Kirchner, con un plan de emergencia.

Por: Eduardo van der Kooy.

Kirchner no tiene asegurado el triunfo en Buenos Aires. Por esa razón prevé otras salidas para después de la elección. El peronismo también contempla esa posibilidad. Reutemann y Scioli serán actores clave. Las peleas opositoras atenúan los errores políticos del ex presidente.

Adelanto electoral para marzo del 2010. Ese sería el póstumo recurso político de Néstor y de Cristina Kirchner si una derrota electoral inapelable sucediera el último domingo de este mes. ¿Piensa de verdad el matrimonio en la posibilidad de una derrota? Públicamente no ha dado ninguna señal pero aquel atajo de emergencia indicaría que la peor de todas las noticias merodea sus cabezas.

La derrota indiscutible, en la concepción de la pareja presidencial, se daría de una sola forma: si se les escapa de las manos Buenos Aires. No les importa la adversidad consagrada de antemano en Capital, Santa Fe, Córdoba y Mendoza. Tampoco, la pérdida de legisladores que derivará de la elección. Menos de lo que se puede pensar, incluso, la segura resignación de la mayoría en Diputados. El ex presidente cree que una caída en el principal distrito electoral lo dejaría casi indefenso en el peronismo y mucho más fuera de él.

¿Cómo está ahora la situación en Buenos Aires? La mayoría de los encuestadores -no todos- le sigue dando una leve ventaja al kirchnerismo. Pero persiste un notable viaje de votos de un lado hacia otro. Kirchner y Daniel Scioli no bajan de los 33 ó 35 puntos porcentuales. Aunque tampoco suben. Ha vuelto a detectarse una migración en favor de Francisco De Narváez y Felipe Solá. El segmento de los indecisos parece optar por la fórmula del PRO y del PJ disidente antes que por la oferta de la Coalición Cívica y el radicalismo, con Margarita Stolbizer y Ricardo Alfonsín.

Hay otros síntomas que tendrán que ser explorados con una lupa hasta el último día. El kirchnerismo ha consolidado una posición en el segundo cordón bonaerense. Pero los intendentes deslizan un temor: la posibilidad de un corte de boletas --insinuado en los ensayos electorales virtuales-- que los termine ubicando varios puntos por encima del binomio Kirchner-Scioli. De esos cortes podrían beneficiarse De Narváez o Stolbizer.

Hace rato que aquellos intendentes han tomado precauciones. Acompañan a Kirchner en sus habituales desembarcos bonaerenses y hasta le facilitan escenarios para humedecerse con el fervor popular. Pero evitan mostrarse en fotos o publicidades. Es llamativa esa ausencia cuando se recorren calles o rutas del conurbano, en el norte, el sur o el oeste.

Los pescadores de novedades electorales están en estas horas puntualizando otro detalle. La paridad de mucho tiempo en el primer cordón habría comenzado a torcerse también en favor de De Narváez.

Kirchner cometió la última semana un grave error. Un error de principiante que, tal vez, no hubiera cometido en sus buenos tiempos. Se ensañó con De Narváez por su resistencia a declarar en una causa por tráfico de efedrina que sustancia el juez Federico Faggionatto Márquez.

Suceden con ese episodio dos cosas. Las razones que declara el magistrado para interpelar al empresario candidato son aún de una endeblez sorprendente. El mismo magistrado, como apuntó con justeza el ex jefe de Gabinete, Alberto Fernández, reúne más sospechas que el acusado. Está a tiro de juicio político en el Consejo de la Magistratura.

Existe otro costado de la historia que poco tiene que ver con la Justicia. Tiene que ver con la política y con la mala hora de Kirchner. El ex presidente actúa como si ninguna crisis profunda atravesara ahora su vínculo con la sociedad. Actúa como en el 2005 o en el 2007 cuando sus acciones y sus palabras exudaban confianza. Hoy ocurre exactamente lo contrario. De Narváez debería agradecer semejante ceguera.

La corrección que hizo Kirchner, queriendo borrar ese conflicto del mapa, llegó tarde. Todos los encuestadores señalan que desde hace aproximadamente 10 días De Narvaez volvió a mostrar un crecimiento después de semanas de chatura. Tan tarde reaccionó el ex presidente que hasta logró incomodar a Daniel Scioli. El gobernador de Buenos Aires, luego de oír alaridos de Kirchner, debió retrucar a su hermano José, funcionario de peso en la Provincia, quien había asegurado que la embestida judicial contra el empresario candidato tendía a embarrar la campaña.

Scioli es, en esta época de desventuras, el aliado más valioso que posee Kirchner. Lo postuló incluso para el 2011, días pasados en Olivos, en medio de un asado y de bromas. Uno de los asistentes propuso también a Carlos Reutemann, pero el ex presidente interrumpió: "Ya dejó de ser para nosotros la esperanza blanca", sentenció. De esa relación sólo quedan astillas.

Kirchner teorizó además con su propia candidatura a gobernador de Buenos Aires en comunión con los poderosos intendentes para cimentar el proyecto Scioli. Aníbal Fernández, el ministro de Justicia y Seguridad, se colgó enseguida de la ilusión de vicegobernador. El ex presidente parece encaminado por un túnel del tiempo: aquel hombre que llegó hace cinco años prometiendo refrescar la política, que hurgó en la transversalidad y la concertación, recuesta hoy sus ambiciones políticas en el vetusto peronismo bonaerense.

Habrá que ver qué sucede con ese peronismo si, como están empezando a considerar los Kirchner, las cosas no salen como piensan el 28 de junio. Habrá que ver también cómo se las arreglará el propio Scioli para absorber un hipotético revés. El gobernador parece tener reflejos de preservación política que no muestra ahora el ex presidente. Habla hoy, en el reportaje que publica Clarín, de la necesidad de la unión del peronismo después de las elecciones, cualquiera sea el desenlace.

Si se produjera el desenlace menos deseado, Kirchner estaría casi obligado a inclinarse frente al peronismo que pudiera quedar en pie. Ese peronismo tiene ahora un sólo nombre, el de Reutemann. El senador debe pasar todavía el examen electoral en Santa Fe que dejó de ser el paseo que aparentaba ser hace un mes. La intervención de Hermes Binner le ha colocado interrogantes al epílogo. Rubén Giustiniani, el aspirante socialista, escala por el envión del gobernador. Agustín Rossi, el jefe del bloque de diputados del PJ, ha logrado compactar al kirchnerismo.

Reutemann tiene dos prioridades entre sus planes. Primero, triunfar. Aunque sea por un voto, como se acaba de conformar. Sin ese triunfo no hay futuro. Luego, convertirse en el eje del PJ para transar un acuerdo de gobernabilidad con los Kirchner. Aunque con una condición: que el matrimonio acepte que ha comenzado a transitar el largo e ingrato camino de la despedida.

¿Aceptará Kirchner, aun en su instancia de mayor debilidad política? El ex presidente no desecha esa posibilidad pero pensaría, quizás, en una solución expeditiva que le permita retener algo de su magro capital político. Teme que un acuerdo de ese tipo, en un contexto de dificultades económicas y sociales, pueda terminar dejándolo a él y a Cristina en un arrabal de pobreza.

El ex presidente preferiría, en ese caso, encoger los tiempos. Sería, a juicio suyo, un atajo que también convendría al peronismo: un anticipo de las presidenciales para marzo del 2010 dificultaría el armado de una construcción opositora con chances serias. El presente lo augura: la oposición arribará al último domingo de junio con muchas insolvencias y demasiadas intrigas.

Las diferencias entre De Narváez y Solá no desaparecieron, pero han quedado barridas por la vorágine de la campaña. El escándalo afloró ahora entre la Coalición Cívica y los radicales contra Julio Cobos.

El vicepresidente es un hombre sencillo pero también extraño. A veces siembra dudas sobre hasta qué punto cavila las consecuencias de los pasos que da. Ninguno de esos pasos soslaya el interés de su proyecto presidencial. Pero su proyecto es todavía una promesa y las elecciones legislativas en la cual su fuerza juega gran parte de su destino político ocurrirán en sólo dos semanas.

Nadie podría negarle nobleza al gesto de solidaridad con un adversario político -De Narvaez- embretado por el kirchnerismo en la Justicia. Pero esa solidaridad se podría haber cristalizado de varias formas, sin la necesidad quizá de un encuentro público, con fotos y con pompas.

A las formas se añadió una cuestión de fondo. Stolbizer parece estar perdiendo con De Narváez, por ahora, la porfía por ganar el lugar de gran contendor de Kirchner en Buenos Aires. La actitud de Cobos, verdaderamente, no la ayuda nada.

Carrió derramó ira sobre Cobos. Los radicales no la derramaron por conveniencia. Es el único presidenciable que tienen en la guantera. Aunque regaron ciertos comentarios crueles: "Primero nos traicionó a nosotros y se fue con los Kirchner. Después los traicionó a los Kirchner y volvió con nosotros. Ahora nos vuelve a traicionar", murmuró un empinado radical desencantado.

La actitud de Cobos y los cruces con Carrió empezarían a demostrar, tempranamente, una cosa. Después del 28 no habría lugar en esa alianza para los dos.

Ninguna verdad está dicha cuando faltan aún dos semanas para las elecciones. Menos, en un país donde sus dirigentes y candidatos son una fuente inagotable de sorpresas. Pero Kirchner parece todavía correr con una ventaja: sus errores continuos son siempre compensados por algún disloque opositor.

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