Kirchner refuerza la cosmética, pero el viento sopla para otro lado

Por: Julio Blanck

Néstor Kirchner solía decir que "la política es caja y expectativa". Con esa receta sencilla, eficaz en la salida de la gran crisis, construyó el poder que tuvo. Ahora la caja empieza a estar en problemas y la expectativa se le escurrió feamente en la elección de junio. Está obligado a hacer política por otros medios, o a encontrar al menos la forma de recomponer la caja de un Estado cuyo gasto crece dos veces y media más rápido que su recaudación.

Durante el cuarto de siglo democrático que atravesamos, los políticos -y mucho más los que gobernaron- siempre repitieron la fórmula que los llevó al poder aún cuando la bonanza se les alejó y sobrevinieron épocas oscuras. Quizá porque se enamoraron de su éxito pasado. O porque les resultó más sencillo insistir en lo que alguna vez les salió bien, que reconocer errores y cambiar. Entonces atribuyeron los malos pasos a problemas de comunicación con la sociedad, o a conjuras fabulosas en su contra. Pero las explicaciones no modificaron la realidad adversa, sólo maquillaron el camino de salida. Esa historia amenaza con repetirse.

Se ha dicho, con razón, que las concesiones hechas por el Gobierno en estas horas son la primera expresión de una derrota reconocida como tal. Ni las formas ni los contenidos del incipiente diálogo político reconocieron la matriz que pretendió imponerse desde Olivos o desde la Casa Rosada. Aún con sus vacilaciones y diferencias a cuestas, la oposición mostró por primera vez que también está en condiciones de marcar la cancha.

En oficinas kirchneristas, con todo, ayer había alivio después del comienzo del diálogo. Importaba más la distensión después de los días durísimos que siguieron a la elección, que el haber tenido que poner en discusión temas como el INDEC, las retenciones y los superpoderes, que formaban parte del núcleo de la gestión derrotada en las urnas.

Los alcances y resultados del diálogo son una incógnita muy grande. Pero no habría que sobrecargar la ansiedad: la suerte de un gobierno debilitado se resuelve cada día.

Tampoco es cuestión de suponer que de golpe hay cambios profundos en el rumbo del Gobierno, ni que se abrieron a un proceso de revisión cuestiones sobre las que el entendimiento estuvo blindado. Los usos y costumbres se mantienen y las personas que definen la línea troncal de la política también: ahí está Guillermo Moreno, ya convertido en ícono, muy orondo en su puesto y ampliando su generoso radio de acción.

Como contraposición exacta, el nuevo ministro de Economía terminó despintado casi antes de salir al escenario. No deja de ser curioso: Amado Boudou llegó al cargo impulsado sobre todo por la opinión favorable de Kirchner. Lleva diez días tratando de formar equipo y el único que siempre estuvo firme fue Moreno.

Si Boudou tiene un plan, se cuidó bien de hacerlo público. La economía no es una cuestión menor en el derrape del Gobierno, aunque el país está lejos de ser la Nación diezmada que empezó a recomponerse con Eduardo Duhalde y después creció vigorosa y constante con Kirchner.

"Lo peor no es que Moreno siga allí, sino que Boudou no hizo nada para sacarlo", dice alguien que conoce la intimidad del poder.

Otra figura oficialista, que habla seguido con empresarios, cuenta que los hombres de negocios no se fueron felices del encuentro del martes en la Casa Rosada. Esperaban un diagnóstico más crudo de lo que sucede y de sus causas, y un esbozo más realista de los caminos a seguir. La Presidenta, en su larga alocución, no transitó el terreno que ellos esperaban. Y ahora todos sienten que se le pueden animar a un Gobierno que demostró estar dispuesto a conceder.

Por debajo de la marea espumosa del diálogo, esas señales de persistencia en las políticas derrotadas forman una corriente más profunda que preocupa a los dirigentes oficialistas convencidos de que hay peronismo después de Kirchner. Y que hay que cuidarlo desde ahora.

"Acusar de la derrota a la vieja política y señalar a los intendentes, a los que obligó a ser candidatos testimoniales, es propio de alguien que no está bien" dice, casi salvajemente, un hombre que supo tratar de cerca con Kirchner.

Tampoco se escucharon sutilezas en el encuentro de intendentes de la Primera Sección del GBA realizado hace pocas noches en Pilar. "Fuimos a la guerra con un general debilitado, que abandonó la jefatura después de perder y ahora le echa la culpa a los coroneles", resumió las quejas, todavía enojado, uno de los que estuvo.

Esa noche, el que le puso la oreja a la descarga de los jefes comunales fue José Scioli, hermano del gobernador y secretario general de la Provincia. Dicen que no se le escuchó una sola refutación a los argumentos arrojados sobre la mesa.

El plan de Scioli para salvar el pellejo es refugiarse en la gestión y rodearse de intendentes, incorporándolos a su gobierno. Este cordón sanitario con los jefes territoriales pretende comprometerlos en un destino común. No es lo que había hecho en el comienzo de su gestión, armando un gabinete con ministros al que ningún referente fuerte del peronismo provincial sintió como propios.

El intendente de Avellaneda, Baldomero Alvarez, ya está al frente de Desarrollo Social. El próximo en desembarcar puede ser Alberto Descalzo, el jefe de Ituzaingó: su destino sería Obras Públicas. Uno es de la Tercera Sección, el otro de la Primera, las dos forman el GBA. Otro intendente, esta vez del interior bonaerense, llegaría pronto. Es un esquema de salvataje transparente. Ahora habrá que ver si funciona.

Varios jefes municipales le están pidiendo consejo a Duhalde. Algunos gobernadores también peregrinaron, entre ellos el chaqueño Jorge Capitanich y el sanjuanino José Luis Gioja. El pescador de tiburones de Lomas de Zamora recomienda prudencia con Cristina y nada de piedad con Kirchner. Es una ecuación difícil.

Mientras el peronismo espera saber qué hará Carlos Reutemann, y sobre todo cuándo lo hará, los gobernadores arman su juego. El mismo Capitanich, el salteño Juan Urtubey y el entrerriano Sergio Urribarri conversan seguido con Alberto Fernández, que empezó a trabajar para reunir los pedazos dispersos de lo que fueron los buenos tiempos kirchneristas. Pero ya sin Kirchner en la foto.

En la política los días del que pierde son crueles, pero inexorables.

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