Kirchner-UCR, socios del silencio

Por: Ignacio Zuleta

«Cuídenlo a Ricardito». La frase, que pudo ser la póstuma de su padre, la pronunció hace pocas horas Néstor Kirchner. Para el santacruceño, la elección del 28 de junio no es una legislativa: es una interna del peronismo en la que persigue renovar la jefatura que sus compañeros le confiaron después de su derrota electoral de 2003 al sacarle el banquito a Carlos Menem en el ballottage. La amenaza que tiene para esa jefatura es la calidad del resultado que logre en la provincia de Buenos Aires. Resignado a que el oficialismo perderá bancas, el único resultado airoso para él será una diferencia notable respecto de sus adversarios del peronismo disidente.

Eso explica la última orden que dio para el tramo final de la campaña: oxigenar la lista Stolbizer-Alfonsín en aquellos distritos de la provincia -los del interior- en donde pueda sacarle alguna diferencia a la de De Narváez-Solá. Nadie lo admitirá, pero es el mandato que han recibido de Olivos los punteros territoriales de los partidos en los que el peronismo disidente tiene más apoyo, y en donde presume de saber de encuestas que lo dan ya ganándole al kirchnerismo (una de ellas motivó un llamado madrugador del ex presidente a un «pollster» oficial que dio el dato).

La pelea con el campo hace comprensible que el electorado del interior de la provincia, incluyendo a ciudades grandes como Mar del Plata y Bahía Blanca, respalde el discurso de Solá, encargado por este peronismo de trabajar ese electorado. Pero en esos distritos, el radicalismo tiene también un voto de clase que sostiene una red de adhesiones importante que le permiten disputar el voto opositor. Es en esos lugares en donde el kirchnerismo ordena, como el socio del silencio, no pelearle al ticket Stolbizer-Alfonsín, sujeto hoy de ese fenómeno que viven algunas formaciones de recibir una ayuda que no saben de dónde viene.

Algo parecido a lo que le pasaba a Menem en 1988 cuando recibía apoyos no pedidos ni identificados del Gobierno de Raúl Alfonsín en su pelea con Antonio Cafiero. Cuando asumió y vio papeles que habían quedado en algunas oficinas -las de la SIDE, por ejemplo-, se enteró el riojano de quién pagaba afiches y campaña en su favor, sostenidas por la creencia alfonsinista de que le sería más fácil a Eduardo Angeloz enfrentarse con Menem que con Cafiero.

El silogismo de campaña es clarito: si la lista de Stolbizer crece, lo hace en desmedro de la de De Narváez. Ninguna de ellas ganará, pero si evita la polarización entre las dos fracciones del peronismo, la diferencia del kirchnerismo por sobre los disidentes se ampliará.

Descontada la derrota del Gobierno al perder las bancas ganadas en la buena elección de 2007, la pelea por la calidad de ese revés es clave para Kirchner. Sabe que el peronismo, que gobierna a través de una mesa de gobernadores que nunca se expresa en público, lo destituirá como jefe partidario si es derrotado en Buenos Aires, o si la diferencia por sobre el otro peronismo no es significativa. En estas horas, el Gobierno instruye a sus voceros para que instalen en lo que queda de la campaña el número áureo que permitirá que Kirchner siga siendo el jefe. Dirán que si gana por 8/10 puntos en Buenos Aires por sobre sus opositores del peronismo, el 2011 lo tiene que tener como protagonista. Si la diferencia es menor, el peronismo entra en debate. Nadie imagina hoy una derrota, que le sacaría a esta elección el carácter que tiene de ser una interna del peronismo y pondría al país en otra dimensión, sí, desconocida. Que es una interna lo explica el énfasis que le pone Kirchner en la campaña al abrazo al peronismo tradicional, soporte que nunca abandonó en elecciones. También su resignación al método Scioli que expresa de manera impecable la ex menemista Nacha Guevara, y que borra casi un lustro de declaraciones y gestos dedicados al escarnio de los símbolos partidarios en búsqueda del favor del voto de sectores medios que nunca le permitieron al kirchnerismo salir de la primera minoría en elecciones o en bancas del Congreso -que el oficialismo tenga la mayoría legislativa es una ficción publicitaria semejante a aquellas encuestas de popularidad del 70% que jamás se volcaron en resultados electorales-. Tuvo esa mayoría por unas semanas después de la asunción de Cristina de Kirchner, pero desde 2003 el oficialismo siempre armó mayoría con aliados cada día más caros.

Nervios

Esa resignación la vive Kirchner con nervios; por ejemplo, ésta es una elección sin encuestas, salvo esas manualidades de pocos casos que esgrime el oficialismo cuando quiere recuperar el ánimo y que cuestan unos pocos pesos. El Gobierno es el único que podría pagar el costo de una encuesta lo suficientemente abarcativa y que seguramente daría un pronóstico del resultado (alrededor de los $ 300 mil, hay plazos). Como no está seguro de que el resultado que arroje contenga la cifra áurea de la diferencia que necesita Kirchner, mejor no hacerla. No para no ver la realidad, sino porque sería imposible impedir que esa encuesta llegase a los medios en pocas horas, complicando una campaña ya con problemas.

Esa mezcla de resignación y de nervios explica otros hechos notables, pero poco atendidos, como la estampida en que entró la actual cúpula de la Cámara de Diputados, cuyos espadones buscan destino en otras querencias. La vicepresidenta Patricia Vaca Narvaja ni es candidata a renovar la banca; nadie asegura que el jefe de bloque Agustín Rossi pueda lograr el piso para repetir mandato por Santa Fe. Su sombra, José María Díaz Bancalari, es candidato a senador provincial y anunció ya que deja el Congreso nacional para rehacer su vida. También se queda afuera Alberto Cantero, que presidió la Comisión de Agricultura en la guerra con el campo. Este descabezamiento de Diputados es la radiografía más sincera del poder kirchnerista y sólo tiene un antecedente: en 2001 Rafael Pascual, presidente de la Cámara cuando gobernaba Fernando de la Rúa, se quedó sin banca al perder una elección interna en su distrito. Fue un melancólico homenaje a la pasión internista de los radicales pero también un diagnóstico del estado terminal del poder delarruista.

La dificultad de Kirchner en la elección es también la de los demás candidatos: el público se comporta como si ya hubiera votado hace rato, y les es muy difícil a los partidos promover deslizamientos significativos. Quienes apoyan a Kirchner lo decidieron hace rato, y es difícil que porciones significativas de los votos cambien de opinión por un afiche, una caminata ni aun una imitación tinelliana -además, porque las máscaras se parecen bien poco a los originales-. Lo mismo se presume de otras mutaciones si se mira con atención la adhesión que manifiesta el público hacia las figuras de la política. En la mayoría de los sondeos no hubo en el último año cambios significativos, salvo la mejor ponderación de Ricardo Alfonsín por efecto de la muerte de su padre, y Julio Cobos, Carlos Reutemann y Gabriela Michetti siguen a la cabeza de las preferencias del público, aun de aquellos distritos en donde no son opción electoral (siguen al fondo Carlos Menem y Luis D'Elía). Tampoco el debate que pueda cruzar a los candidatos parece perforar decisiones ya tomadas; la Argentina es un país que hace un año y medio vive en pleno debate. Es un lujo para quienes exigen este tipo de esfuerzos a los dirigentes. Desde que estalló la pelea Gobierno-campo en la Argentina se ha discutido todo: el reparto de los impuestos, el control del Congreso, las autoridades partidarias, la constitucionalidad de las retenciones, el fuero nacional vs. las provincias, el rol de los medios, la prensa y los programas de imitaciones, la lucha de clases, las leyes electorales, la forma de elegir candidatos, la historia del peronismo, oligarquía vs. peronismo, el control del orden público, las relaciones del país con el resto del mundo. Ese debate se ha hecho en las calles, los medios, la academia, y parece haber agotado la capacidad dialéctica de los candidatos y de su auditorio, que en ese trámite ha manifestado ya sus preferencias, que traslada al humor que recogen las encuestas de opinión y que se va a reflejar seguramente en las urnas.

De ese humor nace la exasperación hacia la dirigencia que le ha puesto el libreto a la campaña y le limita las apariciones en público so pena de escrache. Los comandos del oficialismo y la oposición no pueden predecir ni con un día de anticipación en dónde van a estar, y la confección de las rutinarias agendas de campaña se ha convertido en un género del periodismo de investigación. Si avisan, se van a encontrar con el escrache de rigor, como le pasó al trío de Macri-Solá-De Narváez el miércoles en Capital, o ayer a los Kirchner en Chacabuco y Coronel Suárez. Quienes organizan esas apariciones -necesarias para producir noticias en los medios- mantienen en secreto qué se va a hacer cada día, y le avisan al candidato horas antes del acto y al puñado de movileros encargados de registrar esta campaña que transcurre casi en la clandestinidad, aunque sus protagonistas simulen vivir empapados de pueblo.

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