Lincoln y la ideología de Barack Obama

Por Mario Diament

MIAMI.- Durante la campaña electoral, John McCain insistió en pintar a Barack Obama como un "liberal" y en advertir contra el peligro que esto representaba.

"Liberal", en la terminología política norteamericana, define una ideología que favorece una cierta medida de regulación económica, fuerte protección social y amplia tolerancia en cuestiones étnicas, raciales, religiosas y sexuales.

Los liberales constituyen la izquierda del Partido Demócrata y son percibidos por los conservadores como socialistas disfrazados.

Obama no hizo ningún esfuerzo por desmentir este rótulo. En cambio, insistió en su mensaje integracionista, enfatizando que se proponía ser un presidente de la unión y no de la desunión.

Para el momento en que comenzaron a conocerse los nombres de los miembros de su gabinete, la izquierda pasó del desconcierto al desencanto. Larry Summers y Tim Geithner, dos campeones de las desregulación que permitió la debacle de Wall Street, como asesor económico y secretario de Tesoro, respectivamente; Robert Gates, secretario de Defensa de George W. Bush, ratificado en su cargo; Hillary Clinton, que votó a favor de la invasión de Irak, como secretaria de Estado. ¿Dónde estaba el famoso cambio prometido por Obama?

"Obama pasó su vida adulta inclinándose hacia la izquierda al mismo tiempo que cortejaba a los conservadores", escribió el columnista E. J. Dionne Jr., en The Washington Post . "Así es como ganó su primera campaña para presidente del Harvard Law Review ."

La identificación

Lo cierto es que Obama tiene muy poca simpatía por el término "ideología" y opina que los Estados Unidos se encuentran en la era "pos-partidista". En ocasiones se ha definido como un "progresista" y como un hombre de "centroizquierda", pero sus ideas han sido siempre más pragmáticas que doctrinarias.

Una clave para entender su visión es su identificación con la figura de Abraham Lincoln.

Todos los políticos buscan algún paralelo con Lincoln en algún momento de su carrera. Presidentes tan disímiles como Dwight Eisenhower, Richard Nixon y George W. Bush han asegurado abrevar en el legado de Lincoln. Pero en el caso de Obama, las similitudes son más que casuales. Ambos han sido hijos desposeídos de padres ausentes, criados por sus madres. Ambos practicaron la abogacía en el estado de Illinois y se lanzaron a la carrera presidencial virtualmente sin experiencia, apoyándose esencialmente en su formidable retórica.

Como para sellar esta afinidad, Obama anunció su candidatura desde los escalones del Viejo Congreso estatal en Springfield, Illinois, el mismo lugar donde Lincoln pronunciara uno de sus históricos discursos, y se propone jurar sobre la misma biblia que Lincoln utilizó en 1861.

Similitudes

Lincoln fue el campeón de la integración y Obama aspira a emularlo. Declarando que la nación se encontraba en peligro y que en consecuencia necesitaba a su lado a la gente más capaz, Lincoln configuró un gabinete que incluyó a sus rivales y hasta algún enemigo, y Obama hizo lo mismo.

Lincoln designó secretario de Estado al senador William Seward, el hombre con quien había disputado la nominación del partido, y Obama hizo lo propio con Hillary Clinton.

Lincoln llegó al poder y en momentos en que la nación se desintegraba y Obama hereda un país sumido en la peor crisis económica desde la Gran Depresión, con el agravante de estar involucrado en dos guerras y una explosiva situación en Medio Oriente.

Para llevar adelante la monumental tarea de reactivar la economía, traer de regreso las tropas de Irak y restablecer la influencia de los Estados Unidos en el mundo, deberá contar con el apoyo del Congreso y esto significa negociar, contemporizar y transigir.

Su gabinete refleja este objetivo y la convicción de que las consideraciones ideológicas ahondan la brecha en lugar de cerrarla.

Si algo puede esperarse de Obama en los primeros 100 días de gobierno, es que su instinto político y la aguda inteligencia que reveló a lo largo de su campaña, sean puestos al servicio de una respuesta pragmática y enérgica, pero también sensible y compasiva, a la enorme tarea que le aguarda.

El entramado de fuerzas que constituyen el poder en Washington hace muy difícil imaginar que un presidente, aún alguien como Barack Obama que ha hecho de la audacia una principio de acción, pueda transformar radicalmente las normas fundamentales de la política norteamericana, tanto hacia adentro como hacia afuera.

Pero el martes, cuando Obama ascienda al estrado del Congreso y pronuncie su discurso inaugural, los fantasmas de Lincoln y Martin Luther King otearán desde la cúpula y un capítulo indigno de la historia norteamericana se habrá cerrado para siempre.

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