Kirchner quiere acorralar a Cobos

Por: Eduardo van der Kooy

El Gobierno sigue anunciando medidas para paliar la crisis económica. Mientras tanto se agrava un problema institucional: la ruptura de los Kirchner con el vicepresidente. El ataque oficial insinúa algún agrupamiento opositor. Malestar de España por Aerolíneas.

Néstor Kirchner podría conseguir un milagro en la pobre nación política de este tiempo. La oposición desperdigada después de la victoria en el conflicto con el campo está haciendo de nuevo esfuerzos denodados en pos de alguna unidad. Elisa Carrió, al tiempo que se endurece con el Gobierno, va desplazando las fronteras de su habitual intransigencia. Julio Cobos ha dejado de ser un obstáculo para ella.

El vicepresidente se ha transformado, en cambio, en el blanco dilecto del matrimonio. Kirchner habla y Cristina calla, pero la estrategia es la misma: acorralar al hombre que selló con su voto en el Senado la derrota política que cambió la vida del Gobierno. Las voces oficiales se multiplicaron: sonaron también las críticas de Sergio Massa, de Agustín Rossi y Miguel Pichetto, los jefes peronistas de Diputados y el Senado.

¿Acorralar a Cobos para qué? ¿Para forzar su renuncia? Kirchner dijo esta semana que no quiere la salida del vicepresidente pero exaltó aquella renuncia de Chacho Alvarez cuando ya le resultaba insoportable convivir con Fernando de la Rúa. Massa, el jefe de Gabinete, explicó que lo único que se persigue es dejar en claro que Cobos pertenece a la oposición y no al oficialismo.

En cualquier caso, existe un problema institucional que se agrava. No se trata del supuesto problema que describió Kirchner a raíz de los escollos que plantearía Cobos a la gestión de Cristina. No hay noticias de que el vicepresidente haya hecho nada en contra del Gobierno desde que tumbó la resolución 125 de las retenciones a la actividad agropecuaria. El progresivo divorcio ha sido político antes que de administración.

La ruptura entre los Kirchner y Cobos no es el único problema institucional que padece la Argentina. ¿No es acaso otro problema que Kirchner sea el presidente en las sombras? ¿No es también una dificultad, como lo hizo en las últimas semanas, que cada vez que Cristina está fuera del país aparezca en público con perfil omnipotente? Kirchner marca siempre el rumbo político aunque a veces las palabras de la Presidenta insinúen otra dirección. El ex presidente criticó a todo el mundo en el lanzamiento de la campaña electoral que realizó en La Plata. Días antes Cristina había dejado circular un mensaje conciliador al anunciar un aumento adicional a los jubilados. Lo que podría verse como una contradicción en el poder, en verdad, no lo es. Se hace lo que Kirchner dice.

La saña del ex presidente contra Cobos puede tener una interpretación de tipo personal aunque resulta difícil de comprender desde la óptica política. Kirchner está convencido de que el vicepresidente es un traidor y que el voto que sepultó las retenciones sepultó, también, la posibilidad de convertir a Cristina en una mandataria poderosa y al kirchnerismo en un proyecto político eterno. Pero la insistencia con que apunta a Cobos tiende a fortalecerlo como futuro contendiente, limita la concertación que ha vuelto a pregonar y ayuda a establecer ciertas amalgamas en la oposición. No hay que buscarle ninguna justificación barroca al fenómeno: el vicepresidente es ahora el político con mejor ponderación nacional (70%), aunque esa ponderación se diluya todavía en el terreno de los votos; la imagen de Kirchner vuela muchísimo más bajo, incluso por debajo de la de su esposa.

Cobos parece dispuesto a soportar todos los embates kirchneristas porque, en ese aspecto, comprende mucho mejor que sus adversarios el negocio político. Su crecimiento sirvió para que Carrió ya no dudara más sobre la conveniencia de una alianza con los radicales para las elecciones del año que viene. Varios de los principales dirigentes radicales están bocetando el retorno del vicepresidente al partido del cual fue expulsado por su aproximación a Kirchner. Calculan además que si la pelea con el matrimonio persiste deberían elegir un momento para salir del Gobierno.

El equilibrio resulta complicado y frágil. Cobos no desea que ninguna especulación política sea percibida por la opinión pública en perjuicio de la institucionalidad. Entonces sería necesario aguantar el 2009 y el 2010 en el poder. Quizás el 2011 o las postrimerías del 2010 podrían encontrarlo en la arena electoral, sin la sujeción de ningún cargo. Habría que ver si, para entonces, la amistad que germina entre el radicalismo y la Coalición Cívica continúa siendo fértil.

Pero volvamos al problema institucional. Cada circunstancia que obliga a congregar a la Presidenta y a su vice en un mismo escenario se convierte en ceremonia tortuosa. Las intrigas se desenvuelven en silencio, el mismo silencio con que las raíces van perforando la tierra. Cristina se había comprometido con la Iglesia a asistir a la misa de mañana en la Basílica de Luján para conmemorar los 30 años de la mediación por el Beagle. Al Episcopado le pareció natural cursar también la invitación a Cobos. Pero una dosis de tensión terminó envolviendo al matrimonio.

Dos legisladores oficiales y dos obispos rastrearon durante el martes y miércoles una solución. La solución surgió de los pliegues del protocolo: Cobos estará mañana en un sector de la Basílica que ocuparán también diputados y senadores invitados por el clero. La Presidenta tendrá un lugar distante de esa zona. La Corte Suprema y los jueces se alinearán entre ambos. Los últimos detalles se cerraron el viernes al mediodía.

Cristina se manifestó conforme. El cardenal Jorge Bergoglio también. La Presidenta no querría que la relación con la Iglesia retroceda a los tiempos del gobierno de su esposo o, incluso, de algunos meses de su propia gestión. El titular de la Conferencia Episcopal se llevó una buena impresión de su última entrevista con Cristina. Ese vínculo permanece bajo una campana de cristal: por ese motivo, tal vez, varios obispos aconsejaron que Cobos asistiera pero no hablara en un acto por el Beagle que se realizó los últimos días en una universidad católica. El vice prefirió no ir.

Cristina ha confirmado su visita a Madrid en febrero. España también ratificó esa visita la semana pasada pese al disgusto que le provocó la expropiación de Aerolíneas Argentinas que consagró el Senado. Aquel disgusto tuvo que ver con el fondo y con la forma. José Luis Rodríguez Zapatero estima que los Kirchner incumplieron tres atisbos de acuerdo que se conversaron entre los países. Al gobierno socialista le desagradaron también algunas expresiones descorteses de senadores oficialistas cuando debatieron el tema el jueves.

Ese problema, aseguran, no condicionará el viaje de Cristina. "Se ha cortado una cuerda pero la música sigue sonando", graficó un diplomático. Los españoles no comprenden por qué frente a cada complicación los Kirchner tienden a encerrarse. Entienden mucho menos otra cosa: que la relación con España, desde hace mucho tiempo, haya quedado virtualmente en manos del secretario de Transporte, Ricardo Jaime. El funcionario se opone a que el grupo Marsans pueda volver a ingresar como socio minoritario de la empresa. Una salida que aún buscan las partes para resolver el entuerto.

La confusión de los españoles es, al fin, la misma confusión de casi todos. Los Kirchner se abroquelan cada día más en el PJ aunque en ese partido no existe entusiasmo con ellos. El acto de la semana pasada en La Plata estuvo escaso de dirigentes de talla. Los senadores de Santa Fe, como los diputados antes, le dieron la espalda al blanqueo de capitales. El ex presidente invitó a Alberto Fernández con la promesa seductora de otra concertación. El ex jefe de Gabinete no concurrió y Kirchner disparó contra todos. La concertación está moribunda por vieja e inservible.

La política no se privó los últimos días de ningún gusto. El debate giró en torno a bingos, casinos, droga y episodios de corrupción. En torno, sobre todo, a la posibilidad de conseguir dinero en un mundo y en una nación donde empieza a escasear. Mauricio Macri echó atrás, a las apuradas, un trato con el kirchnerismo que le iba a permitir aumentar la recaudación en la Ciudad por las regalías de los casinos y la instalación de nuevas máquinas tragamonedas. Aníbal Fernández, el ministro de Justicia y Seguridad, se trenzó en una discusión con su par bonaerense, Carlos Stornelli, acerca de si la Argentina es sólo tierra de tránsito y consumo de droga o también ahora de producción. En Washington y en Berlín se ventilaron supuestas coimas que la empresa alemana Siemens habría pagado a ex jerarcas menemistas por un contrato para la confección de los DNI. Tal vez también a algún funcionario de la Alianza.

Como colofón, la Cámara de Casación se encargó de reponer los peores fantasmas de la tragedia argentina cuando resolvió conceder la libertad a un lote de ex represores de la ESMA, entre ellos Alfredo Astiz y Jorge Acosta. Rectificó su medida un día después luego de advertir el estupor social.

Sólo miserias y medianías, se hubiera animado a definir José Saramago sobre esa lámina política.

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