Livin' la vida loca

Por: Ricardo Roa

Se hace difícil para los adultos compartir el mismo lugar con adolescentes. Manejan códigos y gustos distintos y hasta contrapuestos. En vacaciones y frente al mar el asunto se agudiza. Primero, porque se pasa muchísimo más tiempo juntos. Y luego porque además de los propios hijos hay que bancarse a sus amigos y los que deambulan cerca de uno.

Lo habitual es irse de vacaciones con la mejor predisposición. El problema es que hay balnearios como Gesell y Pinamar donde el descontrol en los chicos empieza a no tener fronteras. Vecinos y turistas se quejan y con razón de que toman en exceso y hacen el amor en la playa sin ningún cuidado. Lo que los mismos chicos llaman un touch&go playero. Y cuando hay muchos chicos hay mucho de todo.

Siempre hubo sexo en la playa en vacaciones. La playa es una invitación a tenerlo. Y hacer el amor no tiene nada de malo sino todo lo contrario. Lo grave es pasarse de rosca, como en todo. Eso que uno de los mismos chicos confiesa en la nota: lo hizo borracho, no recuerda con quien y sin preservativo.

El otro punto es que la playa es un espacio de todos. Y lo que uno hace allí afecta a otros. En Gesell y Pinamar dicen que no hay albergues transitorios porque son balnearios familiares. Como si las familias no tuvieran hijos que buscan sexo. Y como si los albergues fuesen un lugar de pecado.

Lo que hacen los chicos es, obvio, un tema de los padres. No es de este tiempo coartales la libertad y no escucharlos. Pero es de todos los tiempos ponerles límites. Seguro que eso es una manera de ayudarlos. Un equilibrio entre libertad y permisividad. La libertad en el sexo incluye responsabilidad. La permisividad es indolencia.

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