Límites y costos de una política

Por: Ricardo Kirschbaum.

El Gobierno dice que ha encontrado pistas de una conspiración encabezada por el vicepresidente Cobos y ejecutada por el todavía jefe del Central, Martín Redrado.

Lo denunció Aníbal Fernández, lo ratificó Cristina y los restantes voceros hicieron ver que ese es el curso de acción para zafar del brete en el que se metieron por propia torpeza. ¿Por qué hacer bien las cosas si se pueden hacer mal? Porque la decisión es la política de hechos consumados, sin respetar límites.

El Gobierno se complica a sí mismo en ese afán de mostrar que no hay ningún obstáculo que le impida cumplir con sus objetivos políticos. La realidad le estaba siendo adversa, pero aún así disponía de un margen de maniobra importante para no pagar más por el pito de lo que el pito vale.

El costo, aun cuando todo el entuerto se resuelva como quiere la administración, ha sido fenomenal. Sobre todo porque desde el poder se insinuaban gestos dirigidos a buscar restaurar su mala relación con sectores medios de la sociedad.

El objetivo político es disponer de las reservas para pagar la deuda y liberar fondos para garantizar el control político de la situación. El manejo de la caja es, en ese sentido, una prioridad.

Probablemente esta política disciplinaria del manejo del dinero estatal le pueda ayudar a sostener la gobernabilidad en estos tiempos de aguas turbulentas. Pero no garantiza la continuidad de esa lealtad forzada.

Los dos fallos contra las decisiones de Cristina obligan al Gobierno a ir a pelear al terreno judicial, lleno de incógnitas para el oficialismo.

Entonces, la denuncia de una conspiración política busca cambiar el eje de la polémica. Pero ¿cómo explicar los errores que los llevaron a esta situación y que hicieron el milagro de convertir a Redrado en un rebelde con causa?

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