Lágrimas y cenizas

A una semana del incendio que afectó la localidad San Roque, de Jáchal, DIARIO DE CUYO visitó el lugar y muestra cómo está su gente.
Ahora San Roque se identifica fácil al costado de la ruta 40: es un manchón negro rodeado de cerros bajos y pastizales. La calle que entra a ese pueblo jachallero conduce derecho a restos de cañas y árboles negros de tizne, postes y alambres incinerados, corrales y galpones quemados por completo. Esa calle se llama Agua Negra y desemboca en el camping que lleva su nombre, un lugar que antes contrastaba por su verde y del que, luego del incendio de la semana pasada, quedan sólo cenizas. Aún shockeados, con bronca e impotencia de no poder hacer nada, dolor de haber perdido todo lo que tenían y la incertidumbre de no saber cómo seguir adelante, los lugareños más afectados contemplan con lágrimas los escombros.

El sábado 15 fue el día más negro de sus vidas, el peor, coinciden todos. Las llamas iban y venían entregadas a un viento Zonda revuelto que elevaba las brasas y las depositaba donde quería. Sus celulares no tenían señal, el único teléfono semipúblico del pueblo no funciona desde hace 3 meses y para cuando llegó la ayuda de los bomberos, ya era demasiado tarde. "No alcanzábamos a apagar el fuego de un lado que ya salían llamas de otro", cuenta Florencio Quiroga. A él se le quemó toda su plantación de membrillos de 1 hectárea y también las pilas de leña de álamo que juntaba para vender. De eso vive todo el año y ahora no tiene nada. Sólo se le salvó el rancho y, por suerte, con la ayuda de los vecinos pudo soltar a tiempo sus vacas y caballos. Con baldes de 20 litros llenos de agua corrieron entre el fuego hasta que tuvieron que ceder porque se estaban asfixiando con el humo.

Luego de una semana, el olor a quemado persiste en todos los callejones de tierra del pequeño pueblo. Los pastos secos y quemados crujen con cada pisada. A metros de Florencio está la finca de Carlos Fuentes, otro de los seis lugareños más perjudicados. A don Fuentes le quedó la ceniza de 250 cajones de madera para embalar cebolla y ajo, de 100 metros de caballetes de madera y tela para secar esas hortalizas, de 10 hectáreas de plantaciones de membrillo, de 7.000 metros de alambre y de todo tipo de herramientas. Tan cerca de su casa llegó el fuego que los desagotes de plástico del techo se derritieron por el calor y los marcos de madera de las puertas y ventanas quedaron carbonizados. Desde ese mismo techo los vecinos largaban baldes de agua para que no avanzara más.

En esas fincas incendiadas ya han tratado de borrar el desastre. Pero los troncos y maderas quemados aún están a la vista. Fueron apilados afuera de cada uno de los ranchos, donde tampoco pudieron quitar aún las cenizas de los corrales que ya no existen. El sábado pasado, las llamas saltaron los campos salteando algunos y arrasando con violencia otros. Los vecinos las persiguieron como pudieron y así socorrieron la finca de don Páez, la casa de los Báez, la de Fausto Castro y la de Mario Luna.

"Tuvimos que rescatar al tío -un hombre de más de 70 años que vive solo-. Estaba en una piecita rodeada por las llamas al lado de un galpón con lana y pasto. No alcanzamos a sacarlo, que el galpón explotó y las cuatro paredes se cayeron para los costados", dice Javier Aciar, uno de los cuidadores de la finca de Jorge Páez. De ese galpón sólo quedaron algunos adobes, que ya han sido ordenados a un costado de lo que queda de construcción.

Entre las pérdidas que más lamentan estos finqueros está la docena de caballos y la veintena de cabras y ovejas que murieron incinerados. Los habían soltado pero quedaron atrapados entre los diferentes focos de incendio y sólo un puñado pudo escapar.

Ahora, todos los animales muertos fueron a parar a un pozo común que les hizo el municipio. Ya lo bautizaron como el cementerio de los animales. Y lo único que lo distingue del resto del paisaje es la tierra recién removida.

"Sabés lo que es ver las liebres duras, con las patitas para arriba. Fue muy triste y desesperante", comenta Berta de González, la dueña del Camping Agua Negra. Con los ojos rojos de tanto llorar y sin poder parar las lágrimas cuenta que no sabe qué hacer porque perdió todo lo que tenía para vivir y no tiene plata para empezar de nuevo. Su camping era el atractivo principal del lugar. Un verdadero oasis al pie del Cerro Viejo, con una vertiente natural de agua cristalina y tibia, palmeras, árboles, quinchos, cabañas, mesas y comedor-despensa equipada con freezers, cocina, mercadería y herramientas. De todo eso, salvo las cabañas, sólo quedan brasas.

Antes del portón de entrada hay varios árboles calcinados hasta la raíz, y apenas unos metros después, están regadas por todo el suelo las cañas con hollín que eran parte del techo de los quinchos. No quedan rastros de los asientos hechos con cortes de tronco y la garrafa que explotó en la despensa dejó un montículo de escombros irreconocibles en el suelo.

El día del incendio, Berta tuvo un colapso nervioso y asegura que fue la contención de sus vecinos lo que evitó que sufriera un pico de presión. En el intento por sofocar el fuego, varios quedaron con los pelos chamuscados, la cara bronceada y algunas quemaduras leves. Pero no había nada más que pudieran hacer, salvo mirar cómo todo se iba desintegrando frente a ellos. A nueve días del desastre, sólo les queda seguir pidiendo la ayuda de las autoridades y esperar a que la naturaleza tape los daños que dejó el fuego.

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