El limbo

Por Jorge Fontevecchia

En el vocabulario cristiano, la palabra limbo se refiere a las regiones periféricas del infierno. Pero la acepción primaria de la palabra limbo significa borde, orla, ribete o extremidad de un vestido.

En la Divina comedia, Dante Alighieri escribió que el limbo "es el lugar donde van los espíritus de pecadores que necesitan el perdón de Dios para poder finalmente ascender al cielo. En este proceso se debe orar y pedir perdón por las faltas cometidas en vida para finalmente abandonar ese lugar ya realizadas todas las penitencias".

El limbo es un límite, una frontera entre el infierno y el cielo. En su libro La comunidad que viene, el discípulo de Heidegger y profesor de la universidades de Verona y Venecia, el célebre Giorgio Agamben, describió el limbo como un ejemplo de la sociedad que viene: "No es Dios quien ha abandonado a quienes están en el limbo, sino que son ellos quienes lo han olvidado; y contra su olvido es impotente el olvido divino. Como cartas sin destinatarios, estos resucitados han quedado sin destino. Ni beatos como los elegidos ni desesperados como los condenados, ellos están cargados de una alegría por siempre inexcitable".

En un limbo, entendido como umbral entre el pasado y el futuro, está la oposición, con Julio Cobos como figura articuladora y más representativa. El vicepresidente es el mejor exponente de esa frontera límbica: Cobos es un punto de fuga entre su responsabilidad con Cristina Fernández, que lo eligió para acompañarlo como su representante en el Senado, y la sociedad, que lo eligió como su representante al frente de la oposición.

La Ley de Medios fue apenas una ocasión más para profundizar otro gesto del vicepresidente en dirección al cielo opositor repudiando el infierno kirchnerista. Porque al decir la oposición que "revisará la Ley de Medios" en diciembre cuando asuman los nuevos legisladores, implica tácitamente asumir que se aprobará una ley de medios antes de diciembre.

Mientras Carl Schmitt señaló que la política es, ante todo, teología, Agamben agregó que Dios fue el origen de la economía y el primer administrador del mundo (oikonomía). Quizá por eso, para los políticos, todos, incluidos –y quizás especialmente– los de la oposición, que se ven al frente del gobierno dentro de dos años, una ley de medios que reduzca el poder del "dios Clarín" es tan funcional a sus intereses como la estatización de los fondos de la jubilación privada, que dotan al Estado de recursos que ellos terminarán administrando.

Muchos legisladores disimulan frente a las cámaras pero les encantaría que una ley terminase con la capacidad de Clarín de atemorizar a cualquier político, reduciendo el "monopolio" al tamaño de un jugador más del mercado ("divide y reinarás", se le atribuye haber dicho a Maquiavelo). Y la situación ideal para cada uno sería que la ley se aprobase con ellos votando en contra, dejándole así la responsabilidad al "loco" de Kirchner sin siquiera tener que quedar mal con el multimedio.

La Ley de Medios y Clarín es otro de los limbos de la política argentina, del sí pero no que atraviesa todo en nuestra historia contemporánea. Como también el operativo de la AFIP con casi doscientos inspectores al edificio del Grupo Clarín, donde víctimas y victimarios se acusan mutuamente de lo opuesto: Clarín al Gobierno de haber tirado la piedra escondiendo la mano y el Gobierno a Clarín de haber sobornado funcionarios para armar el operativo de la AFIP para quedar como víctima. En cualquier hipótesis, un disparate.

"El poder siempre tiene necesidad de gloria", dice Agamben. En eso Kirchner y Cobos, Macri y Reutemann (envió una carta de apoyo al cónclave organizado por el vicepresidente) o todos aquellos con aspiraciones presidenciales no se diferencian. Precisan gloria, y la Ley de Medios es una buena oportunidad para alcanzar una parte de ella. Todos se agarran al borde del limbo a la espera de que los demás no logren mantenerse en esa situación y caigan al abismo del infierno. Y entrar ellos al cielo del poder en 2011.

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