Kirchner y Scioli ya no tienen retorno.

Por: Eduardo Van der Kooy.

El matrimonio presidencial pone sus baterías electorales en Buenos Aires. El gobernador acompaña, pero hay intendentes que aún dudan. Las candidaturas testimoniales no parecen caer bien. Las estrecheces de la economía se empiezan a notar. Enigmas después de junio.

Declinará finalmente Néstor Kirchner su candidatura en Buenos Aires? ¿O será Daniel Scioli, en vista de las dificultades, el que resuelva dar un paso atrás? Esas dos preguntas, por encima de tantas otras, merodean ahora el teatro electoral. Esas dos preguntas se nutren del sinfín de desvelos que sufre cada día el Gobierno y de una estrategia urdida para las elecciones de junio que nunca termina de encontrar su rumbo.

Las preguntas, salvo algún imponderable, parecen tener respuestas: Kirchner será candidato a diputado y Scioli lo acompañará. El peronismo bonaerense no tiene otra receta. Hay en la decisión de ambos cierta dosis de fatalismo: calculan que la realidad no les está dejando alternativa, excepto que estén dispuestos a enterrar sus destinos políticos.

El ex presidente carece de margen para el retroceso después de que exigió a los intendentes bonaerenses las candidaturas testimoniales. Varios de esos funcionarios están viendo cómo sus imágenes decaen en sus comunidades. Su deserción podría acelerar la indisciplina y el desgranamiento en el peronismo. Será el partido oficialista el soporte de Cristina Fernández en los dos años largos de mandato que le restan.

Si el gobernador de Buenos Aires no atinó a tomar distancia cuando la jugarreta se lanzó, difícilmente pueda hacerlo cuando quedan sólo dos meses para los comicios. Scioli no dispone, igual que Kirchner, de ninguna opción sencilla. Una pelea ahora abriría interrogantes sobre el futuro de su administración. La posibilidad de una derrota condenaría a los dos. Sólo la victoria emerge como una tabla de salvación. Y tampoco, tal vez, cualquier victoria.

Se advierte en estas vísperas, sin embargo, una diferencia en las adyacencias del ex presidente y del gobernador. Nadie se atrevió a sugerirle a Kirchner que quizá debía recapacitar sobre su candidatura. Ni siquiera se animaron aquellos que en los sondeos de opinión pública han comenzado a percibir algo: que la espuma de la dupla Kirchner-Scioli se viene aplastando y que habría variantes que la empiezan a empardar. Por ejemplo, la combinación del gobernador con Sergio Massa, el jefe de Gabinete.

El universo de Scioli es diferente. El gobernador cambia impresiones con sus colaboradores y con amigos fuera del poder. También escucha. Escuchó impactado cuando un asesor bien cercano le dijo la semana pasada mientras ojeaba una encuesta: "Te dije que era mejor que no siguieras con esto".

Pero Scioli está dispuesto a seguir. ¿Cómo pedirle a Kirchner que se apartara?, según le había aconsejado un confidente. ¿Cómo bajarse ahora en medio del río sin desatar un torrente?, según le susurran asesores y ministros. El gobernador decidió anudar su suerte a la de Kirchner y esperar que una buena elección lo coloque quizá como un presidenciable indiscutido para el 2011. Sólo quizá, porque para llegar a la meta habrá un tiempo largo y complicado por delante, con una crisis económica y social, con los imponderables que suele deparar la Argentina y con los misterios que siempre oculta Buenos Aires.

Scioli confía en su propia campaña y en su estrella para salir a flote. Pero la línea electoral que va fijando Kirchner lo desacomoda y no rinde los frutos esperados. El adelantamiento electoral fue pensado como un recurso para entorpecer a la oposición. Pero la oposición, incluido el PJ disidente, muestra un progreso persistente. La postulación de Kirchner se hizo con una evidente sobreestimación

de la imagen actual del ex presidente. La apelación a Scioli fue urdida como un golpe final. Pero la elección en Buenos Aires, que develará si el Gobierno zafa o no, continúa abierta y con demasiados enigmas para el oficialismo.

Los encuestadores están divididos. Tres consultoras vaticinan ahora, con cierta firmeza, la chance de que el PJ oficial sea derrotado en Buenos Aires. Otras cuatro le adjudican todavía la victoria a Kirchner-Scioli. Pero notan que con el paso de los días las diferencias se achican. Los más optimistas le conceden una ventaja no mayor a 6 u 8 puntos a la fórmula kirchnerista. Y hay que transitar aún dos meses.

Para colmo, Kirchner alterna en la Provincia un tono componedor, como aspira Scioli, con referencias inútilmente hostiles. La semana pasada anduvo por Mar del Ajó y vinculó de nuevo a la dictadura y a José Alfredo Martínez de Hoz con el conflicto con el campo. O existe obstinación o un profundo desconocimiento: aquella ciudad balnearia pertenece al partido de General Madariaga, donde la actividad agrícola es su médula. Lo rodea además una región de influencia que integran Ayacucho, Tandil, Azul, Olavarría, Balcarce. Muchos de esos intendentes se agarraron la cabeza.

Los intendentes tiemblan por el juego al que se los ha obligado a jugar. Los del conurbano pretenden armar sus listas con el sello y el escudo del PJ y no con el Frente para la Victoria que inventó Kirchner. Necesitan como nunca en estos años la impronta peronista y también necesitan ser prácticos: la boleta del PJ es en los cuartos oscuros la número dos; la del FPV es la vigésima. El hábito electoral en muchas de esa zonas indica que a los votantes les atrae la simbología peronista, pero además la facilidad de encontrarla en las primeras boletas a la vista. En la elección del 2007, cuando ganó Cristina, los intendentes optaron por las boletas del PJ y relegaron al FPV para las llamadas colectoras.

El problema de aquellos intendentes, como el resto de la sociedad, no son sólo los ardides para una elección anticipada sino los malos augurios de una realidad a la cual el Gobierno desatiende obsesionado por junio. Asusta el encapsulamiento de los Kirchner, que siguen aferrados a un paisaje económico que no existe. Lo de las cifras de la inflación del INDEC es un tema trillado pero el matrimonio relativiza ahora un descenso en la producción (apenas un 0,4% en la industria en marzo respecto del mismo mes del 2008) que todos los sectores registran. La UIA afirman que el descenso industrial es ocho veces mayor que lo que refleja el INDEC. Consultoras privadas lo estiran a diez veces. La Presidenta ha perdido reflejos y rigor en sus explicaciones: mencionó el flujo turístico de la Semana Santa como demostración de lo bien que anda la Argentina.

Cualquier voz disidente genera enseguida un gesto de furia. El Gobierno replicó un pronóstico del FMI que señala una caída de 1,5% del PBI para este año. Adujo, con razón, que el organismo no ha sido eficiente con anteriores valoraciones del país. Pero objetó que para su informe haya utilizado datos de consultoras privadas que, a juicio suyo, no son confiables. ¿Los son acaso las que difunde desde hace varios años el INDEC?

La pelea con el FMI se produce en un tiempo en que los Kirchner andan a la búsqueda de plata. La caja del Estado se vacía. Carlos Fernández viajó a Washington para observar si es factible la entrega de los 2.500 millones de dólares que le corresponderían al país después de que el G-20 resolvió capitalizar al organismo. Brasil puso a disposición otros 1.500 millones luego de la visita de Lula.

Las urgencias afloran y no amenazan únicamente al matrimonio. El Gobierno lleva utilizados más de 7 mil millones de pesos de la ANSeS pero Scioli debió recurrir en Buenos Aires a 1.600 millones del Instituto Previsional para que la Provincia no se pare.

El Gobierno interviene cuando no debe hacerlo y desaparece cuando su presencia resultaría imprescindible. Kirchner se brotó por un informe crítico sobre la situación energética de ocho ex secretarios y les negó un salón de la Facultad de Ingeniería. La prohibición no sólo se convirtió en un episodio político de resonancia: también sirvió para validar la palabra de aquellos ex funcionarios, varios de los cuales no tuvieron un tránsito feliz por el poder.

Los Kirchner, en cambio, se niegan con tenacidad a hablar sobre la epidemia del dengue. Graciela Ocaña ha sido condenada a la soledad y obligada a lidiar con algunas situaciones políticas que la exceden. ¿Cómo actuar en el pandemonio político de Chaco, epicentro de la enfermedad? Allí hay cuestiones vinculadas al área de salud que Jorge Capitanich no logra ordenar. En el área está su esposa, Sandra Mendoza.

El silencio no es, en ese caso, el único pecado que arrastra el matrimonio. La ministra de Salud pudo hablar en todo este tiempo de epidemia sólo una vez con la Presidenta. Fue para informarle que haría una exposición en el Senado.

Ocaña está empeñada en paliar, al menos, la epidemia antes de que lleguen los comicios. Quizás esos comicios sean el límite de su permanencia en el Gobierno y de pertenencia al espacio político kirchnerista. No le desagradaría un regreso al llano.

Los Kirchner han roto lazos con ella, entre otros motivos, porque la transversalidad no existe. Existe sólo el PJ bonaerense y la CGT. Existen, sobre todo, las elecciones.

Esa actitud siembra dudas sobre el futuro. Esa actitud no ayuda a regenerar confianza. ¿Será capaz la oposición de generarla? Hay una nación y una sociedad que atisban con cierto temor. Que aspiran a que la vida normal continúe después del último domingo de junio.

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