Los Kirchner tensan la transición.

Por: Eduardo van der Kooy.

Daría la impresión de que la Presidenta y el ex presidente no hubieran perdido las elecciones. Resisten cualquier cambio serio. El oficialismo suma problemas en el Congreso. La oposición parece diluirse a la hora de confrontar. ¿Aumentan las prácticas que degradan la política?

Cristina y Néstor Kirchner parecen seguir actuando como si en junio no hubieran perdido. Detrás de la humareda del diálogo se descubre la trama verdadera: la Presidenta no hizo ni una concesión a Agustín Rossi y Miguel Pichetto, los jefes de los bloques oficialistas de Diputados y el Senado, para negociar las facultades delegadas, los superpoderes o intentar atenuar, al menos, el malestar por los aumentos en las tarifas de gas.

Cristina tampoco ha sido permisiva con los gobernadores que recibe todas las semanas. Los relatos son casi idénticos: la Presidenta encalla siempre en un monólogo extrañamente optimista sobre la situación del país y se muestra refractaria a la menor insinuación de críticas. "Ustedes se guían demasiado por lo que dicen los diarios", suele reprochar.

Los mandatarios suponen, a esta altura, que esas rondas resultan inservibles y, a veces, hasta desagradables. Ni Juan Manuel Urtubey, de Salta, ni Mario Das Neves, de Chubut, escucharon lindas palabras de Cristina cuando plantearon diferencias.

Los Kirchner tendrían una mirada sobre la transición distinta a la del resto. Incluso a la de una buena parte de la tropa propia. Suponen que las mayorías relativas que conservarían hasta diciembre en el Congreso les conceden el derecho y la ventaja política de forzar la máquina frente a cada problema. Eso genera tensiones inocultables en el oficialismo e incuba encono en la oposición. No pareciera, así diseñada, la estrategia adecuada para fomentar un clima futuro de gobernabilidad.

El matrimonio presidencial no se caracterizó nunca por una previsión capaz de exceder un día o, tal vez, una semana. ¿Qué sucederá cuando a partir de diciembre el Gobierno pierda aquella mayoría relativa? "Los acuerdos políticos que no puedan establecer ahora no los establecerán después", apuntaba, con inquietud, un dirigente kirchnerista.

¿Por qué razón, entonces, los Kirchner están haciendo lo que hacen? Quizá para sorprender a una oposición que no sabe acomodarse a la transición y que se balancea entre su victoria electoral y una realidad parlamentaria que no tiene equivalencias con la victoria. También, para exhibirse como supuestas víctimas de aquella oposición que dificultaría la gobernabilidad. ¿Víctimas para qué? Para intentar modificar el profundo malhumor social con el kirchnerismo. O ensayar, a lo mejor, algún desmán.

Ese libreto contó la semana pasada con sus primeros narradores. La Presidenta le disparó a un gobernador con tono de ultimátum: "Si el Congreso no aprueba las facultades delegadas, que se haga cargo de las consecuencias". Pichetto fue más franco en la comisión del Senado que discutió las nuevas atribuciones del jefe de Gabinete para reasignar partidas del Presupuesto: "¿Nos van a dejar gobernar?", interrogó, severo, a los opositores.

La gran batalla en ciernes refiere a las facultades delegadas del Congreso al Poder Ejecutivo que caducan el 24 de agosto. Entre esas facultades, que nadie conoce de verdad cuántas son, están los derechos aduaneros. Las retenciones. El motivo del conflicto más grave que conoció el kirchnerismo y que perforó al gobierno de Cristina.

La oposición no alcanzó todavía una postura unificada. Hay en ese espacio enredos y confusión: Mauricio Macri y Elisa Carrió pretenden voltear de un plumazo aquellas delegaciones y construir una política nueva sobre retenciones. El PJ disidente y la UCR promueven una modificación sobre el esquema vigente.

El único avance del conjunto fue concordar en que habría que bajar las retenciones de la soja de 35 a 30 puntos. Alfredo De Angeli puso el grito en el cielo porque preferiría fijarlas en 25. Más allá de ese tironeo, emergería una evidencia clave: la oposición parece estar como antes de la victoria de junio, sin aclarar el dilema sobre el modo de enfrentar a los Kirchner.

Esa falta de armonía pareciera ir desmalezando el sendero que proponen transitar en este tiempo Cristina y Kirchner. Rossi asegura contar con los votos para prorrogar las facultades delegadas. El jefe del bloque también creyó en algún momento del conflicto por la resolución 125 que la aprobaría sin enmiendas. Pero debió recurrir al bisturí para sortear la prueba en Diputados. Es cierto, las circunstancias políticas no son las mismas.

De todas formas, convendría estar atento a un par de situaciones. Cualquier propuesta unificada de la oposición obligaría al Gobierno a negociar. ¿Estarían los Kirchner, en ese caso, dispuestos a abandonar la intransigencia? Hay que seguir también la vida cotidiana en el peronismo. Allí no cesa el disgusto contra los Kirchner, que acentuó la derrota. Ese disconformismo incesante se expresa todavía en partículas y no amenaza con una explosión.

Aníbal Fernández arengó a los diputados para el combate que se viene. El gesto del jefe de Gabinete rompió con un vicio de la Casa Rosada de aislar al Congreso. Pero quizás haya llegado con demora, porque la confianza del oficialismo asoma desflecada. Aquella convocatoria tuvo muchas ausencias, aunque algunas de ellas pudieron justificarse por viajes de legisladores fuera del país.

También fue posible advertir señas de debilitamiento en el Senado. El oficialismo resistió debatir en comisión el aumento en las tarifas de gas. Forzó de esa manera el tratamiento sobre tablas de un proyecto para derogarlo. Hubieran hecho falta los dos tercios, una proporción para la cual la oposición no estaba preparada.

El oficialismo validó su maniobra con un estrecha diferencia de sólo cuatro votos. Ese margen fue producto de ciertas concesiones: dos senadores de Chubut y dos de Jujuy votaron a favor del Gobierno con la condición de que el esquema de tarifas vuelva a comisión para modificarlo. Después, de nuevo, a la Cámara. Sin esos cuatro votos precarios el oficialismo hubiera sido doblegado.

También incidió en el resultado la abstención masiva del bloque federal. Un total de 12 votos. Entre ellos, dos pertenecientes a San Luis.

Hay legisladores oficialistas y de la oposición que consideran que el conflicto del aumento de tarifas de gas -la de otros servicios también empiezan a llegar- podría convertirse para el Gobierno en un trastorno mayor que las facultades delegadas. La suba impacta con dureza en los bolsillos en una época de economía flaca. Los entendidos marcan, además, que lo peor todavía no se vio. Los incrementos actuales corresponden a los meses de abril y mayo. Los fríos más crudos, hasta ahora, se produjeron en junio y julio, cuando se registraron picos de consumo.

Cristina se negó a hablar del tema delante de gobernadores que la interrogaron. Kirchner tampoco parece haberle prestado atención en su escondite de Olivos. El ex presidente se viene ocupando en las últimas semanas de las riendas de la política y del peronismo.

Juntó a un puñado de intendentes bonaerenses a los cuales hace pocas semanas culpó por la derrota. Allí habló de la pobreza que la Iglesia sacó del olvido. Lo trataron con hiriente frialdad. La misma que dibujaron los rostros pálidos de Daniel Scioli y Alberto Balestrini. Se ocupó también de una venganza cavilada hace tiempo contra Alberto Fernández, ex jefe de Gabinete y hombre de confianza desde que los Kirchner irrumpieron en el gran teatro nacional.

¿Qué venganza? La separación de la viceministra de Justicia, Marcela Losardo. Su propio reemplazo como representante del Estado en la empresa Papel Prensa. Un lugar que el ex jefe de Gabinete no había asumido nunca pero que desde ahora ocupará Beatriz Paglieri, milicia de Guillermo Moreno. Una de las razones que detonó en su tiempo el alejamiento de Alberto Fernández fue la creciente influencia del secretario de Comercio entre los Kirchner. Esa influencia, por lo visto, sigue intacta.

Los interrogantes girarían en torno al momento elegido para consumar aquella venganza. Losardo había sido ratificada por el ministro de Justicia, Julio Alak. Al presidente de la Corte, Ricardo Lorenzetti, le había resultado atinada esa permanencia. Tampoco sería motivo de sorpresa la distancia pública que el ex funcionario viene ensanchando con el matrimonio.

Sólo existió una novedad la semana pasada. Alberto Fernández se reunió discretamente con Julio Cobos. En verdad, habían conversado varias veces desde la renuncia del ex jefe de Gabinete. Alberto Fernández le transmitió preocupación acerca de la actitud opositora con las facultades delegadas. Presume que una decisión drástica podría abrir un conflicto de final impredecible.

Aquella cita fue convenida entre ambos, sin intermediarios y por celular. Pocas horas después cayó Losardo. Casi sin interrupción apareció la dama de Moreno.

¿Espionaje de Kirchner? ¿Interferencia telefónica de la SIDE? ¿O tarea rutinaria de la Policía Federal? No habría forma de comprobarlo. Aunque ninguna felonía sería llamativa en el submundo político que, desde hace rato, el ex presidente ha decidido habitar.

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