KIRCHNER, SÓLO, YA CON 60 DIPUTADOS

Por: Rubén Rabanal

Néstor Kirchner siempre imaginó las elecciones del 28 de junio como un plebiscito a la gestión del matrimonio. Así organizó la campaña y a ese resultado apuntaron todas las advertencias sobre la colección de plagas y desventuras que le podían esperar al país si no lo acompaña con el voto.

A ese resultado general apunta también el Gobierno, que sabe que en el interior del país no tendrá ningún centro urbano donde reclamar la victoria, número que deberá compensar con los votos del primer y segundo cordón bonaerense para poder bordar un discurso triunfalista esa noche. Esa visión, que siempre apoyó el kirchnerismo más sumiso, no puso jamás la lupa sobre la verdadera elección que se juega en junio: la renovación de bancas en el Senado y Diputados que puede complicar o aliviar las penurias de Cristina de Kirchner en la presidencia desde el 10 de diciembre de este año hasta 2011, cuando deje el sillón de Rivadavia. Tampoco que las preocupaciones del peronismo por la sucesión de su actual conductor adelantaran al 29 de junio la lectura sobre cómo se comportarán los bloques en el Congreso.

Es cierto que para las urgencias del oficialismo la integración del Congreso y hasta la forma en que conducirá el nuevo bloque kirchnerista son un tema para tratar más adelante. Hoy no hay tiempo en medio del frenesí de la campaña.

Pero en ese tren el oficialismo no se percató de que la cantidad de bancas que puede considerar absolutamente leales bajó ya a niveles peligrosos. No es que sea necesario por estos días para el Gobierno reunir el Congreso para aprobar algún proyecto políticamente complicado: de hecho, hasta los jefes de los bloques pidieron entrar en receso sin fecha cierta para la vuelta al trabajo. El problema para Néstor Kirchner es que la interna del PJ y sus propios conflictos dentro del kirchnerismo le adelantaron otro resultado que podría complicarle la vida a la Casa Rosada desde el 28 de junio hasta diciembre: si el ex presidente no consigue ratificarse con un triunfo acomodado en las elecciones de fin de mes, será difícil que mantenga el control sobre más de 60 diputados en la bancada oficial.

Ése es el número máximo que tiene hoy el oficialismo y que se mantiene leal a toda prueba. El resto de los diputados, de casi todas las provincias, ya reacciona más a las órdenes de su gobernador (en la mayoría de los casos, ya en puja por la sucesión dentro del peronismo) que a las prioridades que le fije la Casa Rosada al Congreso. De hecho, en muchos casos, el PJ no presentó lista (como en Santiago del Estero), por lo que quedó a merced de los aliados del lugar. Esos tiempos de alineamiento automático ya parecen haber pasado.

No es un capricho afirmar que a los bloques parlamentarios se los debe medir en las malas, jamás en las buenas. Hasta ahora, los Kirchner, a pesar de haber perdido una veintena de diputados (si se compara la actualidad con el número que ostentaba el oficialismo en diciembre de 2007), podían negociar y, con aliados, conseguir aprobar leyes políticamente indigeribles. Así lograron el adelantamiento electoral, la privatización de las AFJP o la estatización de Aerolíneas Argentinas.

Fueron todos proyectos conseguidos cuando el kirchnerismo ya no tenía quórum propio. Las elecciones comenzaron a deteriorarle ese panorama aún más, y Kirchner poco pudo hacer en el armado de listas para afirmar la situación interna de la bancada. De hecho, hasta el presidente actual de ese bloque, Agustín Rossi, no tiene diálogo con el ex presidente: uno considera que fue abandonado bajo el fuego impiadoso de Carlos Reutemann, el otro que fue traicionado al no aceptar declinar su candidatura en la provincia.

Esa pelea entre ambos puede terminar con un curioso epílogo: Kirchner no apoyó a Rossi para su reelección, pero tampoco tendrá otro legislador que le garantice un bloque unificado, una tarea que no podrá realizar ni que él mismo intente ponerse a la cabeza de su bancada.

Tampoco pudo el ex presidente frenar el desequilibrio anticipado que presenta hoy la bancada, con el armado de la lista de diputados por la provincia de Buenos Aires. Aunque las candidaturas de Daniel Scioli y Sergio Massa sean testimoniales (es decir, que habilitan a que dos candidatos del fondo de la lista puedan asumir), son pocas las almas que Kirchner pudo contentar cuando armó la lista bonaerense.

Con los cuatro primeros puestos jugados, debió limitarse a garantizarles la reelección a leales a toda prueba, como Héctor Recalde, Diana Conti (imprescindible en el control de jueces), Carlos Kunkel, Luis Cigogna, Mariano West, Carlos «Cuto» Moreno o Dante Dovena o Edgardo Depetri. A partir de ellos comienza la zona gris en la lista donde nadie puede garantizar un resultado. El problema es que, a fuerza de reelegir, esos candidatos son los mismos que integran hoy el núcleo duro de alrededor de 60 ultrakirchneristas leales, prueba clara de que no será ésta una elección para sumar.

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