El kirchnerismo y la vieja costumbre de mandar a la patota

Por Julio Blanck.

Dice una bella periodista, en medio de la tensión y por qué no el temor: "¿No serán extras de una película de Adrián Suar?". Esta es una de las profesiones en las que la ironía se asoma a tiempo para descomprimir los peores momentos.

Jueves por la tarde, unos doscientos inspectores de la AFIP rodean el edificio de Clarín. Se meten en el lugar de trabajo de más de mil personas. Son una patota. De saco y corbata, gente instruida y correcta. Hombres y mujeres. Pero patota al fin, a los efectos del apriete que les mandaron a ejercer, y ejercen. No son extras de una película. Son de verdad.

La intimidación, a la empresa y a los periodistas, habla del modo en que Néstor Kirchner y sus laderos entienden el periodismo. Sometido o enemigo. Sin términos medios. Así entienden también la política. Y la relación con la sociedad. Así les va.

Un colega brasileño comentó alguna vez cierta definición exacta del presidente Lula, un progresista de verdad y no de boquilla, si nos atenemos a cómo estaba Brasil cuando llegó al poder y cómo está ahora. Dijo Lula, en una conversación informal con periodistas en la que este colega estaba presente: "Información es lo que no queremos que se publique, todo lo demás es propaganda".

Kirchner quiere que todo sea propaganda. Es probable que muchos piensen como él. Sólo que él, como ningún otro político de la democracia, ejecuta su pensamiento. Y lo hace sobrepasando demasiadas veces la barrera de la cordura, como para pensar que cualquiera de esos desbordes es fruto de la casualidad.

La prensa es uno de los enemigos que eligió Kirchner desde su llegada al Gobierno, para construir poder por oposición. Empezó pegándole de lleno al diario La Nación y distribuyendo asfixias con la pauta de publicidad oficial. Parecía coherente con su discurso "progre". Parecía, nada más. Aunque le fue bien con ese método de construcción y se volvió poderoso.

Las noticias le resultaban agradables en aquel tiempo inicial. Los hechos eran favorables, por mérito propio y circunstancias ajenas. Pero todo empezó a cambiar cuando los hechos dejaron de ser tan favorables y las noticias, como no podía ser de otro modo, empezaron a ser menos agradables. La crispación comenzó a impregnar todo. Esa tendencia ya no paró más.

Pronto quedó atrás la forma más tradicional de operación sobre los medios, con funcionarios de alto rango llamando a las redacciones para tratar de influir sobre la edición de cada día. Esa es una gimnasia natural en la relación necesariamente tensa entre los periodistas y los protagonistas. El que no soporte esa tensión mejor trabaja de otra cosa, o se dedica a un rubro menos áspero de la profesión.

Lo que sobrevino fue la presión lisa y llana, la denostación pública, el maltrato, el hostigamiento, las campañas.

Quizás el periodismo que contente a Kirchner sea el del diario que su enriquecido amigo Rudy Ulloa timonea en Santa Cruz. El día que el kirchnerismo perdió la elección de junio en esa provincia, a manos del candidato radical, en ejercicio de la libertad de expresión eligió titular su edición con el golpe de Estado en Honduras.

Coincidencia fácil la del jueves. Se publica en Clarín el pago de 10 millones de pesos por un subsidio irregular a una firma ganadera, y ese día la AFIP monta su operativo de intimidación. Un hecho potencia al otro y el papelón se expande hasta el infinito. Una torpeza monumental, y reveladora, justo cuando el Gobierno apura la ley para controlar a los medios proclamando su supuesta vocación democratizadora.

En términos de estrategia de comunicación, además, una burrada digna de quienes la imaginaron. Porque ese mismo día la Presidenta hizo un razonable anuncio de medidas para el campo, eliminando retenciones al trigo y el maíz para pequeños productores, que pasó casi del todo desapercibido.

A menos que, con sutileza desconocida, lo que trataron de hacer fue disimular que ese mismo día, un involucrado en la mafia de los medicamentos, que además fue aportante de dinero a la campaña electoral de Cristina, era enviado a juicio oral en una causa por tráfico de drogas. Narcotráfico y financiamiento de la campaña de la Presidenta son dos términos que, juntos, resultan muy poco elegantes.

Eso también pasó casi desapercibido porque apareció la patota. La de verdad, no la de la ironía de los extras de cine. Esta vez, de traje y corbata y con identificación de la AFIP.

¿Cómo será la próxima?

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