Los Kirchner sólo suman problemas

Por: Eduardo van der Kooy

Las candidaturas testimoniales siguen causando trastornos al oficialismo. Las explicaciones de Scioli y Massa fueron débiles. El gobernador intenta preservar su imagen, pero aparece entre los fuegos de la oposición y los conflictos del Gobierno. Chávez se metió en la campaña.

A menos de un mes de las elecciones circula una bronca subterránea pero indisimulada en el peronismo. "Después de junio Kirchner (Néstor) deberá entrar en razones. O el partido lo terminará tirando por la ventana", exageró un dirigente de primera línea que milita en el kirchnerismo. "Kirchner estará en la mesa de la decisiones del PJ para el 2011, pero no repartirá las cartas", ilustró un gobernador importante, popular en su provincia, también con apetencias presidenciales.

Ese malestar parece tener múltiples orígenes. Hay gobernadores que se distanciaron de los Kirchner apenas despuntó el conflicto con el campo. Es el caso de Juan Schiaretti, de Córdoba, a quien Cristina Fernández hizo el viernes un desaire. Pero hay otros que pusieron el pecho y que exhiben las escoriaciones políticas por semejante lealtad. Ocurre que en medio de la desgracia habrían sido condenados a la soledad.

Jorge Capitanich lidia todavía con la epidemia del dengue en el Chaco. Cuando necesitaba una mano del poder recibió una bofetada. Kirchner prohibió a los ministros que visitaran la Provincia. No fue, como debió ser, una decisión de Cristina. "El dengue es un problema de ellos", disparó con desaprensión el ex presidente.

Las malas noticias son siempre para el matrimonio propiedad del fatalismo o también de los demás: no han dicho ni una palabra de consuelo desde que la gripe A llegó de México. La epidemia está castigando a los escolares.

Graciela Ocaña no respetó aquella orden de Kirchner. No podía respetarla porque se trata de la ministro de Salud y de una funcionaria que, con aciertos y errores, antepone siempre el sentido común. Pero esa demostración de autonomía le costará a futuro el cargo. Ocaña cuenta los días que le restan para dejar de pertenecer al Gobierno kirchnerista como lo haría cualquier mortal en un presidio.

Juan Manuel Urtubey sigue respaldando al Frente para la Victoria en Salta, pero su relación se entibió con el matrimonio por la pelea con el campo. Urtubey percibe la ausencia kirchnerista en la provincia y, a la par, el crecimiento electoral que registra el peronismo del ex gobernador Juan Carlos Romero.

Daniel Scioli oculta los sufrimientos y las angustias. Pero siente íntimamente que las candidaturas testimoniales lo han colocado en los umbrales de una trampa. Su mayor capital ha sido siempre su imagen y sencillez que, entre tantas cosas, le permitieron sortear aquel compromiso que firmó en el 2002 con Eduardo Duhalde mediante el cual proponían no volver a ser candidatos nunca más. Era la época efímera del "que se vayan todos" en la sociedad.

El gobernador de Buenos Aires se ve enredado ahora en una campaña que lo fuerza a referirse a las candidaturas testimoniales y a las asunciones eventuales. Resulta difícil explicar lo que a la vista asoma inexplicable.

Scioli forcejea con la oposición y con Kirchner al mismo tiempo. La oposición electoral es todavía, según la mayoría de las encuestas, el PJ disidente que encabezan los casi divorciados Francisco De Narváez y Felipe Solá. Pero la oposición que lo reta a caminar sobre un terreno cenagoso es la alianza de la Coalición Cívica con los radicales. La estrategia de los radicales, inspirada por Ricardo Gil Lavedra y Gerardo Morales, consistió en impugnar la convalidación de las candidaturas hecha por el juez electoral Manuel Blanco.

¿Para qué las impugnaciones si el epílogo estaba cantado? ¿Para cumplir con el deber ético y político? ¿Por qué razón tantas advertencias del ministro de Justicia, Aníbal Fernández, acerca del riesgo de que la Cámara Electoral aceptara esas impugnaciones?

Los radicales y Aníbal Fernández conocían de antemano las entretelas de esta historia. Los jueces de la Cámara Electoral son hombres de indiscutido derecho pero, además, emparentados con algún pasado radical. No estaban dispuestos a legitimar sin mácula, como hizo Blanco, las postulaciones de Scioli y Sergio Massa, el jefe de Gabinete. Los invitaron a exponer sus intenciones futuras en forma pública. Frente a la pregunta acerca de si estaban dispuestos a asumir sus bancas tuvieron que responder escudados en la ambigüedad. La tarea de lijamiento estaba hecha.

Ese lijamiento a la imagen es la peor afrenta para Scioli. Existe otra carga que le pesa al gobernador: es la figura de Kirchner, aunque esa figura sea ahora la de un hombre sosegado. Las encuestas semanales arrojan cierta tranquilidad, pero también ramalazos de zozobra. El oficialismo está ganando Buenos Aires aunque hay ánimos cambiantes e indefinidos en conglomerados importantes. Veamos uno: Kirchner-Scioli se imponen en La Matanza, un bastión peronista, por más de 15 puntos pero se advierte todavía casi un 30% de indecisos. El 80% de ellos, al ser interrogado, sostiene que no estaría dispuesto a votar a ningún candidato del Gobierno.

Scioli no puede hacer nada con las maniobras de la oposición. Menos puede hacer aún con Kirchner. Antes de aceptar la candidatura testimonial pensó en negociar ciertas condiciones políticas con el ex presidente. Hasta pensó que él mismo debía liderar la lista. Pero no se atrevió. Apenas consiguió que Kirchner moderara su mensaje en la campaña.

¿Qué hará el 29 de junio, el día posterior a la elección? ¿Qué hará si el kirchnerismo se impone como hoy auguran las encuestas? ¿Saldrá a imponer su aspiración presidencial o esperará los movimientos de Kirchner? ¿Le reconocerá el ex presidente esa pretensión y su aporte en la victoria o intentará emprender el escarpado camino de la sucesión de Cristina? En esos interrogantes se esconde la posibilidad de una transición relativamente normal hasta el 2011 o de un horizonte político muy convulsionado.

No hay motivos ahora mismo para imaginar algún futuro apacible. Esa puja entre Kirchner-Scioli está en ciernes. Lo está además el desafío de Carlos Reutemann. Y la determinación de sectores peronistas que militan en la disidencia que después de la elección, tal vez, pretendan regresar al partido para batallar contra Kirchner.

Scioli aclaró que en la Argentina no se avecina ninguna tanda de estatizaciones, en un intento por distanciarse de Hugo Chávez y también de la debilidad de los Kirchner para enfrentar el conflicto en que los introdujo su amigo venezolano al nacionalizar otras tres empresas del grupo Techint. Pero esos intentos del gobernador quedan muchas veces a media agua.

Tampoco Scioli confrontó con el campo en los largos meses del conflicto. Hasta tuvo gestos conciliadores opuestos a la hostilidad de los Kirchner. Pero no pudo evitar que la ira de los productores rurales se terminara volcando en Lobería sobre él. Detrás de los campesinos pudo haber estado la maldad de los políticos en campaña. Haya estado o no, la patética metodología del escrache atiza más en la Argentina un clima de violencia y fragmentación que permanece latente.

Aquellas palabras de Scioli para disipar las dudas sembradas por Chávez parecieron palidecer de nuevo frente a la domesticación con que el Gobierno afrontó el problema. Nadie podía pretender que el mandatario de Venezuela diera marcha atrás con su decisión. Pero una conducta más firme de los Kirchner hubiera derramado alivio y no intranquilidad en sectores clave de la economía.

Esa falta de firmeza podría responder a dos razones. El matrimonio comparte, en esencia, el pensamiento de Chávez. Pudo estar al tanto, incluso, de lo que iba a ocurrir. La inquietud había sido transmitida a Cristina por un alto ejecutivo de Techint que había regresado de Caracas luego de concluir la negociación por la primera nacionalización, la de la empresa Sidor, también perteneciente al grupo siderúrgico. Hubo un emisario que también habló con Kirchner. La Presidenta y el ex presidente respondieron con mensajes vagos.

Además, figura el vínculo político que los Kirchner han desarrollado estos años con Chávez. Ese vínculo tuvo el soporte del financiamiento que brindó Venezuela en tiempos difíciles del Gobierno. También, en la expectativa creada por supuestos planes energéticos. Ya es oficial que Caracas no facilitará más dinero a la Argentina. Los Kirchner sueñan ahora con la ayuda de Brasil. De aquellos planes energéticos no queda casi nada. ¿Por qué motivo, entonces, tanta sujeción política del Gobierno a Chávez?. ¿Por qué semejante endeblez para reaccionar? Cualquier respuesta aproximada correría riesgo de ser cubierta por una nube de sospecha.

El campo no ceja en sus reclamos. Los empresarios e industriales, después de lo de Chávez, se han sumado al estado de alboroto. Hugo Moyano objetó la decisión de Chávez y por primera vez en campaña admitió un aumento de la desocupación. Campesinos, empresarios y obreros figuraban en el gran acuerdo de Cristina y Kirchner para el Bicentenario. ¿Podrán al final reflotarlo? ¿Habrán dejado por un instante la elección e imaginado los dos años de Gobierno que faltan?

La única certeza entre tanta incertidumbre es que los Kirchner no dejan pasar oportunidad para congregar enemigos

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