Lapavada

Por Martín Caparrós.

Resulta que el señor vicepresidente tuvo una idea: ir a Yapeyú a festejar en medio de Granaderos y Caballos. Una avivada destinada, muchos dioses mediante, a tres minutos. Hasta que intervino el Gobierno nacional.

Lo que nunca deja de sorprenderme es que parezcan tan pavotes. O, dicho de un modo más amable: que se equivoquen tanto. Yo trato de no creer en la influencia de pequeñas decisiones personales en los desarrollos históricos –quiero pensar que los determinan factores más generales, más estructurales– pero está claro que, por ejemplo, la crisis más grave de estos años, la que lanzó la cuesta abajo del gobierno, no habría llegado sin esa sucesión inimitable de errores que produjeron, en esos dias, la señora presidenta y sus parientes y asesores. Si hubieran empezado por separar a los pequeños productores de los grandes, por ejemplo, nunca habría habido cortes de caminos y el impuestazo agrícola habría pasado inadvertido. O si hubieran dicho de movida que lo querían para construir tal hospital, tal escuela, tal ruta. O si, ya de últimas, sin ninguna convicción, no hubiesen mandado al congreso una resolución que venía condenada y tenía grandes chances de rebote. Si, si, si: la sucesión de errores creó el enfrentamiento y lo perdió. Y hubo otros, después, que fueron complicándoles las cosas.

En este caso la magnitud del error es ínfima pero, justamente por eso, me sorprende más. Porque no era una decisión que tuvieran que tomar bajo presión, donde se jugara la posesión de miles de millones, donde se expresara el conflicto entre sectores de poder, donde se removieran viejas luchas entre interior y puerto. No, acá no se jugaba nada importante: vanidades, paradas, mojaditas de oreja.

Resulta –ya, a esta altura, lo sabemos todos– que el señor vicepresidente en ejercicio efectivo de la oposición sin proyecto –o alguno de sus brillantes asesores– tuvo una idea tan menor como las que suelen afectarlo: ir a Yapeyú a festejar el natalicio del Libertador General San Martín en medio de sus Granaderos y Caballos. Nada, una avivada destinada, con toda la furia, a una foto en la página 16, un epígrafe largo, un recuerdo que podía durar, muchos dioses mediante, tres minutos. Hasta que al ínclito gobierno nacional –¿a quién, exactamente? ¿no sería bueno que le dieran crédito y loor al que se cubre de gloria en cada caso?– se le ocurrió una idea para hacerlo aca.

–Qué boludo, éste se cree que lo vamos a dejar salir con los granaderos de la guardia. No, Cuchi, se los sacamos y listo.

–¿Cómo que se los sacamos, Cacho? ¿Qué me querés decir?

–Eso, Cuchi, que se los sacamos. Los ponemos en un avión, nos los traemos a Buenos Aires y ya está.

–Pero cómo vamos a hacer eso… ¿Vos sabés lo que cuesta un avión lleno de granaderos? Además los ñatos tienen que estar en Yapeyú.

–No, Cuchi, tienen que estar donde diga la presi, para eso es la comandante en jefe. Ella los puede traer y llevar adonde quiera.

–¡Guau, Cacho, qué maestro! Se los trajeron. Y el pobre Cobos se fue a Yapeyú y le armaron un desfile de enanos de jardín y la foto salió en todos los diarios –en éste, pura tapa– y todos ahora comentan el asunto. O sea: que la brillante maniobra del gobierno convirtió la foto-epígrafe de la página 16 en el tema del día –de las feroces críticas del día–: “Me parece lamentable que la celebración del natalicio de nuestro gran prócer se preste a una discusión de tan bajo nivel”, opinó ayer en este diario el referente moral porteño Pacho O’Donnell. “¿Castigar a un vicepresidente de la Nación sin reparar en los mínimos rituales simbólicos de la patria y la memoria? ¿Por qué tanta desesperación, por qué vale todo?”, escribió en La Nación mi amigo el novelista sanmartiniano Jorge Fernández Díaz. “Granaderos sí, granaderos no. Ésa es la cuestión. Al menos, la cuestión –casi grotesca podría decirse–, que ayer dividió y generó un nuevo capítulo de desencuentros entre el Gobierno y el vicepresidente Julio Cobos”, dijo, más módico, el cuasi módico Clarín. Miren si habrá sido turbio el asunto que Página/12 decidió no publicar ayer ni una palabra sobre él: ni una palabra.

La discusión no era gran cosa, pero estaba en –cuasi– todos lados, y todos de acuerdo en denostar a un gobierno que había querido hacer pasar una maniobrita electoral, politiquera, por encima de “las instituciones de la patria”.

Hay pocas cosas más nefastas que las Instituciones de la Patria. Para empezar, fueron dibujadas por el grupo de fulanos que manejaba el país en sus inicios –Sarmiento, Mitre y compañía– para asentar y justificar sus pretensiones de poder, y así fueron usadas desde entonces. La mayoría de esos relatos intenta demostrar que los que tienen ese poder deben seguir teniéndolo, y que la Patria es Una: “el Gran Legado Sanmartiniano es la Unidad”, suelen decirte, olvidándose de que San Martín peleó contra otros habitantes de estas tierras –los que apoyaban a los españoles– y olvidándose, sobre todo, de que si la patria es lo que quieren Menem o Videla no es lo que otros queremos. Que la patria no es una unidad inmarcesible sino una construcción hecha de opuestos que se pelean para hacerla de tal o cual manera –y que el mito de la unidad de la patria siempre fue usado por el poder para callar o descalificar a los que se le oponen. Y que la realidad que nos divide –si alguien come o no come, por ejemplo– es más pesada que la construcción simbólica –banderas, héroes, goles– que supuestamente nos une y hace que aceptemos –a veces más, a veces menos– aquellas realidades.

Para eso existen las Instituciones de la Patria, encabezadas por el Gran Granadero. Y, también, para sustentar aquello de que el ejército es anterior a la patria, que es la institución que fundó todas las instituciones: fue el argumento que usaron, durante tanto tiempo, para intervenir esas instituciones y manejarlas cuando les dio la gana. En esa construcción, San Martín es la pieza central: un militar puro, uno que supuestamente no se metía en política y que, así, se convirtió en el Padre de esa Patria hecha de militares que, de tanto en tanto, so pretexto de que los políticos habían traicionado, llevaban su pureza a la Casa Rosada. Es obvio que San Martín tenía preferencias políticas, que se alió con ciertos sectores y no con otros y que, en cierto momento, asumió que su opción política sólo podía concretarse por la vía militar y organizó su ejército. No porque fuera un militar y no supiera hacer otra cosa: porque había tomado una decisión política y necesitaba respaldarla con las armas.

Todo lo cual fue desarmado y rearmado en una serie de mitos fundadores –la Ínclita Cháchara Procérea– que se celebran cada año, sin que nadie les haga mucho caso: pocas cosas menos notadas que un 25 de febrero en Yapeyú. Hasta que viene un vice y tiene una idea, y después una presidenta y tiene o compra otra –y se equivoca, y convierte un hecho tan menor en una nueva demostración innecesaria pública de que usa el Estado para su beneficio personal/político. Pero lo peor, insisto, lo preocupante, es que –como la mayoría de sus problemas– los muchachos de Olivos se lo inventaron solos, y no supieron imaginar el resultado: ¿será que realmente son así, piensan poquito? ¿O quieren que lo creamos para engañarnos y agarrarnos desprevenidos? ¿O es una estrategia brillante para darnos penita? ¿O son realmente una luz y están armando algo que no sabríamos ver ni con veinte linternas? ¿Será que descubrieron la pavada como modelo de conducción política, etapa superior del peronismo apolillado? La solución, en unos meses.

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