Kirchner-Scioli, pactos rotos y la bóveda de los patacones

Por: Pablo Ibáñez

«¿Qué más quiere que haga?». Daniel Scioli sólo encuentra silencio. Retórico, esconde en esa pregunta -que nadie acierta a responder- su intriga sobre el porqué del destrato al que lo somete Néstor Kirchner al no destrabar los fondos para que pueda pagar los sueldos.

Son, «apenas», 250 millones de pesos. Una gota de agua en el océano de la caja nacional. Poco más del doble de los 97 millones de pesos que el Estado le giró a la AFA como primer pago para desembarcar en el gerenciamiento del fútbol televisado.

Desde que juró como gobernador, en diciembre del 2007, es la primera vez que Scioli padece el estigma Solá. Cada tanto, el ex gobernador caía en un desvelo patológico porque Kirchner, sin más motivo que atormentarlo, demoraba la transferencia de fondos.

«Fui candidato. Aposté mi carrera política en la elección. Hago todo lo que me piden. ¿Qué más tengo que hacer?», se interroga, desolado, el gobernador. Desecha, con un resto de estoicismo, los pronósticos más brutales que susurran a su lado. A cual más dramático.

Rescata, al final, su optimismo inoxidable y se consuela con que tiene 48 horas de tiempo para gambetear el precipicio. El viernes cruzó unas palabras con Cristina de Kirchner y creyó percibir un gesto componedor. Un asunto muy espinoso para discutirlo con mímica.

Si entre lunes y martes no ingresan los recursos del PAF -a los que está atada la cuenta sueldos bonaerense-, sería inevitable que el cronograma de pagos (que para setiembre aún no se confeccionó y habitualmente comienza el último día de cada mes) deba postergarse.

Pésimo indicio. Teme que se convierta, como le ocurrió a Solá, en un lamento repetido cada fin de mes. Para cerrar el año necesita, como mínimo, 2.500 millones. En diciembre, en vez de 250 como ahora, necesitaría 1.750 millones: se juntan salarios y aguinaldos.

Eso sin contar proveedores, a quienes atrasó los pagos y espera un OK para emitir un bono para ellos, y sin computar la demanda de los municipios, que cada vez con más frecuencia piden auxilio de la provincia para cubrir gastos corrientes.

Interviene, ahí, el bumerán Moyano. Como en un dominó perverso, los Kirchner negocian con el camionero un incremento salarial que rebota en los municipios por las empresas de recolección de residuos, y estos desfilan a La Plata a suplicar recursos.

Un mes atrás, Scioli charló durante media hora con Felipe Solá en la residencia de La Plata. El ex abandonó inquieto el encuentro porque escuchó a su sucesor decir que el rojo fiscal era, en un podio de problemas, el tercero en importancia. El PJ, por caso, rankeaba por encima.

El gobernador dormía, sin fantasmas, sobre un pacto que suponía sólido, suscripto en noviembre de 2006 cuando aceptó mudarse a la provincia para ser gobernador y que se renovó cuando se plegó a la lista de diputados, detrás de Kirchner, en mayo pasado.

La semana pasada, con los pagos demorados, ese pacto de asistencia financiera quedó en stand by. En esas horas, Scioli se notificó de una teoría redactada en Olivos, dictada por el patagónico, que atribuye la derrota del 28-J a la «mala gestión» bonaerense.

Asomó la hipótesis de un operativo desgaste contra su figura, animado por los Kirchner, y un diagnóstico brutal sobre que «el garante» del pago de sueldos en la provincia deje de ser el gobernador y se corporice en otro referente. Simple y lineal: Alberto Balestrini.

En esa instancia apareció, como contraofensiva, el planteo de una ruptura abierta y desafiante con la Casa Rosada. Y el atajo menos deseado: en la bóveda del Tesoro bonaerense descansan, todavía, los patacones emitidos en la época de Carlos Federico Ruckauf.

Como una mueca de la historia, hay 2.705 millones en esos billetes con la cara de Dardo Rocha. Una cifra irónicamente similar a la que necesita Scioli para cubrir el rojo de 2009. ¿Necesita una ley para hacer circular esos papeles? Podría, le dicen, hacerlo sólo con un decreto de emergencia.

El manotazo, extremo, fue analizado por varios ministros en La Plata. Scioli, ante la menor insinuación, lo desechó. Martilla, obstinado, con el concepto de que «Néstor y Cristina» lo van a asistir. «Lo prometieron», se promete, a la espera de un llamado de Alejandro Arlía con una buena noticia.

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