cotidianos, por esa maldita sensación de no saber qué desgraciada aventura les espera a lo largo de la jornada. Y lo peor, la seguridad de que mañana no tendrá más remedio que conformarse con narrarla a familiares y amigos, porque el desamparo es la primera sensación con la que todos tropezarán al entrar al cuarto oscuro.

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