Líderes fatigados

Por: Alberto Fernández.

De las últimas dos décadas, el peronismo gobernó Argentina el ochenta por ciento del tiempo. En nombre del peronismo gobernó Carlos Menem durante diez años. Invocando la misma filiación gobernó Eduardo Duhalde durante diecisiete meses. Peronistas también fueron Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, presidentes que rigen los destinos del país desde el 25 de mayo de 2003 hasta la actualidad.

En dieciocho de los últimos veinte años siempre hubo alguien que, valiéndose de la estructura partidaria del peronismo, ocupó la primera magistratura del país. Aunque lo dicho es expresamente cierto, es difícil afirmar que todos esos gobiernos estuvieron teñidos por una misma tinta. Todos, a su turno, dijeron expresar el tono que con que Perón coloreó el partido que comenzó a idear el 17 de octubre de 1945.

Hay algo más que también es cierto: todos legítimamente se llamaron peronistas porque tuvieron historia en el peronismo y porque siempre invocando esa filiación llegaron al poder.

Menem fue gobernador de su provincia y triunfó en la contienda electoral que lo depositó en la presidencia de la nación en 1989 exhibiendo su condición de candidato justicialista.

Lo mismo ocurrió con Duhalde cuando sucesivamente fue electo intendente de Lomas de Zamora, diputado nacional, vicepresidente de la República y senador nacional siempre en representación del justicialismo. Hasta llegó a ser candidato justicialista a presidente de la Nación en los días fuertes de la Alianza. Después alcanzó la presidencia en enero de 2001 ante la acefalía generada por las renuncias de Carlos "Chacho" Álvarez y Fernando de la Rúa.

Con Kirchner pasó otro tanto. Como peronista gobernó su provincia natal: Santa Cruz. En esa misma condición formó el Frente para la Victoria y accedió a la presidencia de la Argentina en mayo de 2003. El 28 de junio último, aunque cayó derrotado, fue electo diputado nacional en representación del peronismo bonaerense. Hasta fue presidente del justicialismo en el orden nacional, cargo del que se alejó tras aquella derrota electoral, aunque parece estar dispuesto a revisar ahora lo "indeclinable" de aquella decisión.

Sin embargo, aunque todos tengan autoridad para autodefinirse como peronistas, es difícil encontrar en ellos esa suerte de hilo conductor que políticamente los vincule. Con Menem, el peronismo se incorporó a la revolución neoconservadora de Reagan y Thatcher. Tanto fue así que repentinamente el peronismo comenzó a ser parte de la internacional liberal de la que también eran miembros los republicanos norteamericanos y los conservadores ingleses. Con Duhalde, el peronismo, por momentos ortodoxo y por momentos conservador, fue parte de la internacional socialcristiana. Con Kirchner, el peronismo fue inicialmente acotado detrás de una propuesta política de centroizquierda y muy plural, pero posteriormente terminó siendo tan sólo el partido de gobierno.

Ante tanto paralelismo no sería justo decir que los tres han gobernado del mismo modo. Con su piloto automático activado, Menem condujo al país a una recesión inmensamente destructiva. Distinto ha sido Duhalde capeando el temporal de la emergencia y preservando la institucionalidad democrática. Kirchner, por su parte y al margen de los inconvenientes que tuvo para entender su rol actual, fue un presidente profundamente reformista que volvió a poner al país en la senda del crecimiento y el desarrollo.

Pero más allá de sus posiciones y del resultado de sus respectivas gestiones, tanto Menem como Duhalde y también Kirchner han expresado de diferente modo su vocación de competir entre sí para representar al peronismo en las próximas elecciones presidenciales de 2011.

Con tales antecedentes a la vista, nadie entiende cómo eso será posible. ¿Cómo podrán lograrlo si previamente deben protagonizar una elección interna defendiendo una misma plataforma de gobierno como dispone la nueva Ley de Partidos Políticos? ¿Cómo lograrán unificar criterios para competir bajo un mismo paraguas programático?

La observación no es inocente. Ocurre que es muy fácil darse cuenta de que nada conceptual une a los tres candidatos que aspiran a adueñarse de la estructura peronista confiados en que con eso basta para dar batalla en 2011. No los unen ni una visión común de país ni un pasado con conductas semejantes. Observan al peronismo como una herramienta que les permite llegar. Sólo están vinculados por el odio que se profesan que ha crecido en algunos casos en virtud de viejas rencillas personales o políticas. Todos se muestran altivos y autosuficientes y ninguno de ellos advierte que puede ser causa de una futura (y casi segura) derrota peronista. No piensan ganar la elección, sino postergar a los otros. Así, acaban enredándose en una serie de disputas personales que ya poco y nada tienen que ver con la representación política y mucho menos con la suerte electoral del tan invocado peronismo.

Aunque inquieta pensar que en ellos no anida el germen del futuro que los argentinos merecemos, no es el propósito de esta nota descalificarlos. Sólo se trata de reflexionar públicamente sobre algunos aspectos que en el presente nadie discute en voz alta. Se trata de sacar a muchos dirigentes de esa modorra que a veces provoca la comodidad del poder o de promover un debate que rompa ese discurso único que algunos imponen tratando de acallar cualquier discrepancia invocando la "responsabilidad de gobernar".

En realidad, estas palabras escritas sólo exponen las mismas inquietudes que cotidianamente atrapan a gran parte del peronismo, aunque muchos prefieren guardarlas para sí antes que revelarlas a la luz pública.

Lo primero que debería inquietar al peronismo es no saber a ciencia cierta qué pretende representar ideológicamente. ¿Quiere volver a ser un emblema del liberalismo cuando en el mundo ese pensamiento está en retirada? ¿Pretende instalar una suerte de conservadurismo popular que lamenta el enjuiciamiento de los genocidas y quiere que las Fuerzas Armadas se involucren en la seguridad interior? ¿Quiere declamar progresismo mientras cierra filas en una estructura partidaria cada vez más burocratizada y desdeña aliados que expresan diferencias?

Si la Argentina ha avanzado en los últimos años escapando al default, motorizando la industria y desarrollando la economía, el peronismo debería preocuparse cuando día a día todo eso se pone en riesgo por errores de gestión, por conflictos personales, por lo irreductible de ciertas posturas o por el manejo omnipotente del poder.

En los tiempos que vivimos, con la experiencia ya acumulada, deberíamos entender que es muy difícil avanzar recurriendo a quienes ya han protagonizado batallas anteriormente. Es precisamente ese pasado y no el futuro que proponen lo que los vuelve valiosos. Son como aquellos "líderes fatigados" de los que hablaba Marco Enríquez-Ominami quejándose de la falta de renovación en la Concertación chilena. Hombres que han cumplido un ciclo y a los que en adelante, en el mejor de los casos, sólo les queda la posibilidad de expresarse como consejeros experimentados.

"Sólo nosotros podemos ser artífices de nuestro futuro", diría Perón. Si así lo entendiéramos, deberíamos entender que el país está reclamando cambiar sin que ello conlleve un paso hacia atrás que vuelva a sumergirnos en el pasado. Tal vez haya llegado la hora de que irrumpa una nueva generación política que impregne de sentido común el manejo de la cosa pública. Una generación que sobrevuele los odios y que no los haga parte del propio "ideario". Hombres y mujeres con convicción y firmeza, pero con amplitud y generosidad.

¿Impulsar una nueva cultura dirigencial no sería el mejor aporte que podrían darnos estos líderes que, a la luz de sus palabras y de sus acciones, parecen agotados por la lucha a la que la realidad de este país los ha sometido?

En esta Argentina que nos toca vivir, se ha abierto un enorme debate social en el que se discuten no sólo los modos en cómo se ejercita el poder, sino también el sentido de las políticas que en el poder se adoptan. Si semejante cuestión ocupa a nuestra sociedad, el peronismo no puede pretender escapar a esa discusión y erigirse al mismo tiempo en un actor central en el escenario político del futuro.

De eso se trata. Aunque algunos se tranquilicen cerrando oídos como si la discusión no existiera, otros se muestren ofendidos con los reclamos y unos cuantos prefieran seguir hablando en voz baja con el sólo fin de poder decir mañana "yo avisé" y calmar así el peso de minúsculas conciencias.

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