La lección de Mauricio

A pesar de lo que pensaba al inicio de su gestión, Macri no podrá mantener la política de “no agresión” con el gobierno nacional. El estallido de la crisis acelera los dilemas del PRO.Por: Silvio Santamarina
En el verano de 2008 parecía una buena idea: Macri quería un pacto de convivencia con el Gobierno. Total, el mandato de Cristina recién comenzaba, y no hacía falta apurar los tiempos de una confrontación entre los PRO y los K en el ámbito nacional. Incluso, en el futuro escenario de las presidenciales de 2011, tal vez hasta podrían quedar acuerdos de no agresión viables entre Mauricio y Néstor. Pragmatismo puro. En febrero, entonces, Mauricio mandó a callar o al menos moderar las críticas de sus soldados contra la Casa Rosada, y dejó saber a los enviados kirchneristas que estaba dispuesto a compartir proyectos de infraestructura en la Ciudad y negocios tripartitos entre privados, macristas y pingüinos. Así, decidió hacer la vista gorda al avance del gobierno nacional sobre el negocio del juego legal en el ámbito porteño, y dejó que el patagónico Cristóbal López se asegurara un botín multimillonario de casinos y tragamonedas gracias a la generosidad desinteresada de Kirchner.

Sí, hace unos pocos meses, esa estrategia negociadora parecía sensata. Pero era difícil imaginar el estado de emergencia permanente que sacudiría a la Argentina a partir de marzo: guerra gaucha, Valijagate en Miami, “efecto jazz” en la City porteña y ahora la explosiva estatización de los aportes administrados por las AFJP. La lógica del “cuanto peor, mejor”, a la que apuesta la familia kirchnerista, diluyó cualquier pacto preexistente de no agresión, y dejó la gobernabilidad de la Ciudad librada a la pericia y la firmeza del PRO, que hoy no sabe si está ante una crisis de crecimiento político o frente a un dilema de identidad irresoluble que podría disgregar al partido antes de que éste funcione como tal.

Aturdido por la peor semana de protestas de los gremios docentes, Mauricio intenta pasar en limpio las recomendaciones que, día tras día, le tiran los pocos cuadros políticos de su gobierno. Algunos le dicen que hay que salir ya a denunciar el negocio del juego porteño tutelado por el gobierno nacional, aunque hay quienes desaconsejan embarcarse en una campaña agresiva de transparencia anti-K, por dos motivos: 1) no conviene confundirse con el denuncialismo de Lilita Carrió, porque el PRO es otra cosa; 2) la respuesta K podría hacer mucho daño. Al macrismo llegó el dato de que operadores kirchneristas guardan una carpeta con esquirlas del caso Skanska que lastimarían a empresas contratistas de la gestión Macri.

Otros asesores que le gritan a Mauricio al oído mientras retumban los bombos y platillos docentes insisten en devolverle la mística cacerolera teflonada al votante PRO de la Capital. La confiscación de ahorros privados es un tópico aglutinador posible, y el otro es la inseguridad, que ya demostró ser un quiste doloroso en el organismo K durante la campaña de Juan Carlos Blumberg. Argumentan: si el PRO es un partido, debe movilizar, y si conserva la vocación de ser la gran alternativa opositora, debe movilizar contra el gobierno nacional. Ahora o nunca.

En la pizarra de Mauricio, 2009 queda lejos y cerca. Lejos, porque la buena imagen que mantienen él y Gabriela Michetti corre el riesgo de ser arrastrada por la imagen decreciente de la gestión macrista en la Ciudad, según alertan las encuestas propias y ajenas. Y denunciar mediáticamente las trabas que le pone el kirchnerismo al financiamiento del plan del Gobierno de la Ciudad es una pose de debilidad que no le suma votos a un jefe de Gobierno porteño con aspiraciones presidenciales. El año 2009 también queda demasiado cerca, porque apura definiciones de alianzas que hoy están lastimando la superficial armonía del espacio PRO, y obliga a definirse en casos clave como el de Francisco de Narváez y el de la propia Michetti. A saber:

• El conflicto en curso entre el macrismo bonaerense y el ex aliado natural de Mauricio revela la dificultad de ambos armados políticos para imponer lógicas electorales a las urticarias personales. Es decir, la pica entre dos emergentes empresarios, educados y playboys de la era antipolítica que azota a la república puede más que el pragmatismo de los punteros bonaerenses de cuna peronista que lo único que quieren es darle pelea a la presunta candidatura bonaerense de Néstor Kirchner. En definitiva, el “problema De Narváez” simboliza la cuestión de cómo el PRO digerirá –o no– a largo plazo su componente peronista, que al día de hoy sigue siendo clave en su modo de construir poder.

• Michetti teme que las obligaciones electorales de 2009 se la lleven puesta y sepulten una meteórica carrera, también fraguada al calor de la antipolítica del “que se vayan todos”. Gabriela sabe que el macrismo necesita ganar cómodamente las próximas legislativas porteñas para poder gobernar con éxito hasta 2011. Y sabe que ella sin Mauricio todavía no es nada. Pero también sabe que Mauricio sin ella –y su pátina humanista– volvería a ser Macri a secas, el mánager boquense, el hijo de Franco: mucho para hacerse famoso, poco para llegar a Presidente.

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