Un llamado dramático e inesperado

Por Fernando Laborda

El llamado formulado anoche por la presidenta Cristina Kirchner para que no se promuevan protestas que impidan los derechos de otros ciudadanos sonó dramático y casi tan desesperado como inesperado para un gobierno que, durante años, bajo el pretexto de "no criminalizar las demandas sociales", consintió piquetes, cortes de rutas y hasta premió con un cargo a quien encabezó el copamiento de una comisaría.

¿Qué ocurrió para que la primera mandataria, al menos en su discurso, ofreciera semejante giro? Las interpretaciones son variadas. Puede haber sido una señal ante la inquietud de la embajada norteamericana por el conflicto en la empresa Kraft, en momentos en que la relación con los Estados Unidos debe ser despejada de más nubarrones si se pretende su cooperación en las gestiones para un acuerdo con el FMI y con los acreedores externos.

También puede haber obrado para ese cambio el hecho de que los principales sectores que hoy ocupan las calles no militan en las filas kirchneristas y, mayoritariamente, se hallan fuera de la órbita de influencia del gran aliado sindical del Gobierno, que no es otro que el líder de la CGT, Hugo Moyano.

Lo cierto es que los cortes de rutas y calles de las últimas semanas son representativos de una escalada de la tensión social que amenaza con hacer caer el velo con el cual el Gobierno pretende ocultar el crecimiento del desempleo y la pobreza.

Pocas cosas molestan más a los Kirchner que ser corridos desde la izquierda, ya se trate de grupos sociales o de la propia Iglesia, que ayer, por medio del cardenal Jorge Bergoglio, sostuvo que los derechos humanos no sólo pueden ser violados por el terrorismo o la represión, sino también por la existencia de extrema pobreza. Su advertencia fue acompañada con críticas a un clientelismo en el que los pobres son objetos del Estado y de otras organizaciones, y no sujetos.

Desde la resonante intervención del papa Benedicto XVI, cuando convocó a "reducir el escándalo de la pobreza y la inequidad social" en la Argentina, el Gobierno ha quedado atrapado por el debate sobre la marginalidad. A las críticas que provocaron a nivel doméstico las estadísticas del Indec, que dan cuenta de una poco creíble reducción del nivel de pobreza, se han sumado informes de medios periodísticos extranjeros que confrontan la difícil situación social, incluida la desnutrición infantil en el Chaco, con la magnificencia de El Calafate como símbolo de la fortuna de la familia Kirchner.

Comentá la nota