Los Kirchner y la voluntad nacional

Por Abel Posse

No fue una simple elección a la suiza, para cambiar alcaldes de un cantón. Fue más bien, para muchos, la destitución de un autócrata sin título de déspota. Para otros fue un rechazo del surrealismo sin arte ni imaginación.

Los dioses abandonaron a los Kirchner que ya entraron en ese horrible crepúsculo donde se quiebran las ilusiones del poder manejado sin el debido límite legal. Fue una verdadera y wagneriana Götterdämmerung .

La Argentina es un país en estado de desastre. Alguien rompió de un golpe los cristales de las ventanas y sentimos el aire fresco al liberarnos de una larga temporada de estupidez y conflictos desgastadores.

No había tiranía, pero es como si hubiese caído un tirano, capaz de infundir miedo sin crueldad, sin dejar de lado los derechos humanos y sin clausurar diarios.

Terminó un extraño ciclo, que algún día los politólogos estudiarán. Los Kirchner no salen por la puerta principal. Lo importante es exigirles en nombre de esta lacerada nación que ejecuten los pasos democráticos, de consenso, diálogo y decisión compartida que la Argentina necesita para recuperarse.

La Presidenta debería convocar inmediatamente a su propio partido negado, ese "otro partido" peronista que ninguneó con su consorte, y a todos los sectores políticos del nuevo espectro electoral. Debería convocar a las fuerzas productivas, que padecen de lleno la crisis nacional y los efectos de los problemas mundiales.

¿Cómo hicieron para poder decir que fueron el mejor gobierno en 200 años? Desocupación, caída productiva industrial, el sabotaje contra el campo, vencimientos internacionales, criminalidad? ¿Se puede creer que un gobierno vencido, desacreditado, pueda conducir la tarea que exige esta hora de desastre? ¿Puede pensarse que el matrimonio siga encerrado en su búnker planificando negocios y tomando decisiones con sus cuatro o cinco súbditos de confianza en su mundo subterráneo?

Dentro del más riguroso orden constitucional, se debe convocar a los sectores que pueden dar su aporte. No están en juego los Kirchner, ni el futuro electoral de los opositores. Está en juego la Argentina, y es en torno a sus problemas gravísimos que se debe responder con decisiones imprescindibles.

Colaborando abiertamente, la Presidenta cumplirá con las obligaciones de su cargo, del que estuvo desplazada por la intromisión de su consorte. Su estilo y sus decisiones estuvieron teñidos, como en el llamado conflicto del campo, por un resentimiento y agresividad que causaron en nuestra economía un daño mayor que el del desbarajuste financiero mundial.

La cantidad y calidad de poder que les queda a los Kirchner no coincide con el poder que exige la Nación enferma. Ella debe, como mandataria, servidora de la comunidad, ponerse a disposición de la realidad y no seguir encerrada en sus errores y direcciones políticas rechazadas por todo el país.

La elección de legisladores fue mucho más allá del margen formal y se transformó en el plebiscito que quería el mismo Kirchner, pero al revés, como voto de repudio y deseo de cambio urgente.

Le pasó lo mismo que al doctor Guillotin.

Se necesita una enorme cantidad de poder para encarrilar el país desmadrado por la incapacidad y la corrupción, y para:

* Reorganizar, con la Corte, el Poder Judicial, presionado desde el Ejecutivo a través del ministro y del Consejo de la Magistratura.

* Reorganizar el poder del Estado en las Fuerzas Armadas y los poderes policiales, en la lucha contra el narcotráfico, como temas centrales. Afrontar la lucha contra la criminalidad. Concertadamente con los gobiernos provinciales y países de la región, en lo que hace al combate contra la droga.

* Nombrar un ministro de Economía que surja del diálogo del Gobierno con todos los sectores de la producción, en esta hora de crisis nacional y mundial. Y definir nuestra presencia internacional en todos los foros financieros, sin autoexcluirnos por soberbia e ideologías de los tiempos de la Guerra Fría.

* Impulsar una diplomacia urgente para restañar nuestra ausencia en los ámbitos financieros, mercados y países importadores de nuestra producción. Afirmar nuestra relación estratégica con Brasil y los países de nuestra región. Como símbolo ineludible de cambio, proponer a Uruguay la suspensión de la acción ante la Corte de la Haya, creando un sistema de control compartido para el río Uruguay.

Estos serían algunos de los pasos más urgentes. Implicarían cambios de talante, como dicen en España, y un nuevo ministerio. (Es extraño que el gabinete no haya puesto a disposición de la Presidenta todos los cargos ejecutivos para darle libertad de reorganización y definición de un gobierno suyo.)

Es la Presidenta quien debe adaptarse a la voluntad nacional como mandataria (no mandante), y no el país el que debe detenerse para esperarla hasta que comprenda la mutación en el poder de la Nación.

La Presidenta está sentada en su isla como Robinson Crusoe.

Pero debe saber que muchos que tal vez considera enemigos y no adversarios están dispuestos a la tarea en común para acompañarla en la hora decisiva.

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