El libreto negro

Abel Posse

Después del 28 de junio, K crece sobre las ruinas de su derrota electoral. Desafía con inaudita persistencia su caída política.

Hasta dijo que entendía el sólido rechazo electoral más bien como un deseo nacional de "profundizar el modelo". No huele a descaro; se trata más bien de un acto de magia voluntarista, de omnipotencia como para negar lo evidente y conjurar la catástrofe.

En Kirchner hay más pasión que en todos sus adversarios juntos, que siendo representantes de un electorado mayoritario parecieron no creerlo. K es como un ocupa recalcitrante que desconoce las repetidas cédulas de desalojo. Pero lo más curioso es que el heterogéneo grupo de vencedores comiciales muestra más señales de derrota que el consorte presidencial. Estamos ante una increíble voluntad de poder digna de ese shakesperiano Ricardo III que identificaba su trono con su vida hasta el inexorable último acto cuando grita desesperadamente la oferta: "¡Mi trono por un caballo!" (o helicóptero, según sean los tiempos).

La voluntad de poder de Kirchner es absolutamente personal. No está limitada por pruritos morales, referencias éticas o las metafísicas políticas habituales referidas al aristotélico bien común.

El diario espiritual de K se reduce a las cifras que anota escrupulosamente en la libreta con tapas de hule negro. Sabe que perdió este round político, pero aprovecha los meses finales para consolidar el sueño de un emporio económico múltiple, un heterogéneo pool capaz de posibilitarle acceder al poder por la otra puerta. Su hazaña reciente fue agregar el vector de los medios. Porque K está seguro de que los medios inventan la realidad. Eso del hambre, de la criminalidad, de la desvergonzada compra de legisladores, del millón de chicos derivando hacia la nada, de los miles y miles de ciudadanos angustiados que corren detrás del colectivo que los devolverá tres horas después a sus hogares, del país sin prestigio ni programa, del país ridículo con ese ministerio para la mentira llamado Indec. Todo esto es para los K una ilusión, una mentira de prensa y radiotelevisión. Una calumnia virtual, con Clarín a la cabeza.

Con la decisión de poner de rodillas a ese campo que mantuvo en pie al país de 2002 a 2008, los K culminaron la demolición económica. Ni siquiera la derrota contundente del 28 de junio los lleva al diálogo o a la reflexión.

La Argentina paga trágicamente la ineptitud y el resentimiento de los K. Hemos perdido mercados, productividad esencial en esta hora crítica de la economía mundial. Hemos perdido prestigio de nación pujante ante nuestra América y el mundo internacional. Estamos en avanzado estado de descomposición social, moral y económica. La mayoría surgida de los últimos comicios no logra encarnarse en poder constructivo y superador. No hay mayor burla y atentado a la democracia que la sedición desde el Gobierno mismo, al desconocer la realidad de la voluntad mayoritaria que lo dejó en minoría.

Y si este panorama fuera poco, observamos en las últimas semanas el creciente paso del desorden habitual a una violencia amenazadora y más definida de los grupos que este gobierno alentó demagógicamente. Amenazas a periodistas, escraches como el sufrido por el senador Morales, tomas de edificios públicos, cortes de avenidas son la prueba de un nuevo impulso.Podrían virar del garrote a la Kalashnikov y reeditar la violencia vana y antihistórica con la ilusión de cambiar al mundo, como los montoneros del 70. Descenderían de la imagen de Guevara a la de Chávez. Se trata de piqueteros, organizaciones social-militares como la de Jujuy, grupos ideologizados y grupúsculos a la deriva, algunos alimentados por ese protoplasma doliente del lumpen creado por la falta de trabajo y una desatención social indigna del proclamado justicialismo.

Lo cierto es que los K derramaron odio durante estos años sin que se viera sublimación del mismo en formas políticas democráticas o revolucionarias definidas. Parecería que un rencor clasista prevaleciera. Es difícil imaginar que los Kirchner, con su marcada tendencia a la riqueza y con sus enriquecidos ministros y sindicalistas con hoteles y estancias, hayan pensado seriamente que el monstruo que estaban creando podía escapárseles de las manos. Menos imaginable es que pretenden usar el desorden y la violencia para desarticular la derrota que sufrieron en el plano republicano electoral. Estaríamos ante el libreto negro. Kirchner tendría dos opciones: erigirse en restaurador del orden público y ganar espacio de aceptación (como de algún modo, tibiamente, lo está consiguiendo Scioli). Podríamos calificar a ésta de "solución rosista". Se usarían los poderes supremos o superpoderes para terminar la tarea de empatar y hasta superar la derrota del 28 de junio a golpe de veto, y con botas de Estado de sitio. Pero el gobierno K se muerde la cola: demolió las Fuerzas Armadas. ¿Cómo convocarlas cuando la venganza antimilitar las transformó en ese inmóvil y mudo ejército de terracota con miles de oficiales y soldados tamaño natural enterrados bajo la tumba del loco emperador Qin, desde hace 2000 años, que se admira en Xian, China? Los policías y Gendarmería salen a la calle inhibidos, sospechados, sin sentirse brazo armado del orden público. Como si en este país, en el juego tradicional de vigilantes y ladrones se estuviera a favor de los delincuentes.

Pero este libreto negro sería fúnebre, y los Kirchner deben presentir que es mejor gozar la buena posición lograda en estos años de tanto trabajo que arriesgar el azar de la violencia en un país donde los presidentes salen más con prontuario y citaciones judiciales que con un currículum honorable. ©LA NACION

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