Los Kirchner no salen del encierro.

Por: Eduardo van der Kooy.

Un nuevo fracaso en el intento de destrabar el conflicto con el campo. Y otra oportunidad desaprovechada por el Gobierno. Prevalece el estilo férreo del ex presidente, aunque sigue causando fragmentación. El oficialismo empieza a tener muchas dificultades en el Congreso.

La pelea con el campo cubre de nuevo casi todo el escenario político. Pero entre las bambalinas de ese escenario la existencia es bien distinta de lo que era un año y medio atrás. El Gobierno de Cristina y Néstor Kirchner lidia con otros viejos problemas irresueltos y empieza a sufrir los efectos de una anemia desconocida hasta ahora, que sucedió a la derrota.

Los Kirchner parecen mecerse, desde hace rato, entre las oportunidades y las decepciones. El matrimonio dejó escapar el año pasado no menos de tres ocasiones -una de ellas cuando renunció el ministro Martín Lousteau, autor de las resolución 125- para zanjar el conflicto sustancial que lo tiene atrapado. Ese conflicto, que arrancó como una legítima demanda sectorial, terminó desembocando en un terreno político que galvanizó las elecciones de junio y, también, sus resultados.

Esos resultados fueron, sin dudas, muy malos para la ambición de los Kirchner aunque no todo lo malo que pudieron ser. El liderazgo del ex presidente ingresó en un eclipse indisimulado, pero no se vislumbra todavía en el peronismo a nadie que se atreva a desafiarlo. Hubo dirigentes victoriosos que, sin embargo, enfrentan escollos serios. Varios gobernadores deben administrar provincias con problemas económicos y sociales y con una dependencia financiera del Estado nacional. Carlos Reutemann no tiene esas obligaciones, pero considera peligroso anticipar tanto los tiempos del combate. Los tiempos políticos en la Argentina suelen ser de vértigo.

Otro beneficio para Kirchner, dentro de la mala hora que le toca, sería la inarmonía opositora que esteriliza en la realidad los votos contados en las urnas. Los radicales y los socialistas no logran arreglar su convivencia con la Coalición Cívica. El problema es Elisa Carrió, enemistada con Margarita Stolbizer, y cuyo futuro en ese espacio político está envuelto por un gran interrogante. En especial, porque talla allí, cada vez más, la figura de Julio Cobos que Carrió suele despreciar.

En la vereda de Mauricio Macri, Francisco De Narváez y Felipe Solá las cosas no funcionan demasiado mejor. Macri y Solá viven en un mundo de frecuentes discrepancias. De Narváez había calculado que la victoria produciría un corrimiento natural de vastos sectores del peronismo bonaerense. Nada de eso ocurrió hasta ahora. Impera en esa coalición una sensación de cierto vacío político que el diputado ganador reemplaza con actos personales. Desde su paso por la Exposición Rural hasta los cotidianos llamados telefónicos a Cobos. El vicepresidente asoma y sorprendido.

Ese paisaje de política diluida pareció franquearle, aun en la derrota, otra oportunidad a los Kirchner. Pero esa oportunidad podría estar pasando de largo de nuevo. Hubo espamos que condujeron a una pobre refacción del Gabinete, a abordar la cuestión de la inflación y el INDEC sin la profundidad necesaria y a prometer otras variaciones sólo por la exigencia de las circunstancias y no por ningún convencimiento. Así se comportan también los Kirchner desde que comenzó a rebrotar el conflicto con el campo.

El matrimonio pareciera incurrir en el mismo error de hace un año y medio. Aquel pleito amaga con vigorizar ahora a una oposición que había perdido fuerza después del triunfo. Bastó con ver ayer el palco de la Rural para entenderlo. Los dirigentes agropecuarios vuelven a marcar el ritmo de la actualidad. Cualquier solución, en ese contexto, se torna siempre más compleja. Cobos se lo dijo suavemente a Hugo Biolcati, jefe de la Sociedad Rural, cuando la semana pasada visitó la Exposición. "Vuelvan a lo suyo", le aconsejó.

Tal vez esa sugerencia predispuso a la Mesa de Enlace a escuchar a un Gobierno del cual, con razones, desconfía. Antes de que esa predisposición se consolidara existió un debate entre los principales dirigentes por situaciones que se habían ido de carril. Algunos dedos le apuntaron a Biolcati a raíz de la vehemencia del acto en la Rural que prologó al diálogo estéril. Aunque no parecen esas las únicas cosas fuera de lugar.

Cabría preguntarse, por ejemplo, cuál es el papel de Alfredo De Angeli al margen de su condición de productor. Qué facultades le asisten para recorrer las comisiones parlamentarias vigilando la acción de los legisladores como si se tratara de un agente de la Gestapo. Guillermo Moreno, el secretario de Comercio, ya no estaría sólo en la comisión de disparates que asombran.

Moreno estuvo ausente en la reunión con la Mesa de Enlace. Pero nada le impidió sembrar piedras en el camino de un posible acercamiento. Fue quien más insistió en no tocar las retenciones cuando otros ministros propiciaban, siquiera, una rebaja simbólica.

El secretario de Comercio se ha convertido en el principal estorbo político del Gobierno. Tanto es así que hasta algunos de sus escasos aliados lo observan con fastidio. Aseguran que el jefe de la AFIP y fiscalizador del ONCCA, Ricardo Echegeray, le aconsejó un par de veces que renuncie.

El perpetuo conflicto con el campo ha tenido consecuencias ruinosas para los Kirchner. Se le disgregó el peronismo, se apartaron dirigentes de peso, hipotecó las mayorías en Diputados y el Senado y convirtió a Cobos en uno de los arietes clave de la oposición. Aunque nada de todo eso pareció servir de escarmiento.

La lógica política del Gobierno frente al pleito no cambió. Los Kirchner se resisten con tenacidad a ceder y cuando ceden lo hacen a destiempo y casi sin rédito. Muchas veces actúan de manera inoportuna: ¿Qué sentido tuvo el anuncio de Cristina sobre una mejora a la industria lechera el día antes de la reanudación de las negociaciones?

Aquel sentido habría que rastrearlo en los genomas del matrimonio presidencial. Conceder significa para ellos, inexorablemente, un síntoma de debilidad. Hacerlo en el marco de una negociación, mucho más aún. Por eso aquel anuncio anticipado casi como una imposición.

Un problema político central que enfrenta el Gobierno, también en la pelea con el campo, es la ausencia de confianza. Esa ausencia empujó a la derrota y los Kirchner no han sabido rehacerla un mes después.

Esa carencia pareciera traducirse muros adentro del poder. Aníbal Fernández fue quien bregó para que en la reunión del viernes con la Mesa de Enlace se pudieran hacer los anuncios necesarios que repusieran, siquiera en parte, aquella confianza. Pero el jefe de Gabinete se encontró con muchos de los obstáculos que tuvo uno de sus antecesores, Alberto Fernández. Sólo Julio De Vido se dispuso a acompañarlo.

El diálogo con el campo ha vuelto a quedar en el aire. La Mesa de Enlace, según lo dijo Biolcati al inaugurar la Exposición Rural, quiere seguir ese diálogo, pero no de modo indefinido y para nada. Ese fue el punto de coincidencia entre los ruralistas que pretendían romper ya mismo -sobre todo de SRA y CRA- y aquellos que evalúan la inconveniencia de liberar otra vez una marea de protestas.

"Hay que esperar algunas semanas. Ver qué hace el Gobierno. Ellos no están bien. No apurarnos", describió uno de los cuatro jefes rurales. Mientras tanto, hay otro escenario que va tomando la forma del escenario principal: el Congreso. Hacia allí dirigirán desde ahora los esfuerzos los dirigentes agrarios y de la oposición.

El Gobierno vacila. El impacto de la derrota no sólo zamarreó al peronismo. Los bloques de diputados y senadores han empezado también a sangrar. La semana pasada emigraron otros cuatro legisladores del oficialismo, con lo cual los Kirchner disponen de 112 diputados más 21 hipotéticos aliados. Apenas le sobrarían cuatro para el quórum. "Y no está dicha la última palabra", apuntó un diputado kirchnerista. En el Senado partió también una legisladora de Río Negro. La realidad será muchísimo más cruda para los Kirchner cuando en diciembre asuma el Parlamento nacido de la elección de junio.

El matrimonio teme a la metamorfosis parlamentaria que ya despunta. Por ese motivo, quizá, la Presidenta resolvió enviar el proyecto para limitar los superpoderes discutidos. El gesto pareció detonado por el rigor de lo inevitable más que por la convicción. Cristina, antes de hacerlo, tomó nota de dos cosas: la presión opositora alrededor del tema; el ingreso de un proyecto similar impulsado por cuatro diputados oficiales. Dos de Buenos Aires, uno de Formosa y otro porteño.

Kirchner estaría persuadido de que su presencia en Diputados desde diciembre podría poner algún orden sobre esa tropa en desbande. Pidió un despacho en el viejo Palacio y no en el anexo. Pero antes de su desembarco, si al final se produce, deberán suceder algunas cosas: el campo y la oposición no dudan de que la gran batalla será cuando este mes se debatan las facultades delegadas del Congreso al Poder Ejecutivo. Entre esas facultades están las retenciones cuya baja el campo reclama y el Gobierno resiste.

La resistencia del Gobierno no facilita hasta ahora ninguna negociación en el Congreso. Si el oficialismo no tuviera número para imponer la prórroga de esas facultades, pasarían automáticamente a manos del Congreso. "¿Se imaginan enviando un proyecto de ley cada vez que haya que modificar un arancel o un derecho aduanero?", interrogaba un diputado oficialista. "Causaría un desplome administrativo", se alarmaba.

Habrá que ver si los Kirchner se animan otra vez a caminar hasta ese límite. O si prefieren detenerse a un paso del abismo.

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