LANUS 1 - VELEZ 1: Alma de campeón

Vélez está convencido de que puede. Se sobrepuso a todas las malas, dejó la vida con uno menos y va embalado a la final.
¿El final? La final. La roja en el aire cayó con el peso irreversible de una guillotina. Para que el escarnio fuera aún más crudo, Cubero tuvo que cruzar toda la cancha, de un córner hacia la puerta del vestuario, puteando para adentro mientras los de Lanús lo puteaban para afuera. Hasta los cachorros de Nicole ligaron las dedicatorias. Nada peor le podía pasar a ese equipo que soñaba con dar la vuelta en ese mismo pasto y a esa altura, al menos, se conformaba con llegar con vida a la última fecha. Había soportado, estoico, ir perdiendo a pesar de haber sido mejor. Uno abajo, uno menos, un lesionado, una injusticia. Había empezado a notar que Lanús hacía todo lo que antes no podía, que venía a liquidarlo. El gol de Sand, consecuencia de la única buena acción colectiva de su equipo, no lo había matado. Esa expulsión de Cubero, uno de los más aptos en el primer tiempo, tampoco. Las lágrimas de Cristaldo, yéndose solo de la cancha, menos. Vélez estaba de pie desde el principio. Porque siempre entendió cómo había que jugar este tipo de partidos. Organizó su esfuerzo, extremó su inteligencia para disimular el hombre de menos y jamás renunció a la presión.

Con enorme coraje se sobrepuso a las malas y se ganó el derecho de seguir soñando. Y para ello se apoyó en un secreto: entró y salió de la cancha igual, convencido de que puede ser campeón...

Lanús nunca se la creyó, literalmente. Ni siquiera cuando Sand se demoró y encontró el cuerpazo de Montoya sobre sus botines. Pasó al frente en el resultado pero no en el desarrollo. Mientras Vélez metía y hacia correr la pelota, los volantes de Lanús veían cómo la bola pasaba por encima de sus cabezas. Así perdía el control, además de perder en casi todas las divididas. Y en eso hubo un hombre hecho y zurdo: Víctor Zapata. Chapa de patrón, el mixto del doble cinco se multiplicó para ahogar a Diego González, para recuperarla y para entregarla siempre manita. Y más lo hizo cuando el campo se le volvió más ancho por la roja a Cubero. Ahí, también, emergió la otra gran figura de la tarde: Ricardo Gareca. El Tigre envió señales positivas desde el banco. Ante el cambio obligado de Cristaldo, optó por Martínez y varió el dibujo a un 4-2-2-1. El Burrito, arrancando como volante por derecha (del otro lado se paró Moralez), fue clave. Primero porque se sacrificó para evitar que Velázquez y Valeri tuvieran pista libre. Y después porque abrió bien los ojos para descargar en vez de correr con la pelota dominada. Y, obvio, para tentarlo con el diablo al pibe Faccioli en el penal salvador.

Así como Gareca movió sus influencias, Zubeldía pecó de paciente. Empatar o perder era lo mismo para Lanús. Sin embargo, su elegante entrenador no confió en ningún revulsivo como para jugarse la última ficha. Cambió nombre por nombre pese al nombre de más. Y no pudo ni supo transmitir la calma que necesitan los equipo que saben hacia dónde van.

Gareca, menos fashion, fue más audaz. El, como sus hombres, está convencido de que puede ser campeón. El fútbol del campeón parece tenerlo Huracán. Vélez tiene el alma. ¿Final? La final.

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