No hay liderazgos de utilería

Por Ricardo López Murphy

Líder de Convergencia Federal

La semana pasada, en estas mismas páginas, un artículo describía a algunos candidatos presidenciales como políticos de utilería, que prometen proyectos a largo plazo, despliegan políticas elaboradas para todos los temas y después, cuando pierden, se retiran. Dentro de esa descripción, particularmente se referían a mi desempeño en el 2003, donde obtuvimos más de 3 millones de votos.

Considero que el enfoque de la nota es incompleto. Si uno mira las propuestas, los argumentos, los relatos y el programa práctico de medidas que presenté al país en 2003, 2005 y 2007, observará una coherencia estratégica en términos de reintegrar a la Argentina a las reglas de las naciones exitosas, respetar el Estado de derecho y los acuerdos internacionales, utilizar y crear el máximo espacio para el desarrollo de la sociedad civil, evitar la manía patológica de las alzas de impuestos sin ningún control y la promoción del juego como rasgos enfermizos de nuestra realidad y del funcionamiento y financiamiento de la política.

He dado batalla electoral en varias oportunidades; fundé un partido político; escribí buena parte de sus documentos preliminares y sus propuestas; fui dos veces candidato a Presidente y una vez candidato a Senador; recorrí alrededor de 400.000 km, provincia por provincial. Lo cierto es que la sociedad no siempre estuvo dispuesta a acompañar esas propuestas; probablemente detrás de ese problema estuvo una mala interpretación de la recuperación económica de nuestro país, porque se subestimó el rol de los parámetros externos. Por eso y por las falsas polarizaciones sufrimos una crisis de apoyo electoral, pero en términos de planteos y posiciones estamos con el mismo rigor y compromiso de siempre.

Después de la crisis de 2001 y 2002 la democracia ha salido consolidada en la práctica electoral, con los vicios que todos conocemos, pero se debilitó la calidad de los partidos. En ese marco, para representar un proyecto político relevante, que mantenga su vigencia en el mediano y largo plazo se necesitan, no sólo dirigentes políticos reconocidos, sino recursos económicos y estructuras partidarias. De las dos partidos principales en la historia contemporánea argentina, el justicialismo se ha fortalecido en sus distintas formas, hasta alcanzar una notoria hegemonía. Todo parece indicar a su vez que el radicalismo ha comenzado una incipiente tarea de reconstrucción; la hegemonía del PJ se refleja en la notable y creciente capacidad que demuestran sus dirigentes en articular, desde su propio núcleo, alternativas a su propio gobierno, asumiéndose de un día para el otro como acérrimos opositores.

Es posible que una nueva articulación política nos lleve otra vez a una suerte de bipartidismo tradicional. Sin embargo, la cuestión principal es otra: asumiendo que la reconstrucción de partidos sólidos es una condición necesaria, aunque no suficiente, para la democracia; ¿cómo lograr que la reaparición de las opciones tradicionales represente a lo nuevo y no el lugar donde lo viejo se recicla?; es decir, para permanecer vigentes en la política argentina se necesitan dirigentes capaces, recursos económicos y estructuras partidarias, pero el problema principal no es la dificultad para recaudar dinero que han tenido Bordón, López Murphy o Carrió, sino la notable impunidad para utilizar arbitrariamente los recursos públicos que han tenido y siguen teniendo los Kirchner, los Duhalde, o los caudillos del conurbano como Ishii, Pereyra o Curto, entre tantos otros.

En síntesis, no hay ‘liderazgos de utilería’ sino estructuras partidarias que han secuestrado a la política y se han valido de los recursos del Estado para permanecer. Es por eso que después de 25 años la democracia electoral se encuentra consolidada en la Argentina, pero la posibilidad de la alternancia y la calidad de la República nunca han sido tan pobres. Comprender esta diferencia es crucial para que podamos pasar de liderazgos feudales a coaliciones republicanas.

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