Un largo crepúsculo

Por Natalio R. Botana

Parece que ahora tenemos predilección por los crepúsculos. Con una visión agónica, algunos sectores creyeron dar por concluido el actual gobierno justo cuando éste no deja de lanzar mensajes y se equipa para afrontar nuevos combates. Entonces, el choque entre aquello que en apariencia muere y lo que aflora alcanza otra vez la dimensión del conflicto. Esta es la lección que nos deparan los discursos y las acciones del último par de semanas. Nada, efectivamente, está adquirido de antemano. Desde luego, aquí intervienen políticos aguerridos (dicho esto en masculino y femenino) que no bajan el tono a la conducta agonal.

Desde el punto de vista de una teoría política anclada exclusivamente en la adquisición y conservación del poder personal, los efectos que, por ejemplo, hemos visto en estos días en los debates y votaciones en el Congreso no pueden ser más coherentes. Merced a la óptica que, en cambio, ofrece una teoría dispuesta a perfeccionar el régimen constitucional pluralista, las leyes de la República y el buen vivir de la ciudadanía, estas consecuencias son decepcionantes.

En realidad (en contra de lo que habíamos insinuado en notas anteriores) hemos perdido otra oportunidad para fijar las grandes líneas en torno a políticas de Estado.

Poco de esto ocurrió, por dos razones principales. La primera, obviamente, deriva del fracaso de la primera ronda del diálogo político que convocó el Gobierno. ¿En dónde radicó la razón? ¿En los que, con buena fe, concurrieron al convite o en aquellos que, con voz profética, lo denunciaron como una farsa?

Acaso sea posible trazar una diagonal entre ambas actitudes, porque, de un modo u otro, las dos desenmascaran las intenciones de quienes, en estos momentos, insisten en mandar sin tocar la matriz del poder que vienen fraguando desde hace ya seis largos años. En última instancia -no decimos nada nuevo-, el diálogo fue un astuto desvío para recuperar el aire perdido. Así, la modesta esperanza instituyente, por lo visto herida al nacer, de inmediato se proyectó hacia el escenario parlamentario.

En este recinto, la apertura del espíritu cívico podría haber cosechado frutos promisorios. En rigor, obtuvo escasos rendimientos, salvo las modificaciones que introdujeron unos circunstanciales aliados (nunca faltan, bueno es tenerlo en cuenta). La verdad es que este juego táctico bien disciplinado retomó la iniciativa e impuso una mayoría. En cualquier sistema representativo -véanse, si no, las dificultades del presidente Obama en el Congreso de los Estados Unidos-, la disciplina parlamentaria es sinónimo de poder.

¿Quién hubiera pronosticado estos resultados después del 28 de junio? Victoria ocasional, pues, sobre los enemigos principales que el Gobierno ha seleccionado. Uno es el campo, sobre el cual sigue pendiente la espada de aplicar impuestos mediante resoluciones administrativas. Los otros, de más está decirlo, son los medios de comunicación.

Estos movimientos tienen un derrotero cuyos límites están fijados por relaciones fácticas de poder. Está visto que éste es el único lenguaje que entiende el Gobierno. Cuando las críticas se vierten con estilos más o menos tonantes, mostrando el desamparo social que nos circunda o denunciando hechos de corrupción, se esgrimen metáforas como las del "fusilamiento mediático" (el vínculo con las expresiones de Hugo Chávez acerca del "terrorismo mediático" es digno de mención). Por lo menos, no se podrá adjudicar la responsabilidad de esta dialéctica de la crispación a los partidos que asistieron al diálogo.

Sin embargo, más allá de las críticas que transmiten los medios, hay en acecho un contrapeso que el Gobierno respeta: el poder de la calle, que se articula con las acciones de amparo en sede judicial. Mientras el triunfo en el Congreso para renovar los poderes delegados no tuvo mayores sobresaltos, el súbito tarifazo con impuestos encubiertos para poner coto a la marea de subsidios -y pagar, de paso, el gas importado- debió ser suspendido hasta octubre. Este es el poder difuso que, para ellos, importa.

Estas amenazas vienen de lejos, desde que el poder de la calle estalló en la crisis 2001-2002. Es un poder no institucionalizado, difícil de columbrar, porque, al materializarse instantáneamente, basta una chispa para que prenda. Según algunos ánimos calientes, puede servir de ariete eficaz; en la vereda opuesta, para quienes buscan apuntalar una democracia republicana con capacidad representativa, el poder de la calle puede significar, al contrario, una fuerza de arrastre que tiene de furgón de cola a los senadores y diputados elegidos por la ciudadanía.

Si no queremos que esta última hipótesis se verifique en los hechos, es preciso que el Congreso y los líderes de la oposición sobresalgan en el paisaje nublado de nuestra política. Por ahora no lo hacen, debido al hecho de que el largo crepúsculo del kirchnerismo debe atravesar en estos dos largos años tres etapas: la de aquí hasta el 10 de diciembre, con una mayoría legislativa que, aunque deslegitimada, no presenta grandes fisuras; el capítulo que se abrirá en esa fecha, con un Congreso más equilibrado que el actual, y, por fin, el tramo aún lejano de comienzos de 2011, con los candidatos presidenciales ya resueltos y listos para competir.

De atenernos a las últimas noticias, el capítulo más áspero es, por ahora, el actual. A partir de diciembre, en caso de que algunos consensos no se elaboren, por imperio de la necesidad, el Gobierno entraría en la zona peligrosa del aislamiento o, en su defecto, delimitaría con más crudeza aún el campo de la confrontación. Con tal objeto, tiene en sus manos un dispositivo poderoso: la fuerza histórica del Poder Ejecutivo; su aptitud, haciendo caso omiso de los frenos institucionales, para sacar imprevistamente de la galera cuantas sorpresas requiera una situación digna de ser súbitamente revertida.

Según esta perspectiva, saturada de imprevisibilidad, podríamos sugerir que a menor capacidad fiscal del Estado mayor será el carácter urticante de estas decisiones, basadas en la sorpresa. Ya conocemos los itinerarios recorridos, desde la manipulación de la Anses y del Indec hasta los nuevos arreglos con la Asociación del Fútbol Argentino. ¿Cuáles serán los nuevos cotos de caza, en este contexto inflacionario? Esta última pregunta pone de nuevo sobre la mesa el papel de una oposición que, por el propio mandato electoral de los últimos comicios, adopta por ahora un carácter plural.

Son muchos los opositores; es uno el Gobierno. De aquí la capacidad de este último para moverse y disparar decisiones con rapidez, ante unas oposiciones que, dada su estructura dispersa, son más lentas. La exigencia de inyectar más agilidad al comportamiento opositor cae, entonces, de madura. Lo han hecho estos días en el Congreso; tendrán que hacerlo en adelante con más musculatura.

De todos modos, estas debilidades eventuales seguirán dando que hablar hasta tanto del seno de las oposiciones surjan los candidatos presidenciales. Para ello hace falta tiempo, mientras que el temperamento del oficialismo de redoblar la marcha sigue marcando el terreno. Señales de un crepúsculo complicado, en el que la racionalidad sigue haciendo mutis por el foro. ¿De qué valen tantos elogios a la pasión violenta o al sentido épico de los combates, como si Manuel Dorrego renaciera de sus cenizas, cuando la sociedad, cortada de un tajo por la marginalidad, reclama actos constructivos? Esperemos que el próximo debate parlamentario sobre la pobreza arroje alguna luz al respecto.

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