Kirchner, en un tiempo de simulación

Por: Eduardo van der Kooy

Se afianza la impresión de que Kirchner puede vencer en Buenos Aires. Aumenta el reparto de votos opositores en el interior de esa provincia. El ex presidente dio un giro conciliador a su mensaje, pero hay acciones de Gobierno que tienen otro sentido. Inquietud por Chávez.

Un soplo de alivio circuló la última semana en Olivos. Esa sensación fue recogida por visitantes frecuentes de la residencia. Todos vieron la nueva versión amaestrada de Néstor Kirchner. Un hombre confiado sobre los tiempos que vendrán.

¿Mejoró el gobierno de Cristina Fernández? ¿Mejoró acaso de forma súbita el humor social? No hay evidencia de que algo de eso pueda haber sucedido o esté sucediendo. Ocurrió simplemente que Kirchner recibió un puñado de mejores augurios electorales.

¿Cuáles? La posibilidad de que finalmente alcance a vencer en Buenos Aires. Esa posibilidad significa para el ex presidente su última boya política. Tres encuestadores que hasta hace dos semanas hablaban de una marcada paridad entre el kirchnerismo y el PJ disidente denuncian ahora una ventaja para Kirchner y Daniel Scioli. Una diferencia que oscilaría entre los 3 y 5 puntos que, a 35 días de los comicios, no puede considerarse definitiva.

La novedad se estaría produciendo por una combinación de fenómenos. La marea de votos contra los Kirchner continúa inmutable en el interior bonaerense, pero la oposición estaría dividiendo cada vez más esos votos. ¿Qué significaría? Que se verifica un crecimiento de Margarita Stolbizer y Ricardo Alfonsín en detrimento de Francisco De Narváez y Felipe Solá. La distancia entre el PJ disidente y el kirchnerismo se estaría encogiendo. Habrían empezado a tallar los más de 30 intendentes que el radicalismo posee en esa geografía.

Por otro lado estarían ciertos movimientos en el conurbano. Los intendentes que resolvieron poner el cuerpo en la pelea electoral añadirán a sus boletas el sello del PJ porque el Frente para la Victoria representa en esas tierras bastante poco. Allí el peronismo disidente desembarcó muy bien desde el comienzo aunque en las últimas dos semanas estaría transitando una meseta. El problema radicaría en el segundo cordón.

Aquel amesetamiento no parece tener todavía una explicación clara. ¿Quizás las diferencias evidentes entre De Narváez y Solá? ¿Quizás el fogoneo oficial de una denuncia que ligaría a un empleado de De Narváez con un traficante de efedrina detenido? Uno de los interrogantes permite una respuesta mucho más tajante que el otro: la discordia entre los candidatos disidentes es tan grande que debió terciar en la campaña bonaerense Gabriela Michetti, postulante a diputada por la Capital.

Lo cierto es que el peronismo disidente estaría en el conurbano muy por encima de la entente armada por la Coalición Cívica y el radicalismo. Entre los votos que la oposición se divide en el interior y el aparente estancamiento que los disidentes muestran en el conurbano, Kirchner estaría logrando ahora aquella nueva ventaja.

El Kirchner mansurrón que asomó los últimos días quizá tenga explicación en el sedante que significaron para él las noticias de los encuestadores. El ex presidente desplegó un catálogo de declaraciones increíbles si se las compara con las del último año y medio que condicionaron al gobierno de Cristina.

Habló de errores cometidos en el conflicto con el campo, pero no hay aún indicios de que esos errores estén por corregirse. Repitió que Cristina continuará hasta el 2011 aun cuando en junio pueda resignar la mayoría parlamentaria. Por el voto de Julio Cobos en contra de la resolución 125, el matrimonio estuvo a un tris de renunciar. Dijo, emulando quizás a Francois Mitterand, que en democracia se puede disponer de un diputado más o de tres menos. Lo dijo con una soltura llamativa. Hace diez días había advertido que si el Gobierno no conserva la mayoría en el Congreso el país podría volar por el aire. Cuesta aceptar, a esta altura, que exista convicción en esas afirmaciones. En todo caso, son las necesidades que plantea la campaña y con las que suele machacar Scioli en público y en privado.

Kirchner anticipó además su propia versión de lo que considerará en junio una victoria. Habló de un voto más, no de las bancas en el Congreso que con certeza perderá. Las últimas novedades de Buenos Aires le conceden ahora ese aire aunque la desolación en otros grandes distritos -Capital, Santa Fé, Córdoba y Mendoza- lo devuelven al mundo de la incertidumbre.

Su porfía con Santa Fe, por ejemplo, no concluye. No hay día que a través de Juan Carlos Mazzón, un especialista en ingeniería electoral, Carlos Reutemann no reciba mensajes de conciliación. Pero esos mensajes provocan un efecto inverso: el senador no quiere ni que le mencionen a los Kirchner.

Los correos oficiales son un recurso de campaña que el socialismo santafesino no ha desperdiciado. La semana pasada Rubén Giustiniani, el candidato a senador, denunció un encuentro reservado entre Kirchner, Mazzón y Reutemann. No hay constancia de que esa reunión haya existido.

Reutemann se encontró con una jugada quizá no debidamente calculada: Hermes Binner, el gobernador y líder del socialismo, interviene en la campaña más que Giustiniani. Binner se ausentó el miércoles de un acto en Rosario y viajó en avión para participar aquí de un programa de TV.

La suma de adversidades va complicando a Reutemann. Binner sigue siendo una figura con buena ponderación, pese a las enormes dificultades de su gestión. Cualquier vinculación que se pretenda hacer del senador con los Kirchner podría resultar fatal. El matrimonio exhibe en Santa Fe la misma imagen negativa que le impide mostrarse en Capital.

Detrás de Reutemann no está sólo la revalidación de su senaduría. Hay un importante sector del peronismo del interior que apuesta a su fortalecimiento para el 2011. Figura Córdoba, con el gobernador Juan Schiaretti, y el PJ de Entre Ríos que comanda Jorge Busti. Son los dirigentes que asomaron la cabeza, pero hay otros que permanecen acurrucados. Ese espacio político aspira a congregar a otros gobernadores que han hipotecado su fortuna política por seguir los pasos de los Kirchner. Juan Carlos Urtubey, en Salta, y Jorge Capitanich, en el Chaco, estarían afrontando serias dificultades para enderezar en sus provincias el actual rumbo electoral.

Aquel peronismo del interior supone que Reutemann podría constituir un límite para el estirón político de Scioli si el oficialismo se impone en Buenos Aires. Fantasean incluso con una interna entre los dos para dilucidar el candidato presidencial para el 2011. Kirchner abonó esa fantasía cuando sostuvo que le encantaría que el partido resolviera el dilema por medio de una votación. Otra vez la duda: él mismo encaramó en el 2007 a Cristina prescindiendo de las opiniones del PJ.

Esa pila de contradicciones en la que está sumido ahora Kirchner obliga a escrutar el horizonte con ciertas prevenciones. ¿Se prepara el ex presidente, como sugieren sus palabras, para una transición que permita al peronismo conservar el poder en el 2011? ¿O intentará atrincherarse en la hipotética victoria que podría depararle Buenos Aires?

La metamorfosis de Kirchner difícilmente cambie la proporción de votos que recibirán en junio el oficialismo y la oposición. Pero modifica el ambiente político, consolida su clientela y tiende a desnudar las dificultades de la oposición. Los opositores parecen más cómodos cuando confrontan con el Kirchner gritón.

Las palabras de Kirchner van ahora en una dirección pero se advierten actos de Gobierno devorados por la campaña que tomarían un rumbo inverso. Su alianza con Hugo Moyano aparece casi más importante que el sostén que todavía le ofrece el peronismo. Le sigue cediendo al líder camionero impresionantes cuotas de poder. Funciona en el puerto una estación de peaje manejada por esa federación gremial que significaría más que la lógica y abundante recaudación. Se huele, de hecho, un paulatino control del comercio exterior. No hay camión, con granos o lo que sea, que pueda eludir esa estación.

Moyano planea también, luego del 28 de junio, ocupar con un hombre suyo el Ministerio de Salud. Lo manifestó sin cuidados en un encuentro cegetista. Graciela Ocaña, la actual ministro, resistirá hasta esa fecha y luego partirá.

La nueva actitud permisiva de Kirchner alcanzó a casi todo, menos al INDEC y a Guillermo Moreno. Las estadísticas y la economía, según él, están muy bien. El secretario de Comercio es una espada insustituíble y ahora comanda la estatización, con fondos de la ANSES, de una papelera privada. Los fondos de los jubilados y la presencia del Estado se han convertido en pieza clave del tinglado kirchnerista.

Quizá por ese motivo la totalidad del empresariado argentino alertó por la nacionalización de otras tres empresas del grupo Techint que dispuso Hugo Chávez en Venezuela. Hace años que no se escuchaba desde ese sector una advertencia tan enérgica y coincidente. La advertencia repicó aún más frente a la tibieza del Gobierno y el ocultamiento de los Kirchner.

¿Será esa la línea que Kirchner querrá acentuar después de junio? ¿O será sólo la plataforma, como sugiere hoy su docilidad, para un debate futuro y amplio? Que sea una cosa o la otra dependerá mucho de la oposición. También del peronismo. Y de una sociedad que sigue temerosa por el día después.

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