Kirchneristas críticos, el desafío a un sistema cerrado y autoritario

Por: Julio Blanck

Hugo Moyano puede admitir, sin que nadie vaya a retarlo, lo que otros deben negar tres veces en una misma noche. Lo puede hacer porque tiene espalda suficiente, la que se supo construir hasta convertirse en aliado insustituible y último del poder kirchnerista. Dijo Moyano que en el peronismo bonaerense "algunos muchachos por ahí no están muy de acuerdo" con la conducción de Néstor Kirchner.

Lo dijo como indica la regla más usada de la política: minimizándolo. Porque de esas cosas se habla mucho en privado, pero no es conveniente hacerlo en público.

La consecuencia para quien cometa esa osadía es la furia de Kirchner vociferando escarmientos, como sucedió después de la reunión del lunes último en Pinamar. Allí una generosa mayoría de los diputados provinciales del oficialismo se desfogó contra el estilo y el rumbo de una conducción que, como bien dijeron y dejaron trascender, los lleva a una nueva derrota.

El valor de la declaración de Moyano es la admisión del descontento en el corazón del peronismo bonaerense, reducto final de la resistencia de Kirchner contra el avance, a veces lento pero siempre implacable, del ocaso de su ciclo.

El peronismo bonaerense aprendió en junio pasado lo que es perder de la mano de Kirchner. Es una experiencia que no quieren repetir. En la próxima elección van a jugarse el puesto no sólo los legisladores sino sus mandantes, los intendentes, que son el poder territorial permanente, o al menos tienen la férrea voluntad de serlo.

Reproducen allí el escenario nacional, con gobernadores que son más prudentes en la relación con los Kirchner cuanto más necesitan de la ayuda nacional para pagar sueldos y hacer obras. Esa dependencia, que los Kirchner saben usar como un collar de ahogo, les va alineando a los diputados y senadores, siempre listos al final para apoyar los proyectos del Gobierno.

Pero en la próxima los gobernadores se juegan su cargo, su poder y su proyecto. Nadie mastica vidrio. Pueden no encontrar hoy un camino claro hacia la victoria, pero parecen tener mucho más perfilado cuál es el rumbo seguro a la derrota.

En un reportaje publicado en Clarín el domingo pasado, Felipe Solá definió con agudeza el momento peronista: "El PJ tiene hoy una concepción de aguante hasta dar un salto". Ese salto ya lo había dado Solá cuando dejó el tinglado oficial para juntarse con Mauricio Macri y Francisco De Narváez en Unión-PRO, alianza en estado de suspensión criónica, cuya reanimación nadie sabe si será posible en el futuro. Pero ese conjunto vacío le ganó la elección a Kirchner por la simple y desoladora razón de que se le plantó desde una porción del mapa peronista y se mostró ante el electorado como el lugar más eficaz para castigarlo.

Kirchner acaba de asistir al nacimiento público de una corriente que se mantenía soterrada: el kirchnerismo crítico. Toda una contradicción para un sistema de poder verticalista, autoritario y persecutor de cualquier disidencia.

Los 22 diputados provinciales que se reunieron en Pinamar despotricaron contra Kirchner como hacen en privado muchos dirigentes peronistas, algunos muy empinados en la Provincia.

La diferencia es que esta vez sacaron la discordia afuera. Eso permite percibir cuál es el punto de maduración en el proceso que llevó a los kirchneristas a ser kirchneristas críticos y que derivará en muchos casos, de modo indefectible, en que en algún momento dejen de ser kirchneristas. Lo que está de por medio es el cálculo de cuándo dar el salto del que hablaba Solá.

Hace una semana, desde este mismo espacio, se consignó que De Narváez empezaba a ser una pesadilla para Kirchner, porque las encuestas lo mostraban en posición competitiva aun entre los eventuales votantes de la interna peronista.

Las internas para definir candidaturas están previstas para agosto de 2011, dos meses antes de la elección presidencial. Esa fecha, remachada por ley en la reforma política que el Congreso les votó antes de que se hiciera explícita la pérdida de la mayoría, está pensada como la última salvaguarda de los Kirchner. Pero el peronismo no parece dispuesto a sujetarse a esos tiempos.

Por cierto, el núcleo duro del kirchnerismo está cada vez más duro. Pero Kirchner no recupera apoyo social y además se está quedando sin plata. No extraña entonces que los críticos le florezcan fuera de estación. Y en su propia tropa algunos silencios suenan estentóreos. Demasiados gobernadores, ministros, legisladores y dirigentes guardaron prudente silencio en estas interminables semanas de derrota tras derrota en el intento de manotear las reservas del Banco Central. Ni qué hablar del amplio grupo de intelectuales que supo reclamar su lugar en la trinchera de anteriores batallas y que ahora parece haber tomado unas muy oportunas vacaciones.

El único dirigente que conserva cierta empatía con una franja social apreciable, a pesar de su constante cercanía con los Kirchner, es el gobernador Daniel Scioli. Es un milagro personal o de construcción política, al punto que encendidos antikirchneristas se lamentan de esa proximidad porque "Daniel sigue siendo un muy buen candidato para la Provincia".

Scioli, que se ilusiona con ser otra vez gobernador, hace gestos homeopáticos, casi imperceptibles, de diferenciación con los Kirchner. Pone la cara en todas las fotos pero se mete apenas en las continuas guerras kirchneristas. Trata de darle relieve a sus actos de gestión y busca mostrarse tolerante con los que piensan distinto. Es la única estrategia que le sale y está convencido de que le puede funcionar. Pero al mismo tiempo le ocasiona costos internos y su futuro es hoy un gran interrogante.

Fue Scioli de algún modo, a través de su jefe de Gabinete Alberto Pérez, quien propició la reunión de diputados del lunes pasado en Pinamar. Preocupado por la pérdida de la mayoría en la Legislatura provincial, y pensando en cómo juntar los votos necesarios para hacer avanzar ahora las leyes propias, buscaron generar un ambiente menos encerrado en la feroz lógica de supervivencia kirchnerista y más abierto a expresiones del peronismo que, aún rotulándose como disidente, podría acompañar algunas iniciativas.

Alberto Pérez y dos hombres de buen diálogo con la Gobernación como Horacio González, presidente de la Cámara de Diputados provincial, y Raúl Pérez, jefe del bloque oficialista, supusieron que quizás podían aflojar el corsé solamente un poquito. Pero hay demasiada presión contenida, demasiado enojo por el estilo de conducción y demasiado temor por las posibles pérdidas de poder personal y territorial como para pensar ahora en disidencias de baja intensidad.

Por eso la catarsis de los diputados, la furia de manual de Kirchner y, al final, la admisión de Moyano de una realidad que a él también lo alcanza y lo preocupa. Tarde o temprano el pragmatismo es despiadado, aunque cuide las formas.

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