Una larga despedida para don Sixto Palavecino

La sala de espera del Instituto de Cardiología acunaba hoy la tristeza de los hijos de don Sixto Palavecino, de sus nietos, y bisnietos ante un parte médico que hablaba de una irremediable partida.
Pero la congoja no es sólo de la familia Palavecino. Los santiagueños todos lamentamos acompañar el final de un gran hombre.

¿Qué lo ha hecho un grande? En primer lugar, la defensa de sus raíces quichuas, que en definitiva son nuestras raíces; su divulgación a través del folclore y su humilde pero intensa manera de vivir la vida.

Cuatro internaciones, un cateterismo y la colocación de un stent podrían haberlo hecho bajar los brazos. Sin embargo, la siguió peleando. "Así se lucha", les decía a sus hijos y personas cercanas cada vez que su salud desmejoraba.

"Nunca hizo problemas para seguir un tratamiento o para cumplir con sus medicamentos. Él quería vivir, amaba la vida, por eso le está costando irse", comentaron juntas Carmencita (55), la hija con la cual comparte la vivienda en el barrio Almirante Brown, y su nieta política, Alicia, quien estaba a cargo de sus cuidados.

Hace tres días, a Carmen le sobrevino la idea de un milagro. Estuvo 20 minutos conversando con su padre. "Me dijo que estuviéramos unidos, que nos cuidáramos. Estaba muy bien. Hablaba sin problemas", recordó Carmen. Por eso, cuando el médico de cabecera de don Sixto, Luis Orellana, les habló de un cuadro irreversible sintió que su propia vida se paralizaba y no quiso entrar más a terapia.

Como lo hacía siempre con quienes hablaban quichua, don Sixto no utilizó estos últimos días de conciencia otra lengua que esa para comunicarse. "Con Peti (Chazarreta) hablaba quichua cuando entrábamos a verlo, y seguía con sus picardías. A mí, me preguntó por Froilán, y yo le dije que lo había corrido para que nos quedáramos solos, ahí nomás me dijo: como antes", dijo Tere Castruonuovo en alusión a aquella etapa en la que pasaban largas horas charlando y proyectando gestiones culturales.

Don Sixto nunca paró hasta que comenzó con las sucesivas internaciones. En su alerito, esa especie de museo en el que atesora premios y distinciones, recuerdos de su trayectoria artística, está esperando para ser publicada una autobiografía, a la que le faltaban apenas detalles. "Él quería poner unos pensamientos antes de cada capítulo. Faltaba organizarlos un poco", cuenta Peti Chazarreta, quien se convirtió en una mano derecha.

"Tata Yaya siempre quiere, nosotros somos los rebeldes", solía decirles.

A Alicia, su nieta política, y a Carmen la casa del Almirante Brown les parece hoy fría y vacía. "Él le ponía música. Si sabía que iba a participar de algún evento ensayaba con su violín todos los días; y en el alerito recibía a las visitas, a la gente amiga. Ahora hay mucho silencio", subrayó tristemente Alicia.

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