¿Kirchner pretende desplazar a Scioli?

Por: Eduardo van der Kooy.

Se sigue enrareciendo la relación entre el ex presidente y el gobernador de Buenos Aires. La Provincia está en un trance económico y social difícil. El rebrote del conflicto con el campo no ayuda. El veto a la ley de emergencia causó refriegas en el oficialismo. La pelea con la prensa.

Néstor Kirchner volvió a cargar al país y al peronismo de una sobredosis de tensión. Cristina, la Presidenta, tradujo aquella conducta de su marido con palabras que, curiosamente, endilgó a otros. Hizo un gravísimo parangón entre la libertad de expresión y la supuesta libertad de extorsión. Lo hizo al presentar la nueva ley para controlar los medios, con la banalidad con que había equiparado antes los secuestros de la dictadura y los goles retenidos por la exclusividad de la televisación privada del fútbol.

Daniel Scioli pareciera ser ahora la víctima principal del ajuste de cuentas que estaría llevando adelante el ex presidente. El gobernador de Buenos Aires atraviesa el ciclo más delicado de su carrera: perdió las elecciones de junio arrastrado por la impopularidad de Kirchner y debe hacerse cargo de la administración de un distrito cuyas arcas están exhaustas.

Repasemos. El gobernador necesita el giro de $ 250 millones que le haga la Nación para afrontar el pago de sueldos del mes que empieza. Los municipios han recibido hasta ahora sólo el 40% de lo que les corresponde mensualmente por coparticipación. Hay intendentes que están ahogados y también molestos con el gobernador. Guardan silencio para no prestarse al juego que estaría maquinando Kirchner.

¿Cuál sería ese juego? Que Scioli deje en diciembre la Gobernación y asuma la banca en diputados para la cual fue electo con su candidatura testimonial. El ex presidente supone que el peronismo deberá remontar una cuesta empinada en Buenos Aires para afrontar con algunas posibilidades las elecciones del 2011. Estaría creyendo otro par de cosas: que Francisco De Narváez, su vencedor, habría permeado en la geografía bonaerense más de lo que indicó el exiguo triunfo de junio; que el hombre para rehacer la gestión provincial y algún tramado con los intendentes podría ser Alberto Balestrini, el vicegobernador. Balestrini pertenece a La Matanza, el municipio más populoso del conurbano.

La relación de Kirchner con Scioli viene en una pendiente desde la derrota. Le dejó el día después una conducción del PJ que está enervada. Se terminó de convencer, oyendo a sus satélites y también a encuestadores, que las razones de aquel domingo aciago fueron los errores del gobernador. La inseguridad y la deficiente política social, suele apuntar.

Nadie sabe, a ciencia cierta, cuánto hay de convicción y cuánto de simulacro en esas creencias del ex presidente. Pero algunas de sus palabras impresionan por el tono y los gestos. En su visita a Tres de Febrero, la semana pasada, no habló de Scioli pero repitió que la gente lo había votado en junio para apurar la profundización del modelo. No dijo, en cambio, por qué motivo el 69% de los ciudadanos que votaron no lo hicieron ni por él ni por la Presidenta.

Podrían estar sucediendo dos cosas, ambas de riesgo para la normalidad democrática. O los Kirchner han repetido una equivocada interpretación de los resultados electorales, como sucedió en pleno auge, en el 2005 y el 2007, o estarían aflorando, a lo mejor, destellos de algún comportamiento ezquizofrénico.

Kirchner le habría empezado a sugerir a Scioli, a través de emisarios, la posibilidad de su desplazamiento a Diputados en diciembre. El gobernador estuvo incómodo en el acto en Tres de Febrero y bastante parco en la cena posterior. Hace rato que no se siente a gusto con el matrimonio presidencial. Durante la campaña suplicaba no tener que asistir a las ceremonias que solía encabezar Cristina.

Aquella comida con los intendentes resultó insulsa y fría. Kirchner arengó contra el campo y los medios de comunicación -en especial Clarín- pero la mayoría de los dirigentes se abstuvo de opinar. Varios prefirieron aislarse mirando fijamente cada vaso y cada plato. "También comimos pan. Los que saben dicen que es bueno comer pan cuando se come pescado. Para evitar que una espina te atragante", ironizó uno de los presentes. Esa noche hubo pollo, no pescado.

Scioli está dispuesto a continuar como gobernador. A desatender por ahora las preferencias del ex presidente. Ese fue el compromiso público que asumió un día después de haber perdido. Pero sabe también que se estará deslizando sobre un voladizo. Cada mes necesitará de la ayuda del Gobierno para el pago de salarios. También, de la colaboración de los intendentes para contener el deterioro social que desde hace muchos meses viene provocando la crisis económica. Son las herramientas de que dispone Kirchner para la presión -¿extorsión?-, para hacerle variar de parecer.

El desencanto de Kirchner con Scioli nació con la derrota, pero se continuó alimentando en las semanas posteriores. Lo fastidió el acercamiento ensayado por el gobernador con dirigentes del agro. Gozó con el veto que Cristina hizo de la ley que Diputados y el Senado habían aprobado por unanimidad y que eximía por 180 días del pago de retenciones a 37 municipios bonaerenses. Se enteró de que Scioli había objetado, además, el momento político para que el Congreso debata la ley para controlar a los medios. Suele rastrearle también algunas de sus reuniones reservadas.

Scioli fue un hombre leal desde que los Kirchner lo ungieron vicepresidente en el 2003. Soportó filípicas del matrimonio, anduvo transitando largo tiempo casi la clandestinidad pero no dudó cuando fue convocado para asegurar la victoria de Cristina en el 2007. Los Kirchner no acostumbran a reparar en los leales. Tal vez, sólo en el puñado de obsecuentes.

La historia de Scioli es la historia de otros mortales en el universo de poder kirchnerista. Miguel Pichetto, el jefe del bloque oficial del Senado, niega que haya estado la semana pasada a un paso de renunciar luego de una reunión con Cristina. La Presidenta le habría reprochado con lenguaje casi ofensivo aquella ley que debió vetar: "Cuando trabajabas para Menem (Carlos) te preocupabas más", lo cruzó. Es cierto que el senador fue un ayudante eficaz del caudillo riojano en el Congreso. Pero también le tendió una mano a Cristina cuando era senadora y marginada a empellones del bloque menemista. Allí nació un vínculo político que ahora pareciera fisurado.

A Agustín Rossi no le habría ido mejor. También tuvo un diálogo antipático con la Presidenta a raíz del veto a la emergencia bonaerense. Ni Kirchner en su mandato, ni cuando sucedió la votación de la resolución 125, lo había tratado así. Es cierto que Rossi fue encumbrado por el ex presidente. Pero el diputado tampoco dejó de hacer ningún deber.

El conflicto con el campo, sin embargo, pareció trazar una línea. Rossi negoció más de lo que los Kirchner hubieran deseado cuando logró aprobar en Diputados aquella 125. Era así o esa ley no salía, un detalle que el matrimonio jamás tuvo en cuenta. En las elecciones de junio se presentó como candidato a diputado en nombre del Gobierno, pero su campaña la realizó en soledad. En el acto de cierre lo acompañó Alberto Fernández, el ex jefe de Gabinete.

La acidez de la Presidenta no fue, tal vez, el peor trago para el diputado. Todavía no comprende la maniobra del Gobierno que cooptó a María del Carmen Alarcón. La ex diputada kirchnerista, que alguna vez circuló con Carlos Reutemann, dejó el gobierno socialista de Hermes Binner para colaborar con Aníbal Fernández. La mujer y el jefe de Gabinete hicieron bien la tramoya: el gobernador de Santa Fe se enteró de su partida por los diarios.

Alarcón apareció como milicia de los dirigentes del campo en los peores momentos del conflicto. Hay quienes aseguran que, incluso, fomentó alguno de los varios escraches que Rossi padeció en Santa Fe. El jefe del bloque oficialista estaría atenazado por su compromiso político con los Kirchner y el escaso agradecimiento que el matrimonio le profesa. Una evidencia: Rossi, pese a todo, estuvo a la cabeza de la pobre demostración callejera que acompañó el anuncio presidencial sobre la ley para controlar a los medios.

Esa realidad se ha tapizado con la hojarasca que los Kirchner acostumbran arrojar. La hojarasca serían las invocaciones a la democratización con que hermosean el nuevo proyecto de medios y el negocio del fútbol que tomaron en sus manos. Barriendo esa broza se ve lo que se ve: una cruda pelea de poder. Los Kirchner creen, como también creía Menem, que la oposición política es apenas una circunstancia pero la prensa un enemigo permanente.

Tan enclenques resultarían los argumentos de la democratización y la mejora institucional que unos pocos interrogantes alcanzarían para doblegarlos. ¿Por qué razón no haber planteado el debate en los tiempos de prosperidad del Gobierno? ¿Por qué la premura de limitar el debate a 90 días para una cuestión crucial, según la propia visión de los Kirchner? ¿Por qué el intento de eludir comisiones parlamentarias como la de Libertad de Expresión, eje de cualquier discusión sincera sobre el periodismo? ¿Por qué la obstinación por generar las peores condiciones para esa discusión, con insultos, hostigamiento y violencia siempre latente?

Tal vez, incluso, la mayor debilidad no esté encerrada en ninguna de aquellas cuestiones. Tal vez, para comprender lo que sucede, alcance con reparar en la enorme desconfianza social que circunda a los Kirchner y en el ruinoso estado de su honestidad intelectual.

Comentá la nota