Una lenta salida de la crisis global, en marcha

La recesión no fue depresión, pero los problemas todavía persisten
La respuesta saldrá, tal vez, de una sopa de letras. De ellas, la V graficaría un rebote tan inesperado como improbable. Una U describiría una senda lenta y dolorosa, aunque aportaría optimismo después de los pronósticos apocalípticos. La W representaría otro ciclo de auge y debacle. La L significaría la temida repetición de los años 30.

El 15 de septiembre de 2008, cuando quebró el banco Lehman Brothers, el mundo creyó tener la certeza de que Wall Street sucumbiría como en 1929 y de que otra Gran Depresión estaba por arribar. Apenas unos meses más tarde llegó la señal de que ese escenario era posible: comenzó la peor recesión global en 70 años.

Un año después y tras la reacción de casi todos los gobiernos del planeta, esa contracción no empeoró y, menos aún, desembocó en la depresión. De hecho, a partir de 2010 la economía global podría volver a crecer, aunque la recuperación será lenta. Eso anuncian organismos financieros, gobiernos y expertos.

A todos ellos los persigue, sin embargo, un interrogante: cómo será esa recuperación, con qué fortaleza podrá la economía global reponerse si este cataclismo dejó millones de desempleados, una demanda y una inversión diezmadas, un comercio internacional cojo, un sistema financiero casi extenuado y una desconfianza a ultranza de los consumidores.

Para graficar y simplificar el incierto futuro de la economía global, varios expertos apelan a la sopa de letras; cada una de ellas corresponde a un escenario. La gran mayoría de los economistas se inclina por la U: una recuperación trabajosa que no estará exenta de tropezones ni será uniforme entre las regiones.

"Es improbable que haya otra caída estrepitosa, pero aún puede haber una recaída suave o, más probablemente, una recuperación mundial muy lenta. La recaída podría ocurrir muy pronto, una vez que pase el efecto temporal de los estímulos y del aumento de los inventarios. Es incierto si otros estímulos podrán tener la tracción para terminar de sacar del hoyo a las economías desarrolladas", dijo a LA NACION Eduardo Lora, economista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

Las naciones desarrolladas fueron las primeras que entraron en el agujero negro de la crisis. Protagonistas del sistema financiero global y del comercio internacional, esos países se paralizaron y la riqueza de sus ciudadanos comenzó a destruirse casi inmediatamente después de la caída de Lehman Brothers.

El efecto contagio hacia las economías emergentes no tardó en llegar y la recesión se afincó en el mundo.

China y EE.UU.

Sin embargo, varios de esos países en ascenso lograron, con sus reservas y el fortalecimiento de su demanda interna, minimizar, en los últimos meses, el impacto de la crisis.

Algunos, como China y la India, nunca dejaron de crecer; otros, como Brasil, revirtieron sus tasas negativas de producción y consumo. Ellos contribuyen hoy a que la recesión mundial sea menor a la esperada.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) estima que la economía global se reducirá en un 1,3% este año. Prevé que las naciones desarrolladas se contraigan un 3,7%. Esa cifra es menor que la que el organismo anticipaba hace unos meses, pero bastante más negativa que el crecimiento de 1,5% de los países emergentes.

"La recuperación no será igual para todas las regiones. Nosotros observamos margen para un crecimiento continuo en Asia y, con cierta demora, una recuperación robusta en América latina. Las naciones desarrolladas deberían ganar fuerza en los próximos meses, con el peligro de desempeños frágiles en los próximos dos años", dijo a LA NACION Vanessa Rossi, economista de Chatham House, uno de los más prestigiosos centros de estudio británicos.

A la cabeza de las economías emergentes y del mundo desarrollado están, respectivamente, dos naciones que mostraron comportamientos opuestos en la crisis: el país del crecimiento que no se detiene, China; y el centro del crac, Estados Unidos.

China logró sobrevivir al terremoto y a la drástica reducción de la demanda de sus exportaciones con, entre otros, un plan de estímulo. Su economía crecerá, este año, un 7,5%, a diferencia de la norteamericana, que caerá un 2,6%. Esa disparidad llevó a especular que China podría convertirse en el corazón de la recuperación. Pero el gigante asiático representa entre el 5 y el 7% de la economia global; Estados Unidos, el 25%.

"China ayuda a la recuperación, pero es más el motor de Asia que el motor global. Es la recuperación de Estados Unidos la que, por ahora, puede generar pronósticos optimistas", dijo a LA NACION una fuente de Wall Street.

La primera economía mundial prevé salir de la recesión antes de fin de año. Sus bolsas ya alcanzaron a recobrar parte de las enormes pérdidas de 2008. Y, alentada por la ayuda pública, su producción industrial también insufla optimismo.

Sin embargo, otros indicadores hacen dudar a Estados Unidos del vigor de su recuperación -y, por tanto, de la del mundo-.

La desocupación llegó a 9,7% y podría aumentar. El consumo, ése que solía mover la economía global, se derrumbó. Y su sistema financiero no logra salir del shock para poder alimentar la recuperación. Varios de sus bancos, descapitalizados, aún tambalean y, a pesar de tasas de intereses exiguas y de los alicientes fiscales, el crédito está petrificado.

"Es demasiado temprano para hablar de una recuperación sostenida, porque el sistema financiero no ha podido restablecer el crédito. No va a haber un regreso a la «normalidad», es decir lo que sucedía en 2007 o antes, sin que haya capacidad de préstamos", dijo a LA NACION James Galbraith, del Instituto de Economía Levy, desde Estados Unidos.

El FMI advierte que si el sistema financiero no es reestructurado, el crédito faltará "por un tiempo considerable".

En las antípodas de esta sequía está la "normalidad" de la época del crédito fácil que condujo al crac. El de esos años era el mundo de la exuberancia, que comenzó con una burbuja en el sector inmobiliario y se extendió a las finanzas de alto riesgo. Sus protagonistas fueron desde los cientos de miles de norteamericanos de bajos ingresos que, con hipotecas subprime , compraron sus casas hasta los países superavitarios que destinaban sus excedentes a los mercados de los derivados, instrumentos de poco control e increíbles beneficios.

Pero cuando la burbuja explotó, las hipotecas se volvieron tóxicas e incobrables y los bancos, sobrecargados con ellas, sucumbieron. Y, hace un año, el mundo se detuvo. Dos fenómenos sobrevinieron inmediatamente: las medidas de emergencia de los Estados y las profecías sobre otra gran depresión, por el impacto casi automático que tuvo el colapso bancario en la economía real.

El pronóstico sobre la repetición de la crisis de 1929 era aterrador. Entre ese año y 1933, tiempo en que la depresión comenzó a revertirse lentamente, la economía mundial se redujo en un 26,5%. Hoy, semejante contracción hubiese significado cientos de millones de desempleados, una pobreza de crecimiento exponencial y una peligrosa inestabilidad social.

Lecciones de 1929

Sin embargo, pasaron 80 años y los Estados "y la macroeconomía" aprendieron "las lecciones de 1929". "Esa es una de las causas por las cuales la recesión no empeoró", dijo a LA NACION Rodrigo Delgado Aguilera, de Chatham House.

Tras el colapso de 1929, los gobiernos de las entonces potencias entraron en acción pero sin perder de vista el equilibrio de sus cuentas públicas, un arma de doble filo que impuso límites a sus políticas.

En 2008, los Estados, incluso los más apegados al libre mercado, también irrumpieron en la economía para salvarla. Lo hicieron con políticas y planes de estímulo y con tal energía que el mundo comenzó a cuestionar el futuro del capitalismo.

Esa intervención masiva, que fue desde Estados Unidos hasta Australia y desde Islandia hasta la Argentina, fue y es financiada, en la mayoría de los casos, con enormes déficits fiscales, al contrario de lo ocurrido en 1929. "Una de las noticias que deja la crisis es que el mundo es más tolerante de lo que creía con los grandes déficits", dijo Galbraith.

Al igual que Paul Krugman, último premio Nobel de Economía, Galbraith cree que los déficits no son necesariamente malos y que los planes de estímulo fueron, en parte, las causas del incipiente fin de la recesión global. Sin embargo, en la discusión sobre el impacto de esos déficits no hay consenso.

"Representan un riesgo a largo plazo porque son sumas muy significativas de endeudamiento. Pero si los Estados quitan el freno ahora, los planes no van a tener el efecto buscado", dijo Delgado Aguilera.

Los mandatarios del G-20 buscarán resolver ese dilema, dentro de unos días, en una cumbre. Cómo y cuándo desacoplar las economías de la ayuda estatal puede ser, tanto como el futuro de la economía norteamericana y de las emergentes, crítico para determinar si el mundo se enfrenta a una recesión con forma de U, W o L.

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