Livni pide que no se haga el Bibi

Livni pide que no se haga el Bibi
Tzipi Livni está luchando por formar un gobierno conducido por su partido centrista Kadima. Pero la opción más realista parece ser la incorporación a una coalición de “unidad” encabezada por Bibi Netanyahu, del conservador Likud.
En pocos países los avatares de la política nacional pueden crear una situación tan incierta, intrincada y ambigua como en el estado judío. Aquí, luego de las elecciones del pasado 10 de febrero, aún nadie sabe definir exactamente quién es su ganador. La titular del partido de gobierno (Kadima), Tzipi Livni, naturalmente se atribuye la victoria gracias a que consiguió el primer puesto de la contienda electoral, con 28 de los 120 escaños parlamentarios. Pero también sabe que ese esperado y alentador resultado sólo es un triunfo a simple vista, pues no garantiza su coronación como próxima premier de Israel. El sistema gubernamental israelí la obliga a formar un bloque parlamentario de por lo menos 61 miembros para que el presidente la autorice a formar un nuevo gobierno. Pero el bloque que Kadima puede constituir con sus aliados naturales (el Partido Laborista y Meretz) está muy por debajo de ese mínimo. Es que, paradójicamente, se estima que la fuerza liderada por Livni ha aventajado al partido del bloque adversario, comandado por Benjamin Natanyahu y su partido Likud, a costa de los votos que les “robó” a sus potenciales socios de coalición. Y estos últimos, tradicionales pilares del campo de centroizquierda, acaban de sufrir el golpe electoral más duro de su historia.

Por otro lado, Bibi Netanyahu, que sólo ha llegado al segundo lugar, pisándole los talones (con 27 escaños) a la primera beneficiaria del voto masivo, también se proclama el verdadero ganador de los comicios. Esa actitud desafiante se la otorga el hecho de liderar un bloque de partidos de derecha y socios religiosos (al que sus voceros llaman el “campo nacional”), que suma una representación parlamentaria de 65 mandatos. Aun así, la ventaja numérica que fácilmente puede conducir al líder del Likud por segunda vez a la cúpula de la gestión estatal no le garantiza realizar su máxima aspiración, la de estar al frente de un gobierno amplio y estable. Es decir, que trascienda los límites del nacionalismo de derecha, cuyos extremos han obtenido un lugar destacado en estas elecciones, e incluya al centro (Kadima). Si lograra ese cometido, Netanyahu podría cumplir su sueño de ser premier de “t-o-o-o-d-o el pueblo” y no de sus expresiones políticas menos presentables en el exterior. Pero si, en cambio, Livni no optara por la vía del gobierno compartido con la derecha, el titular del Likud se vería obligado a formar una coalición que se destacará por ser la más extremista de la historia política de Israel (con la faceta del racismo antiárabe expresada por Avigdor Lieberman y otros miembros del resto de los partidos ultranacionalistas).

Pese al contraproducente balance entre los grandes bloques políticos, Livni ha afirmado que está decidida a luchar en pos de la formación de un gobierno conducido por Kadima. Esa meta es inalcanzable sin la alianza con Israel Beiteinu (el partido de Lieberman, que escaló al tercer lugar) y con otras fuerzas del campo de derecha, como los religiosos ultraortodoxos. Pero incluso si captara el apoyo de fuerzas externas al bloque parlamentario que lidera, la canciller pondría en peligro el apoyo de sus propios aliados (el laborismo y Meretz, resignados a marchar a la oposición) y erosionaría la credibilidad que suscita entre sus votantes, muchos de los cuales han depositado su confianza en ella con la intención de frenar el ascenso al poder de Netanyahu-Lieberman-Shas. De manera que las opciones más reales que se le presentan a Tzipi Livni son la incorporación a una coalición de “unidad” pero presidida por Netanyahu, como esperan muchos dirigentes de Kadima a quienes no les causa gracia el descenso de los ministerios a las comisiones parlamentarias, o el liderazgo de la oposición al próximo gobierno, que no defraudará a gran parte de su público. Esta última posibilidad puede rendirle frutos a no tan largo plazo, suponiendo que una coalición derechista-religiosa no resistirá mucho tiempo las presiones internacionales para estabilizar el conflicto con los palestinos ni podrá superar sus propias tensiones internas.

Hace dos semanas, Benjamin Netanyahu dijo en una entrevista televisiva que su gran error en 1996, cuando fue elegido premier por primera vez, fue no haber formado un gobierno de unidad. Y –agregó– ahora no está dispuesto a repetirlo. Tal vez el político israelí aprendió la lección de que la lucha contra las “viejas elites” (los focos de poder hegemonizados por una mayoría ashkenazí, laica y de orientación laborista o liberal) le confiere apoyo en las urnas, pero no estabilidad al frente del gobierno. Sin embargo, la actual constelación electoral-partidaria parece empujarlo con fuerza de regreso al viejo ruedo. Su unión con Lieberman, sospechoso de haber blanqueado capitales y haber cometidos delitos impositivos, lo enfrentará nuevamente con el bastión del liberalismo israelí: la Corte Suprema de Justicia. La alianza con los religiosos de Shas y de El Judaísmo de la Torá despierta resquemores entre los defensores del laicismo como forma de vida y de la libertad de cultos. Y el lugar destacado de la extrema derecha en el bloque comandado por el Likud viene encendiendo señales de alerta y peligro en los medios de comunicación y, especialmente, entre los voceros de las grandes corporaciones empresarias y bancarias. Para estas últimas, la “unidad nacional” es sinónimo de estabilidad y de prosperidad.

El líder de la tercera fuerza (con 15 representantes), Avigdor Lieberman, seguramente sabrá sacar provecho de su condición de pivote entre los bloques de derecha y centro. El es capaz de recomendar tanto a uno como a otro de los candidatos ante el presidente, Shimon Peres, la autoridad competente que decide quién es el más apto para armar el próximo gobierno. Sin su respaldo, Netanyahu deberá traspirar para conseguir los 61 mandatos necesarios. El reciente y sorpresivo viaje del líder de Israel Beiteinu a Bielorrusia –apuestan algunas versiones periodísticas– está destinado a aumentar la tensión que le brinde mayor rédito en la ronda negociadora. Esas fuentes agregan que Lieberman exigirá los ministerios de Finanzas y de Vivienda, aunque su denominación al frente del primero sería controvertida debido a que algunas causas judiciales en las que está comprometido se desarrollan en una de sus dependencias, la Dirección Impositiva. Y pedirá la permanencia del actual ministro de Justicia, Daniel Friedmann (blanco del repudio de las “viejas elites”, que lo acusan de haber politizado al sistema judicial para defender a sus allegados, como el premier en funciones, Ehud Olmert).

Además, el inmigrante de Moldavia reclamará la promoción de regularizar la situación de los matrimonios considerados “impuros” (no estrictamente judíos) por las autoridades religiosas. Sin este último asunto, los votantes de su partido (mayoritariamente inmigrantes de la ex Unión Soviética, alejados de las normas que rigen a la tradición religiosa) tendrán un buen motivo para sentirse defraudados. Pero, en cambio, su inclusión en la agenda gubernamental impulsará a Netanyahu a sortear la hostilidad de sus aliados ultraortodoxos: Shas y El Judaísmo de la Torá.

Definitivamente, no es el regreso triunfal que Bibi anhelaba.

El historiador Danny Gottwein propone una explicación de los resultados electorales desde un enfoque socioeconómico. Las raíces del apoyo a Lieberman no se encuentran solamente en la inseguridad generalizada que genera la violencia desatada por el conflicto israelo-palestino, sino fundamentalmente en la desprotección social y económica que sienten las capas más vulnerables a la desarticulación del estado de bienestar y a las políticas neoliberales. Los inmigrantes rusos y el resto de los habitantes de las zonas periféricas son, efectivamente, los principales blancos de las cohetes disparados por Hezbolá desde el Líbano y por Hamas desde Gaza. Pero, además, también son los más castigados por la desocupación y la carencia de servicios estatales. Según Gottwein, la falta de seguridad social está “dirigida contra los ‘enemigos internos’ y despierta el anhelo de un ‘hombre fuerte’ que reemplace a la democracia, vista como ineficiente, por la certeza y la estabilidad”. La propuesta de Lieberman, que condiciona la ciudadanía a una prueba de “lealtad”, transforma a los derechos ciudadanos universales en una prebenda sectorial. La mayoría del público se muestra indiferente ante semejante tendencia antidemocrática, dado que “durante años ha sido acostumbrado a aceptar el principio sectorial, a través del cual ha sido desarticulado el estado de bienestar”.

La tesis del historiador de la Universidad de Haifa se cierra con la contracara del avance de la derecha antiárabe, o sea el colapso de la izquierda laborista. También los sectores más acomodados de la clase media y muchos segmentos de la clase alta, destinatarios del discurso de la paz, prefirieron en estas elecciones a una figura distinta y aparentemente más auténtica: la canciller Tzipi Livni.

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